La Castellane errante, Pablo Piceno

La Castellane errante (el hombre migra pero la poesía empieza en el mismo lugar)

–Valeria List

En aquel momento no lo pensé, pero ahora me resulta irónico que el día que quedé de verme con Pablo para que me diera La Castellane errante, desayunamos en un restaurante francés. Le dije que mejor ese lugar y no el de enfrente, que era muy caro. Pablo me respondió algo así como “este lugar tampoco canta mal las rancheras”. Después de este preámbulo, nos sentamos a platicar y comer algún tipo de huevo poché o toupinel ou quelque chose française. Esto es lo que me gusta de Pablo: ir a un lugar francés a desayunar no quiere decir que busque adoptar, aunque sea un poco, la pose francesa. Pablo va a ir, va a comer con satisfacción su comida estilizada, pero no va a dejar de ver con un poco de reticencia el lugar y su pretensión de restaurante europeo tropicalizado.

No puede ser de otra manera con Pablo. Esta manera de ver la vida siempre con un lente de conciencia social que por un lado mira a los otros pero por el otro nunca deja de verse a sí mismo, su lugar de enunciación, es lo que permite que en su poesía exista lo que Gadamer llamaría fusión de horizontes. Así, más que decir que La Castellane errante es un libro de denuncia política, diría que es un libro de enunciaciones políticas.

Cuando leí La Castellane errante por primera vez, pensé que se trataba de un triunfo de la poesía. Primero porque el poemario para ese entonces ya había ganado el premio Nandino, que goza de la fama de ser el más importante en México dedicado a la poesía joven, pero que a pesar de esto sólo tiene, como cualquier otro premio literario, la cualidad de dotar de un algo de fama y reconocimiento a su autor pero que no necesariamente tiene la capacidad de asegurar que la obra premiada tenga calidad o trascendencia. A pesar de esto, en este caso sí la tenía: el premio Nandino 2018 fue un triunfo porque el aura benjaminiana de calidad que otorga, era efectivamente cumplido en la obra que se eligió para el triunfo, y eso lo hace dos veces grande: simbólicamente y de facto.

En segundo lugar, se trata de un triunfo porque a pesar de que conozco a Pablo Piceno y puedo afirmar que somos buenos amigos, el poema goza de la característica de abandonar a su autor y tener vida propia. Explicaré esto con un conocido ejemplo de la anglofilia. Se sabe que antes de que T.S. Eliot publicara The Waste Land, su gran amigo Ezra Pound realizó una lectura y un recorte de la obra que la redujo prácticamente a la mitad. La selección que Pound hizo sirvió para rescatar, guiado por la estética del modernism, las partes más confesionales del poema para que el resultado fuera una obra que no tuviera referentes claros, y que más bien su transmisión hacia el lector fuera una que apelara al sentido y, por qué no, a la confusión y el despertar que ésta nos causa. Tengo la impresión de que Piceno realizó este mismo recorte con su propia obra pues, como él me ha comentado en algunas ocasiones, es un poema que llevaba varios años escribiendo y que goza, hasta cierto punto de una cualidad similar, pues a pesar de que el referente es claro en el libro, no lo es el enunciador. No podría decirse, a pesar del contenido autobiográfico que contiene, que La Castellane errante sea una obra confesional ni lírica (entendiendo este término en su acepción más tradicional). Continúo con T.S. Eliot para volver a Piceno. Hay tres características fundamentales de The Waste Land que son señaladas por José Luis Palomares: el pastiche, la cita erudita y el polifonismo. Pienso que estas tres cualidades son un buen punto de partida para hablar de la obra del poeta poblano.

Empiezo por el polifonismo porque es un recurso que determina la estructura del libro. La Castellane es un libro cuyo tema principal es la migración. A partir de ésta se desarrollan, principalmente, dos historias: la de Zinedine Zidane, un futbolista francés de origen argelino de quien el diario deportivo español AS afirma que tiene “complicados orígenes”. Yo una vez vi jugar a Zidane. Cuando tenía quince años, en el 2006, lo vi en un estadio de París en un Francia-México amistoso previo al mundial. Era el último juego de Zidane en Francia porque después de eso iba a jugar el mundial en Alemania y luego anunciaría su renuncia. En el estadio, los franceses le gritaban “Ale, Zizou”. Sólo lo aclamaban a él. Ese día salí en la televisión cantando el himno nacional. En ese momento no lo pensé pero acaso fue porque yo era para los camarógrafos una muestra de exotismo tercermundista.

Lo que Piceno hace es poner frente a nosotros la historia de su legitimación. De aquí viene el título del libro: La Castellane es la villa de migrantes argelinos donde vivía Zidane. Se encuentra “detrás de un estadio destrozado de Marsella”. Resultó que Zinedine fue tan bueno para el futbol, que fue mejor que cualquier francés y el país del gallo lo acogió no sólo como un patriota sino como un millonario. La manera de Pablo de contarlo es constante y sutilmente sarcástica. Este sarcasmo a quien acecha siempre es al gigante, al país opresor que recibe a sus inmigrantes de una manera déspota y que aún así continúa con su política exterior políticamente correcta. Para los países europeos, no queda de otra que un proteccionismo esporádico, enclenque y en riesgo de extinción.

Antes dije que La Castellane no tiene un enunciador claro. De pronto podría parecer que la voz poética es la de Zidane, la del mismo Pablo o, más aún, la de cualquier habitante del mundo que se cuente en la parte de las minorías:

Una vez alguien me dijo:

¡Quítate, turco!

Y a empujones me sacó de una enorme fila

donde esperaríamos que el Nikolaus,

el hombre de Navidad,

nos diera una bolsa de dulces

para celebrar que el adviento llegaba.

Era muy niño, tendría apenas ocho años.

Nunca nadie más me dijo nada así.

No hizo falta.

Yo misma recuerdo que una vez en Francia, una chica que trabajaba en una tienda de ropa en la que yo estaba, empezó a gritarme cosas que no entendía porque no volví a colgar una blusa en su gancho. Sus gritos y su actitud eran sumamente groseros. En ese momento, asumí que era por una cosa de modales culturales y no pensé, no me imaginé, que muy probablemente era por racismo. A esto me refiero con la universalidad de la voz de La Castellane errante.

La segunda historia que está presente en el libro es la de José de San Martín, un misionero que fue a Perú para castellanizar a los habitantes y liberarlos de sus aberrantes costumbres incivilizadas. Retomaré la fusión de horizontes que mencioné antes. Somos ciudadanos de una región del mundo que está considerada aún como subdesarrollada. Pero dentro de ésta, pertenecemos a una parte que es, objetivamente, privilegiada. La poesía mexicana, como posiblemente la de cualquier región, es escrita desde el privilegio. Poder escribir un discurso lógico es un privilegio en este país. Tener una ambición artística en este país es un privilegio. Tener el tiempo de hacerlo es un privilegio. El autor de La Castellane es absolutamente consciente de esta circunstancia y desde ahí escribe también. Pablo mismo fue misionero en Perú. Al hablar sobre la terrible represión cultural encarnada en José de San Martín, el autor está haciendo una crítica de sí mismo.

El entrecruzamiento de estas dos historias es el planteamiento de La Castellane. A partir de éstas, se desarrolla el poemario con la aparición de otros personajes y otras circunstancias que existen siempre en torno a la segregación, el racismo y la otredad. Por ejemplo, nuestra indiscutible inclinación a concebir la belleza occidental como la canónica (éste es un tipo de apresamiento ideológico) está presente en el libro en un poema que reza:

Motivo de la revelación: Theo, con su cabello dorado, es un francés hermoso, mariguano como todos, pero que dice haber leído a Levinas y no hacía falta haberlo dicho. Arequipa, centro, viernes 13 de noviembre. Juego -le digo- yo contra los tuyos. Y es verdad, aunque a nadie le importa. Precisamente porque a nadie le importa, es la verdad. Theo que es hermoso, una mujer que no lo es, y yo que creo que Theo es hermoso y la mujer.

Así como estamos sujetos a impresiones mentales que nos hacen pensar que la belleza es sólo un tipo de belleza, también estamos completamente cercados por nuestra lengua. Esto nos determina a hablar con un idioma que funciona de manera errática y de ningún modo está terminado ni cerrado, sino que se ha adaptado la lengua de una civilización europea a una serie de idiomas que aún existen, siguen profundamente asentados y que luchan con los codos por perpetuar vocablos como “jitomate”, “escuincle” o “Coyoacán”. Dice La Castellane:

demasiado castellano me hizo daño

tanto que después de veinticuatro horas en bote

encañonado y aventado al suelo por tres concha de su madre

llegué por fin a la isla de la promisión

y nada de cuanto se dijo entendí

El español sufre de una dismorfia progresiva. Esta mutación se alimenta de las migraciones y, en realidad, cualquiera de las lenguas monárquicas está en un proceso de afortunada apertura. Por supuesto que el título del poemario también se debe a la errancia de nuestra lengua.

Hablaré sobre la lengua en La Castellane errante precisamente a partir del segundo elemento de la poesía del modernism que señala José Luis Palomares a propósito de T.S. Eliot: el pastiche. En cuanto a este recurso, pienso que este libro abreva, más que de otro autor en concreto, de otro género: la crónica. En este libro casi no hay metáforas y muchos de los poemas no están en verso. Las voces poéticas varían y conviven unas con otras. Algunos de los poemas tienen una intención más informativa que otros. Hay incluso un elogio en español antiguo escrito por el diputado Juisto Figuerola a José de San Martín y Matorras (otro pastiche, ésta vez perteneciente al género laudatorio. Cabe decir que hasta el siglo XVII los panegíricos no estaban tan lejanos de la poesía). Sin embargo, no perdamos de vista el hecho de que aún cuando intencionalmente el autor no imprima un lenguaje tradicionalmente poético o abreve de otros géneros, la recontextualización convierte estos elementos en poéticos. En cuanto al tono, una parte de la valentía de este poemario yace en su tono declarativo, que confronta al lector una y otra vez con afirmaciones:

de entre la vasta población francesa

hay quienes se preguntan si el islam

no es un obstáculo a la integración

a la conflagración gloriosa

des français comme les autres

pero ellos no constituyen para nada

la inmensa mayoría des français comme les autres

que lo afirma así sin más

No se confunda este tono declarativo con el imperativo, que resulta, ese sí, de un aire mucho más tradicionalmente poético:

Intérnate en lo más oculto. Intérnate en lo más oscuro. Intérnate en un manicomio. Intérnate en tu mundo interior. Tu mundo interior sea tu manicomio. Al interior de mí hay desconsuelo la razón no basta. Al interior de mí hay mucha luz la oscuridad es rara. Con tanta luz apenas se ve el mundo. Interior. Exterior. Tiene límites el mundo interior que no se ven de tanta luz. Aquí en esta caja de resonancia nos metieron no hay afuera. Siendo francos escucho a lo sumo estamos solos pero dicho en singular escucho. Estoy solo y la luz apágala de a poco.

Esta variación de tonos poéticos hace dinámico el poemario y lo hace también contemporáneo: darle voz a los otros, darle voz a los discursos hasta ahora secundarios es un rasgo distintivo de la posmodernidad. Además, este concierto de voces nos acerca a la idea de la migración y la universalidad.

Además del pastiche y el polifonismo, la cita erudita era el otro recurso al que los modernistas y T.S. Eliot acudían. Pablo Piceno también es un entusiasta de este recurso. Entre sus grandes intereses están la cultura judía y los escritores alemanes de la posguerra. Su primer libro, Metáfora del Sol ilustre, es introducido por seis generosos epígrafes que presentan tanto citas de la Biblia y Emanuel Levinas, como de Kanye West. Es pertinente mencionar este libro porque contempla temas y estilos que en La Castellane se continúan, aunque Metáfora del Sol ilustre tiene muchos más poemas escritos en tono confesional. Digamos que hay algunas obsesiones que Piceno tiene y en Metáfora del Sol ilustre aparecen todavía como algo lírico pero en La Castellane ya son una secuencia de poemas que funcionan para hablar de manera universal sobre el tema de la migración. En ambos están, por ejemplo, el futbol (del que Pablo, por cierto, no es admirador), la religión y el amor a los otros.

En La Castellane errante la cita erudita ya no está presente como tal, sino que más aparece bien como una suerte de diálogo que tiene como interlocutores a Marc Augé, el Corán, Henri Cartier Bresson o Coetzee. Estas referencias no resultan pretenciosas porque son abordadas con la misma familiaridad que todos los demás elementos que conforman el poemario.

Me gusta interpretar La Castellane Errante como un viaje que conecta primero Argelia con Francia y luego Perú con España; después, estas cuatro naciones se convierten en una analogía de la migración humana, para finalmente llegar al puerto de la empatía humana. Es por este grado de realización que surge la poesía, pues se llega al cabo en el que “el dolor no tiene interiores. Eso en pocas palabras no es malo ni bueno. Es dolor. Todo en el exterior es también dolor”. En este punto de disolución, en el que la poesía encuentra que no tiene cómo nombrar las cosas porque en realidad sea en Argelia, Perú o en la frontera norte de México, la profundidad humana y su acercamiento al dolor y al cambio disuelve nuestra identidad y nuestro lenguaje. Es ahí donde nace la poesía.

La Castellane errante, Pablo Piceno, Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 2018, 96 pp.

 

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