Lamentaciones de Don Jeremías, de Enrique Olmos de Ita

–Martha Mega

El premio estatal hidalguense de poesía Efrén Rebolledo 2016 fue entregado a un dramaturgo. Esto fue motivo de cuchicheos cuando se anunció al ganador, esa aparente licenciosidad entre un autor de teatro y otro género fue lo que más llamó la atención de muchos, a pesar de que la dramaturgia y la poesía han sido géneros emparentados desde siempre y hoy en día cada vez más entrelazados. Nunca han resultado raros los poemas que se llevan a escena, cada vez más recursos poéticos se utilizan en las obras dramáticas; el uso de acotaciones, la polifonía, la tensión y hasta la estructura dramática ya son recursos ampliamente utilizados en ambos géneros. Por más que Lamentaciones de Don Jeremías haya ganado un premio de poesía, me he aferrado a la necedad de leerlo como un libreto de teatro. Y por momentos he sentido que me equivoqué, porque resulta casi un guión cinematográfico.

Son sin duda cinematográficas las breves tramas que colisionan en (inserte ciudad devastada de su preferencia, que lo mismo podría ser Reynosa que Judea, de preferencia cercana a una frontera, la que sea, y regada de sangre, como todas). Ahí se lamenta Jeremías por la muerte de su hijo, que es todos los hijos asesinados de Judea o de Reynosa o de San Pedro Sula, entre videoclips de enfrentamientos armados y fiestas de políticos/narcos. Don Jeremy llora, sus penas no lo dejan de rondar como zopilotes mientras álguienes (los babilonios) le advierten: “No debiste hacerlos enojar, ahora vienen por todo”.

El país devastado que puede ser el que prefiramos es un circo rafagueado donde los animales salvajes han escapado y ni las hormigas se atreven a asomarse fuera de la tierra. En este lugar que no es el infierno porque al menos ahí no se paga derecho de piso– hay un dios. Sabemos que lo hay porque habla, porque lo leemos: un dios que cree que lo han dotado de omnipotencia pero que no alcanza a atajar tantas balas perdidas, que no puede o no quiere detener los dedos lascivos de la muerte. Diserta sobre ella, sin embargo, mientras mira el noticiero de máxima audiencia o añora una michelada. Casi como el estereotipo perfecto, el paradigma del alto cargo ejecutivo.

Los ojos de este dios coprotagonista recogen los relatos de esta ciudad como quien sale a recoger casquillos después de la balacera. Es un dios que nos habla en castellano castizo para recordarnos que dios es patrimonio del más vetusto occidente, un dios-agente aduanal que nos dejó en este rinconcito del paraíso los puentes transfronterizos que, si nos portamos bien, si agradecemos al imperio, si tenemos ingresos cuantificables comprobables y buen aspecto, nos llevarán lejos de los mapas que trazan sobre el asfalto las gotitas de sudor de los jóvenes halcones.

Ni ese dios ni ninguno protegió al hijo de Jeremías y Jeremías lo lamenta y cuelga un aviso de ocasión para buscar dioses, santos y divinos protectores de portentos inmediatos, porque dios será el jefe de jefes pero nos recomienda salir con chalecos antibalas si queremos conservar la sangre dentro de las venas. Por curiosidad perversa mira el noticiero y nos deja llegar a las últimas consecuencias.

Todo está en los detalles: sólo Twitter con su aparente futilidad y algunos benditos hashtags advierten el peligro en ciertas calles (casi todas) y son la brújula que indica por cuál camino seguir con vida. La violencia se esconde en lugares tan inocentes como el estuche de un clarinete, que nunca volverá a tocarse porque, como en el poema Hay cadáveres de Néstor Perlongher, el director de la orquesta juvenil ha………!

El coro de babilonios lo mira todo porque está en todas partes, a diferencia de una deidad que sólo está tratando de encontrar justificaciones para sí mismo y para la sangre y para el rescate de una casa de seguridad donde los migrantes secuestrados se quedaron a 6.7 kilómetros del Tío Sam y sus hamburguesas gigantes y ahora deberán volver a su miseria en la desvencijada cintura de América. Lamentaciones de Don Jeremías concluye con un credo que es un manifiesto de la incredulidad, asqueado y hambriento, iracundo y profundamente triste porque dios puede que siga ahí, pero es lo de menos: la idea que teníamos de dios nos ha abandonado.

Enrique Olmos de Ita, Lamentaciones de Don Jeremías, Premio Estatal de Poesía “Efrén Rebolledo” 2016, Consejo Estatal Para la Cultura y las Artes de Hidalgo, Pachuca, 2017, 66 pp.

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