Esperanza sin optimismo, Terry Eagleton

Por Juan Schulz

Terry Eagleton (1943) es un prolífico crítico cultural británico que ha escrito varios libros en los cuales, entre otras cosas, ha estudiado las relaciones entre la ideología y el lenguaje, siendo un contundente crítico de la forma en que se lee la literatura. Casi siempre animado por una corrosiva sagacidad materialista, ha incursionado con ambiciosa profundidad en tratar de entender y explicar cómo funcionan la cultura, la estética, la filosofía y la literatura en sus relaciones con el mundo, señalando sus desventajas políticas y sus posibilidades. Enemigo acérrimo de la academia que hace hermético el conocimiento en aras de sentirse sofisticada (sin relegarse al anhelo de los perezosos de que todo tiene que ser fácil), se ha dedicado a desentrañar las patrañas con las que se disfraza un supuesto pensamiento elevado, dejando al desnudo las implicaciones de varias tendencias o modas intelectuales. Esta vez, en un provocador libro titulado Esperanza sin optimismo, nos hace recapacitar sobre temas que suelen estar presentes pero que son poco analizados.

En el primer capítulo, “La banalidad del optimismo”, Eagleton utiliza diversos ejemplos de obras literarias, filosóficas y de la política para señalar varios de los artificios con que se construyen las estrategias del optimismo, el cual lo podemos asociar a la autoconfianza y a cierta peculiaridad de temperamento más que a fundamentos o a un proyecto que vuelva factible eso mismo que ilusiona. Eagleton se lamenta con justicia de que los filósofos hayan abandonado la reflexión sobre el optimismo dejándosela a moralistas ingenuos y a motivadores del planeta, que desde distintos flancos fomentan un estado de ánimo que transforma poco las cosas en el fondo.

Irónico perpetuo, el autor hace mofa del pensamiento mágico que habita en esa tendencia motivacional: “Puede haber muchas razones para creer que una situación va a acabar bien, pero esperar que ocurra así porque eres optimista no es una de ellas.” El optimismo puede ser asociado a ciertas formas en que los discursos, armados de ligereza, promueven una irracionalidad cercana al autoengaño entusiasta que impide ver un panorama más amplio. Es como si se padeciera un astigmatismo moral que limitara al sujeto a trasladar lo positivo de las cosas a un porvenir por una actitud más de motivación que de realismo. Eagleton recorre numerosos ejemplos de lo que implican diversos optimismos, mostrando casos de cómo el optimista puede ser alguien que no hace mucho por que las cosas mejoren pues lo privaría de sus efusiones de valor moral; o cómo cierto tipo de optimista está tan confiado en que las cosas mejorarán, que es menos propenso a buscar un cambio radical de las circunstancias. Incluso explora un tipo de optimista al que las catástrofes le sirven para propagar su sentimentalismo, una forma de afabilidad cuyo objeto no declarado es ella misma.

Ver el vaso medio lleno o medio vacío es una actitud de subjetividad. El optimista que ve el vaso medio lleno tal vez también pueda ser un risueño de poca perspectiva que se conforma con ejemplificar cómo vive una minoría nórdica para entusiasmarse con el rumbo que llevamos (por supuesto, el pesimismo no está exento de hacer un sesgo contrario). Es verdad que muchas veces podemos asociar el optimismo a la ingenuidad, pero también parece ser un escudo ideológico con el que se acepta el presente, un presente demasiado ensimismado pero que en su jovialidad desvía hacia un futuro prometedor la especulación de que las cosas mejorarán; porque si el optimista tuviera un panorama más completo y contara con otras herramientas de transformación, aparte de la confianza en su ánimo, el optimismo no le sería necesario para escudarse en una proclive tendencia a creer que las cosas mejorarán sólo por su convicción. El optimista tiende a proponer soluciones homeopáticas porque no suele tener el apremio de que las cosas mejoren. Ése tal vez sea uno de los problemas del optimismo moderno, que abunda en ideologías, depende poco de razones sólidas y está condenado a una emotividad positiva forzada. De qué sirve ser un alegre optimista en 1912 que se jacte de que no haya sucedido una guerra mundial, se pregunta Eagleton, mostrando cómo el optimismo puede ser una forma alegre de ocultar la gravedad de lo que se cocina en el presente.

El optimismo como ideología y sus usos políticos parecen ser una de las tendencias predilectas de los discursos de dominación. El esclavo moderno es invadido por coachings de entusiasmo que lo instruyen y capacitan para servir a su opresor, disfrazado de un voluntarismo casi épico. El optimista es alguien que se jacta de que el salario ha subido A%; el realista es alguien que señala el XZ% de inflación y las condiciones en las que se tiene que hacer, sabiendo que el salario real significa otra cosa que no es motivo de entusiasmo.

Eagleton está lejos de desdeñar el optimismo para promover un cómodo nihilismo o fomentar la amargura pesimista como respuestas al alegre optimismo. El autor carga sus argumentos para señalar las problemáticas que implica el optimismo, que no es como la zanahoria en la nariz del burro que lo impulsa a moverse. El optimista a veces no necesita saber que es alcanzable su objetivo; más bien, parece una actitud para alimentarse a sí mismo, como el cinismo o la credulidad, dice Eagleton.

