Contra todo, Mark Greif

–Raúl Cordova

Contra todo podría ser simplemente un libro de ensayos en el que cada pieza funciona como una “mirada profunda” sobre algún objeto o fenómeno que, según el autor, tiene el potencial de echar luz sobre cuestiones fundamentales para la vida del invididuo o la sociedad. De hecho, Mark Greif elige ciertos temas que podrían volverse ya un tópico del ensayista contemporáneo (“Contra el ejercicio” “Aprendiendo a rapear” “WeTube”) y otros que son tan usuales en la sensibilidad blanca clasemediera que, si tan sólo por el afán de novedad, hubiéramos pensado mejor omitir (“Radiohead, o la filosofía del pop” “¿Qué fue el Hipster?”).

Sin embargo hay cuatro ensayos, seriados bajo el título “El sentido de la vida”, que tienen una naturaleza distinta a los demás, que intentan una reflexión teórica más general. Dos de ellos están dirigidos a lo individual y dos a lo político o lo social. En el primero, “El concepto de experiencia”, Greif repasa el desastre que somos respecto de nuestra propia vida, respecto de qué es lo que queremos vivir. Desde que cierta parte de la humanidad se liberó de la lucha por la supervivencia (la gran mayoría de las reflexiones de Greif son válidas solamente para la vida de los blancos, de la clase media, o, como él mismo escribe, de la bourgeoisie) desde que el pensamiento liberal colocó la búsqueda de la felicidad como la meta suprema de la vida, hemos sido condenados a la frustración de no hallarla, aun siendo considerablemente libres e informados.

Para empezar, Greif propone un cambio semántico. No es realmente la felicidad lo que buscamos, o más bien, no es lo que podemos encontrar. La felicidad depende de un instante. El placer y el dolor son sensaciones pasajeras. Un beso, una comida deliciosa, el anuncio de un éxito laboral; todo eso sucede de manera fugaz y sólo nos queda el recuerdo, es decir, la experiencia. Buscamos tener experiencias valiosas, de ahí el FOMO, de ahí la industria de la envidia de las redes sociales, de ahí el registro minucioso de la propia vida a través de fotografías, de ahí la necesidad de viajar, (“Las conversaciones de oficina en que los empleados obtienen el mayor alivio son las que tratan de los lugares a los que irán o han ido”). Una buena vida es una vida llena de experiencias. No es ninguna sorpresa que en una sociedad de consumo y acumulación los métodos para relacionarnos con (para organizar) los eventos de nuestra vida tengan esas mismas características. Los consideramos como si fueran mercancías, los apilamos como objetos en la repisa (“Al llenar un armario con tesoros sientes, por primera vez, tu verdadera pobreza. Amasas experiencias e inevitablemente aprendes que no son suficientes, que nunca lo serán. Vives en el álbum de tu pasado, y estás insatisfecho.”). Nos invade la ansiedad de preguntarnos por las experiencias que, debido a la vida que elegimos o a la que fuimos condenados, nunca vamos a tener: nunca vamos a ser una estrella de rock o de cine, nunca vamos a ser millonarios, nunca genios, nunca sex symbols, nunca Messi, nunca Picasso; pero incluso quizá tampoco tengamos experiencias más cotidianas, como tener hijos, casarse, vivir en el campo, etc. Nunca vamos a saber cómo se siente vivir todo, y esto nos aterra. Los límites de la vida individual son abrumadores cuando se comparan con la totalidad de la experiencia humana.*

Pero aun si estuviéramos contentos con el tipo de eventos que estamos experimentando, de todos modos nos daríamos cuenta que algo se nos escapa entre los dedos, que al acumularlo no evitamos perderlo. Sabemos todo lo que hemos vivido, ¿y? ¿qué se hace con el conjunto de nuestras experiencias? Al final no tenemos nada. Hemos hecho tantos viajes (viajar, perder países), ido a tantas fiestas, y estamos igual de desposeídos que antes.

Greif nos ofrece dos opciones: la primera es radicalizar la experiencia, y la segunda (que es el tema del tercer ensayo) es rechazar o nulificarla. Para radicalizar la experiencia hay un par de métodos, que Greif identifica con Flaubert y Thoreau. En el caso del francés, se trata de lo que Greif llama esteticismo, aprender a mirar la vida como si se mirara una obra de arte. El arte nos enseña a vivir. Pero no necesitamos enfrentarnos a objetos de belleza extraordinaria, no necesitamos vivir en Roma. El esteticismo encuentra la experiencia en cualquier objeto, en todos y cada uno (“’Para que cualquier cosa se vuelva interesante, tan sólo hay que mirarla por un largo tiempo’ escribió Flaubert. La vida se vuelve el escenario de una total, interminable experiencia, siempre y cuando el esteta pueda sostener la intensidad de mirarla en este modo”). Cada persona, cada objeto, cada evento, por más mínimos que sean, vistos con la atención con que uno miraría arte, despiertan para el esteta significados y sensaciones que lo llenan y que incluso podrían rebasarlo. Ante la ansiedad por la experiencia que se nos escapa, ante la urgencia de buscar experiencias extraordinarias, el esteta responde que la experiencia siempre está allí para él, en cualquier cosa que se encuentra, en todos los días y a todas horas.

El perfeccionismo, que Greif relaciona con Thoreau, tiene que ver más bien con la constante auto transformación. Para el perfeccionista, cada persona, objeto u evento se vuelve un ejemplo moral. Cada cosa del mundo enseña qué tipo de vida lleva, qué vida representa. Y ante esos ejemplos el individuo debe preguntarse “¿qué me enseña?, ¿mi vida puede mejorar con su ejemplo? ¿lleva una mejor vida que yo?” y si la respuesta es que sí, entonces el individuo es responsable de transformar su vida de acuerdo a ello. Cada encuentro con personas o cosas es una oportunidad para llegar a una versión superior de nosotros. La vida se vuelve un constante mejoramiento de nuestro ser.

