Cincuenta años de Pasto verde

–Juan Francisco Herrerías

El tema central de Pasto verde (1968) es el amor, o más bien su reverso: el abandono. Ante la imposibilidad de satisfacer sus deseos, el protagonista, Epicuro Aristipo, se refugia en la ensoñación, en imaginar conciertos de rock en los que él es la estrella, imaginar mujeres hermosas que aparecen de la nada y bailan canciones de los Rolling Stones, en recordar sus relaciones pasadas, siempre truncas, siempre atajadas por el conservadurismo sexual de las familias. Las ensoñaciones consuelan al joven que sufre en la realidad mojigata que lo rodea, son a la vez una protesta contra ese mundo y un mundo otro que habitar. Pasto verde es una novela acerca de la inacción, acerca de un recluso que da vueltas en su pequeña celda, hablando para sí mismo y para los fantasmas que convoca. Sobre todo abandonado, solo, incomprendido, a Epicuro no le queda otra cosa que escribir en la madrugada, trabajar con el flujo de sus frustraciones y sus rencores.

Se ha dicho que Pasto verde es una novela psicodélica, una novela sobre drogas, y otros etcéteras que la harían parecer la versión mexicana de Fear and Loathing in Las Vegas, pero la única droga que se llega a mencionar es la marihuana, y las partes en que aparece, incluso las partes sobre alcohol, son considerablemente mínimas en comparación a los numerosos y largos lamentos por muchachas ausentes. Pasto verde es una especie de loop del ruego a una mujer, como el discurso inconexo pero constante de un borracho herido del corazón en una cantina. Aunque haya pedazos de crítica cultural, de crítica al PRI, a los hombres machos y cuadrados, a los valores familiares, a la hipocresía de los modales, esta siempre deriva y tiene por resultado lo mismo (y es la profunda razón de su crítica): el lamento por una chica que, presionada por ese mundo conservador, no se atrevió a aprender con Epicuro las delicias del amor físico.

La novela expresa el drama de querer vivir la liberación sexual de los sesenta en la colonia Narvarte y no en Berkeley. García Saldaña estudió la preparatoria en Estados Unidos, vio más o menos de cerca la revolución cultural que se llevaba a cabo, y quizá su error fue intentar hacer un transplante de ella en la clase media de la Ciudad de México. Pero Pasto verde no trata acerca de una guerrilla ideológica, de un escritor que pretende provocar nuevas relaciones sociales, sexuales, culturales, a su alrededor. No se trata de un personaje proactivo. Es, más bien, alguien satisfecho en la derrota, feliz de ser infeliz, alguien que no busca mejorar sus condiciones de vida (cuyo primer paso sería, por supuesto, salir de la colonia Narvarte), sino que le basta ser el monstruo incómodo de sus conocidos, el pez excéntrico y quejoso en una pecera pequeña y segura.

En vez de irse, como Fito de la Parra, como Santana, Epicuro, que no podemos salvo identificar con el mismo Parménides, decide quedarse y ser una figura en negativo, molesta, el representante de un mundo quizá más grande y más legítimo que el del Distrito Federal, pero sin los necesarios interlocutores, y por ello termina fatal y sencillamente como una suerte de idiota del pueblo. Y a momentos parece incluso que Parménides no hubiera querido encontrar interlocutores, o si no ver la caracterización de José Agustín en Pepcoke Gin, cuyas afinidades con el protagonista lo vuelven más un rival, un enemigo, que un compañero.

Más que Fear and Loathing in Las Vegas, Pasto Verde es la versión mexicana triste (aunque eso quizá sea un pleonasmo) de Dazed and Confused, el filme de Linklater sobre el último día de clases de una preparatoria en la Texas de los setenta, ambas tratan sobre las ilusiones adolescentes en una ciudad asfixiante. No hay en la novela de Parménides, como los prejuicios sobre La Onda quieren hacer pensar, la travesía salvaje y extraña de un gurú de las drogas, sino la rabieta de un adolescente en su habitación. Así como Emma Bovary nunca fue a París, Epicuro Aristipo jamás va a California. En el caso de ambos personajes, la incapacidad de irse es deliberada, tanto París como California no son visitados por temor a que dejen de cumplir su función, la de ser lugares ideales que oponer a Rouen y la Ciudad de México. Epicuro no huye, no actúa, hace de la queja su modo de vida, la manera de proteger sus deseos es nunca hacer algo por cumplirlos.

Si hay un encanto en Pasto verde este reside en un lugar muy cercano al de las novelas costumbristas. Podría decirse que es una novela sobre la vida de los jóvenes en la colonia Narvarte en 1960. Es allí que hay un atractivo, como testimonio afectado y no como novela a la Beatnik porque, en realidad, qué aventuras cuenta Saldaña que se pudieran hermanar con las de Kerouac, si ni siquiera sale de la Ciudad de México, incluso, si ni siquiera sale de su colonia.

Otro de los encantos del libro de García Saldaña es que está lleno de errores –los fieles acompañantes del riesgo. Es una novela con caídas y defectos. Y sin embargo, a pesar o incluso gracias a ellos, en Pasto verde hay un acierto general. Un acierto sobre todo en consideración al ecosistema de la literatura mexicana, el lugar de las obras cuidadas, en el que la novela de García Saldaña, rara avis si hay alguna en México, puede servir para generar biodiversidad. El problema es que mucha de la crítica que ha querido usar a Pasto verde como contracanon de la literatura mexicana la ha leído más bien con prejuicios y generalizaciones, como decir que es una novela sobre drogas. Pasto verde es una novela sobre el despecho.

 

Parménides García Saldaña, Pasto Verde, Jus, México, 2011, 192 p. (Publicada originalmente en Editorial Diógenes en el verano de 1968).

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