En esa línea, el filósofo Erick Erickson explica que en los niños hay un “optimismo desadaptativo”, con el cual no reconocen los límites de lo posible, los deseos de los demás y la incompatibilidad con los suyos, y que los golpes de realidad son los que van a ir conformado su ego, su personalidad. Tal vez así pudiéramos pensar como un optimismo desadaptativo la tendencia del capital a reproducirse a costa de vidas, y a sus optimistas crónicos, creyentes de la superstición de que el gran capital nos va a traer beneficios generales a futuro. Aunque, por supuesto, para el optimista será inmoral asumir con gravedad la situación de un presente; para proteger su perversa candidez, requiere evadir las tendencias que puedan desviarlo de su actitud de delegarle al porvenir cualquiera que sea su fetichización del futuro, sin necesidad de explicar cómo va a ser el trayecto, puesto que su creencia importa más que su plan.

Hay que agradecer que Eagleton es alguien que conoce la reflexión teológica. Así, no estaremos ante el predecible rudimento con que la tradición liberal se acerca a conceptos como la fe, o a una de las llamadas virtudes teologales: la esperanza. Porque es en el tema de la esperanza donde el libro se pone más interesante.

La esperanza, aunque es antagónica a la nostalgia, generalmente tampoco goza de buena reputación. La filosofía se ha encargado de espetarle injurias. Tal vez sea que varias catástrofes en el mundo hayan asentado la idea de que es una especie de fe injustificada, una ficción terapéutica (Pope dixit). Pero si existió Buchenwald, también existió quien diera la vida por liberarla, nos recuerda Eagleton, distanciándose constantemente de los gestos anímicos más recurrentes, tanto de apocalípticos como de optimistas. Si el autor analiza la esperanza de tantas formas, es porque le encuentra un potencial político poderoso digno de considerarse; pero como buen concepto vital, estará lleno de problemáticas a las cuales primero hay que atender para no extraviarse en sentimentalismos encauzados a ilusiones autocomplacientes.

En español contamos con un verbo que no le hace el favor a la esperanza: el verbo esperar denota pasividad. El que espera se confunde con el que tiene esperanza, pero la esperanza que le interesa al filósofo británico es una disposición que debe ser apuntalada hacia lo realizable, una disposición de trabajo por lo posible con la cual se pueda crear un sentido al futuro. Pero, a diferencia del optimismo y su ánimo infranqueable, en la esperanza se prevé que puede haber catástrofes, e incluso se considera más valiosa la esperanza cuando se reconoce que la situación es más desolada y lo grave no sería tanto sucumbir en la desesperanza sino en la resignación.

Hablar del futuro nos resulta extraño; podemos hacerlo con más facilidad del pasado. La cultura pop ha invadido de tantas distopías el imaginario sobre el porvenir y ha poblado de tantos tecnocentrismos el panorama representado, que intentar narrarlo se asocia a una excentricidad sospechosa no sólo por la cantidad de gurús que quieren vender promesas, sino también por nuestra aferrada avidez por la experiencia de privilegiar el momento bajo la consigna barata de que la vida es breve. Pero el futuro existe en la medida en que determina nuestro presente. No nos tomamos la botella de mezcal porque mañana tenemos que ir a trabajar. Las prevenciones son la seña que el futuro le hace al presente. El futuro también es el espacio temporal donde habita lo posible, pero fuera de las cosas pragmáticas, las tendencias ideológicas han dejado que se empañe, se caricaturice y se deje a merced de la inercia, por lo que suele ser convertido en un sitio opaco donde sólo destaca la certidumbre tan obvia de dejar de respirar. Creo que reflexionar el futuro es un reto poco explorado y grande que tiene el pensamiento crítico. Así como estudiamos la historia, considero que no sería descabellado tener un espacio de estudios del futuro. Sus fuentes serían los testimonios materiales de lo que determine nuestro presente en relación con el porvenir; y así como el historiador, condicionado por su presente, imagina y reconstruye cómo pudieron ser los hechos, el futurador tendrá que prever cómo podría ser determinado proceso y pensará los caminos que tensen el presente en relación con ese futuro investigado. Y la esperanza, que tantas veces está implícita en la estructura de pensamiento humano, no sería mala materia teórica para acompañarlo en sus andanzas.

Los riesgos de que la esperanza degenere en ilusión son enormes. Para algunos tal vez es más cómodo no tener esperanza, porque no tenerla, o no tener deseos, hace al sujeto menos ansioso, más pragmático; ir por la vida sin expectativas genera menos decepciones, permite al sujeto ser más acoplable al presente. Por otra parte, no se le debe dotar a la esperanza sólo de virtudes intrínsecas; también se puede tener esperanza en cosas perversas. Eagleton es ambicioso al ofrecernos varios ángulos de esta concepción, al grado de que podemos marearnos de imaginar tantas implicaciones. Pero advertir los riesgos es algo que la esperanza tiene que contemplar y trascender para no trabarse en la mera especulación progresista o dejarse llevar por el conservador optimismo.

Esperanza sin optimismo no contiene recetas para lidiar con el futuro, pero las advertencias que hace son un buen estímulo para que pensemos en los discursos que interiorizamos y en cómo encauzamos nuestros actos, emociones y pensamientos hacia el futuro. Puede resultar retórico sugerirle construir esperanza a una sociedad a la que hablarle de sus padecimientos le suena a cantaleta pesada de escuchar. ¿Pero no sería más atroz negarnos la posibilidad de plantear la batalla por dilucidar los espacios donde la esperanza trabaje por ampliarnos y no para subordinarnos al apuro del presente y a la inercia del pasado?

Terry Eagleton, Esperanza sin Optimismo, Taurus, México, 2016, 244pp.

 

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: