Al morir Jonathan, Tony Duvert

–Juan Francisco Herrerías

No es fácil escribir sobre este libro. Pesa, en el tratamiento del tema, la certeza de que en nuestra época la relación sexual entre niños y adultos está prohibida de manera grave y definitiva. En vano se mencionarían las costumbres griegas o romanas –que además tocan más bien a los adolescentes y no a los prepúberes– no creo que una defensa de la pedofilia encuentre hoy –no que quiera intentarla–, ya no un acuerdo, sino apenas la posibilidad de ser escuchada. Un tiempo que se asume como el más ilustrado de todos es precisamente aquél en el que los tabús vigentes –esas zonas donde se clausura el debate y la investigación en nombre de la moral– son más difíciles de ver, no se diga de romper. Tampoco fue sencillo leer esta novela. Las escenas sexuales me hicieron retirar la mirada en varias ocasiones. Creí que terminaría por abandonarla. Pensé en librarme del asunto y darle la reseña a alguien más, admitir que no quería continuar mi lectura y pasarle la carga a otro.

Sin embargo, para mí es importante escribir este texto. Ante la moda del arte justiciero, ante el dominio de lo políticamente correcto, un libro malvado, pensar si eso sigue siendo posible, me pareció valioso y encantador; hay que atravesar la náusea. Como escribe Pedro Hugo Alejandrez, fundador de Canta Mares y traductor de la novela, en el prólogo: “Publicar a Duvert obedece a un principio fundamental: dar a conocer una literatura que sondea las zonas más oscuras del hombre; una literatura que da cuenta de las múltiples dimensiones de lo humano, así sean las más ominosas; una literatura, en efecto, que se aleja del consenso y del entretenimiento. Esperamos que Duvert sea un punto de partida para reflexionar sobre los límites de la literatura, en nombre de la libertad del pensamiento”.

Tony Duvert (1945-2008) formó parte de ese fundamental momento de la cultura libresca que fue el París de los sesenta y setenta. En sus novelas y ensayos se distingue un tema principal: la defensa de las relaciones románticas entre adultos y niños, la reflexión sobre la sexualidad infantil y cómo la sociedad la reprime o tergiversa. En esos años de entusiasmo transgresor, los años de Foucault, Klossowski et al., fue posible que las ideas de Duvert encontraran, si no convencidos, por lo menos algunos lectores. Publicó su obra en la ahora legendaria editorial Les Éditions de Minuit, además de dirigir la revista del mismo nombre. Ganó el Premio Médicis en 1973 gracias al apoyo, se nos dice, de Roland Barthes. Que un escritor que defiende abiertamente la pedofilia no fuera censurado, sino que incluso pudiera construir una carrera, es un fenómeno particular de esa época. No obstante, el impulso de la revolución cultural de los sesenta fue disminuyendo, las ideas de Duvert fueron hallando menos eco y, quizá también por ser un inepto para las relaciones públicas, terminó muriendo en condiciones casi miserables en un pequeño pueblo de Francia.

La novela en cuestión narra el romance entre Jonathan, un joven pintor, y Serge, un niño que en el libro crece de los seis a los diez. Se conocen en París. Jonathan demuestra llevarse bien con el pequeño y se vuelve una especie de niñero. Cuando decide mudarse a una casita en el campo, la madre de Serge le envía a su hijo por unos meses para irse de viaje. Así comienza el idilio. Gracias a las ganancias que recibe Jonathan por la venta de sus obras, ambos pueden pasar esos meses como unas vacaciones enteras, dedicarse solamente a los juegos y las exploraciones que propone Serge, el verdadero director de esa temporada. Justo como sucede en Lolita, la novela de Duvert se afana por demostrar que el cónyuge dominante no es el adulto experimentado, sino ese pequeño dios, dictador y caprichoso, que tiene un soberano desdén por todo lo que no le es divertido o interesante. Es precisamente por su calidad de excepción, de monarca, que Jonathan, misántropo irredento, se enamora de él. Como un vampiro, se alimenta de esa inocencia, de esos juegos, de ese acercamiento fresco y alegre a las cosas. Al lado de Serge, al pintor le es posible concebir que la vida sea solamente fantasía y creatividad, y no la existencia gris de sus coetáneos. Jonathan odia al mundo, al “mundo de los grandes”, y particularmente a las mujeres, con una dedicación obcecada. Serge representa para él la muestra de que hay algo distinto a eso, aun si sabe que es sólo cuestión de tiempo para que el niño crezca y se vuelva uno de ellos: una persona vana y mediocre.

Es curioso lo bien que se amolda el análisis de Georges Bataille sobre Wuthering Heights al romance entre Jonathan y Serge:

Es la vida pasada en paseos salvajes por el campo, la de dos niños abandonados a los que no molesta ninguna obligación, ninguna convención […]. Puede ser que incluso ese amor sea reductible a la negativa de renunciar a la libertad de una infancia salvaje, una que no haya sido enmendada por las leyes de la sociabilidad y la cortesía convencionales. […] Lo que la sociedad opone al libre juego de la inocencia es la razón fundada en el cálculo del interés. La sociedad se ordena de manera que sea posible la duración. La sociedad no podría vivir si se impusiera la soberanía de los movimientos espontáneos de la infancia, los que ligaron a ambos niños en un sentimiento de complicidad. La obligación social hubiera demandado a los pequeños salvajes abandonar su soberanía ingenua, les hubiera demandado doblegarse a las razonables convenciones de los adultos: razonables, calculadas de tal manera que el resultado sea un beneficio para la colectividad.
[…] Pero si, por suerte, los niños tienen el poder de olvidar por un tiempo el mundo de los adultos, a ese mundo están sin embargo prometidos.*

Se puede ver, entonces, que lo que significa Serge para Jonathan es poder volver, por unos instantes, al mundo de la infancia. ¿Qué le ofrece a cambio? La libertad y la comprensión. El pintor lo deja ser, no lo regaña, no le enseña modales, lo trata como a un individuo. La casita de Jonathan, y no la casa de su madre, es el lugar donde el niño se siente a sus anchas, querido y valorado, libre para tomar decisiones y determinar cómo usar su tiempo. Con el pintor, Serge tiene la oportunidad de ser él mismo.

Bárbara, la madre de Serge, es la gran villana de la trama. Es ella la que le impide al pequeño ser libre, la que lo trata como un objeto, como una mascota, una propiedad, y Jonathan es el amante que viene en su rescate. Una de las acusaciones que pesó sobre Duvert fue la de la misoginia. No puedo hablar de la totalidad de su obra, pero al menos en Al morir Jonathan sería difícil decir lo contrario. Cada mujer que aparece en la novela es detestable, mezquina, toda madre es una déspota. Apenas una de ellas, la mamá de unos niños compañeros de juegos de Serge, es “atractiva y gentil”. En una escena, incluso, el cuerpo de Bárbara es disecado por el narrador como una cosa horrorosa, que además de fea es vanidosa y presuntuosa. Y si cada mujer que aparece en la novela es malvada, cada hombre es por lo menos tierno, todos los varones que habitan la trama tienen algo de bondad. El libro describe un mundo de hombres sensibles y mujeres emasculantes. Sobre todo, las madres aparecen como propietarias ilegítimas de sus hijos, como lo que impide que estos sean sujetos, personas; el celo de las madres como un trato cosificador. Es significativo pensar ese odio a las mujeres, y a las madres en particular, en el contexto de la pedofilia. Jonathan considera que es el único que realmente ama a Serge, y por ello la institución del amor maternal, el que la sociedad consacra como el amor supremo al niño, es el blanco al que dirige toda su energía corrosiva. Las madres son las enemigas del pedófilo. Las madres son esposas, y los pedófilos amantes.

Varios de los mejores momentos de la novela son aquellos en que el narrador se esfuerza por transmitir la ternura que la relación entre Jonathan y Serge es capaz de crear:

Sin dar explicaciones, Serge había tomado la mano de Jonathan desde que bajaron del camión. La sujetaba con suavidad y de manera animada; después de unos minutos, retorcía su propia mano para que los dedos de Jonathan, jalados por acá y por allá, cambiaran poco a poco de posición y contuvieran por completo sus dedos. Entonces su mano se hacía muy blanda y Jonathan tenía la impresión de calentar a un ave durmiente. El brazo correspondiente se balanceaba, inconsistente, ligero; luego, a la menor solicitud del exterior, el ave se ponía rígida, el brazo comunicaba un impulso, una tracción, el ave se echaba a volar. Después de la carrera, regresaba a posarse en cámara lenta; y, en ese intervalo, la mano de Jonathan se quedaba inmóvil, vacía como un nido desierto.

Es importante para Duvert demostrar que la relación entre sus protagonistas no está basada en el abuso, sino en el cariño y la comprensión, en la afinidad entre los dos, enemigos de todos los demás.

No creo que esto baste para convencernos de las virtudes de la pedofilia. Pero entonces, ¿qué hacer con Duvert? ¿Qué hacer con su escritura? Me parece que es una pregunta similar a la que llevamos años haciéndonos sobre Sade –quien además aparece en la novela como el recipiente de unas ilustraciones que se le encargan a Jonathan, mismas que lo conectan con una dimensión más profunda de su creación y lo arrastran al ostracismo del mundo artístico parisino. Para disfrutar de Sade, para entender su valor para la cultura, ¿es necesario justificar la tortura y el atropello? ¿Vamos a censurar una obra de ficción porque no estamos de acuerdo con sus configuraciones morales? O, en términos más sencillos, ¿ya no es posible tener ni narradores ni personajes reprobables, ya todo ser humano que aparece en la literatura tiene que tener conciencia de clase, de género, ser anti colonialista y anti fascista? ¿No es posible encontrar el placer del texto en lo que nos repugna, en lo que atenta contra nosotros? La publicación de Al morir Jonathan, que le debemos al equipo de Canta Mares, es una bomba que hace esa pregunta.

* Bataille, La littérature et le mal.

 

Tony Duvert, Al morir Jonathan, Canta Mares, México, 2018, 193 p.

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