En ambos casos, se trata de relacionarse con la experiencia con una mayor intensidad, con una mayor atención. Por ello, advierte Greif, las personas que adoptan estos métodos casi siempre son artistas o pensadores, o acaban por serlo. Quizás es demasiado pedirle a un abogado que trabaja doce o catorce horas al día que ponga una atención minuciosa, artística, en todas las cosas que se encuentra en la calle, que esté todo el tiempo en un estado de apreciación, que compare su vida con la de todos los clientes con los que lidia y esté listo para transformarla. El esteticismo y el perfeccionismo son modos de trascender la experiencia al hacerla explotar, pero hay el camino contrario, que parece más adecuado para la mayoría de la población: reducir la experiencia.

El ensayo “Ideología anestésica” comienza por suponer que puede llegar un momento en la vida de una persona en que los estímulos del mundo le parezcan intolerables. No puede soportar más las tragedias que mira por televisión o que escucha a sus conocidos contar. Esta persona ya no es una ansiosa cazadora de experiencias, sino lo contrario, quiere dejar de sentir. Dispuesto a ofrecer soluciones, Mark Greif hace un breve recorrido del epicureísmo y del estoicismo y explica cómo podrían ayudarnos a vivir. Estas doctrinas difieren poco, quizás su diferencia principal es de grado. Ambos ideales proponen la calma, la mente imperturbada y en paz, como la meta de la vida. Sin embargo, allí donde Epicuro enseñaba a disfrutar de los placeres sencillos, el estoicismo iba más lejos y pedía la completa indiferencia ante a las cosas de este mundo. Como anota Greif, esto tiene mucho en común con el budismo y el yoga, los cuales no han parado de crecer en la clase media estadounidense (y en menor medida en México), y valdría ver esa expansión como una respuesta a la frustración de la búsqueda de la experiencia.

Luego se pregunta Greif si la gente no ha utilizado como anestésicos otros objetos o actividades, más propios de la vida norteamericana, sin tener que recurrir a sofisticadas doctrinas griegas o indias. Entonces el alcohol y las drogas, que en el primer ensayo aparecían como uno de los métodos más inmediatos para conseguir experiencia, se muestran también como lo contrario, como maneras de anestesiarnos. Una persona puede buscar en la intoxicación una noche de éxtasis y descubrimientos, pero otra persona puede querer solamente apagarse, al final de la semana laboral, tomar unas cervezas y dejar de pensar en su vida, fumar marihuana y ver series.

De igual modo el sexo, actividad usualmente asociada a la experiencia, a lo extraordinario, puede tornarse anestésico cuando ya no se trata de añadir nuevas personas a la lista de parejas sexuales, ni de experimentar posturas o juegos o formas. El sexo puede ser anestesia cuando se trata tan sólo de la cómoda repetición en la vida conyugal, una intimidad instalada; el sexo ya no como algo emocionante, peligroso incluso, sino como un acto cotidiano, sin ninguna novedad, igual a comer o dormir.

La violencia en la televisión tiene también su posibilidad anestésica. Mirar asesinatos puede volverse una actividad relajante. Si tuviéramos que considerar un solo asesinato, con toda nuestra atención, un solo asesinato en el que tuviéramos que profundizar, y reparar en todas sus consecuencias y sensaciones, quizás entraríamos en crisis, pero el desfile infinito de crímenes logra que cada uno nos perturbe menos que el anterior. Al exponernos a la repetición de actos violentos sentimos menos, nos afectan menos. La tragedia se anula si se repite suficientes veces, si la reemplaza una nueva tragedia cada día. Ante un mundo violento que nos aterra, las series policiacas son nuestra mejor anestesia.

Hasta aquí las ideas de Mark Greif sobre la experiencia. Para sobrevivir al mandato liberal que nos dejó “libres” (a unos más que a otros) para buscar nuestra felicidad en los términos que nosotros decidiéramos, y nos condenó entonces a la ansiedad de no saber si estamos viviendo o no, si no es nuestra vida un desperdicio porque nunca hemos ido al Taj Mahal o nadado con delfines; para sobrevivirlo, si se pertenece a la clase media (sobrevivir al liberalismo siendo pobre implica otras estrategias), parece que al individuo le queda o radicalizar la experiencia y volverse un artista, o ponerle un arnés y seguir doctrinas ascéticas y no dejar que nada perturbe su paz, o, la más sencilla, prenderse un toque y ver una serie.

¿Y a nivel social? “Legislar con las tripas, o redistribución” es una suerte de reactualización del ensayo de Wilde, “The Soul of Man under Socialism”, en el que aquel afamado escritor aseguraba que la meta de toda persona debería ser su propio perfeccionamiento, incursionar en las ciencias o las artes y, con cierto egoísmo, preocuparse tan sólo por ser su mejor versión, por estar en constante crecimiento. Sin embargo, para que esta civilización egocéntrica pudiera funcionar, Wilde pensaba que tenía que haber una estructura que “cuidara” a todas las personas y les asegurara la posibilidad de perseguir esos anhelos: el socialismo. He ahí la paradoja, lo que de primeras sonaba como una justificación del individualismo propio del sistema capitalista, termina por ser lo contrario. La formulación es: para que yo pueda dedicarme a la literatura, quiero, necesito, que todas las demás personas estén bien, porque sólo así puedo dejar de preocuparme por ellas.

En ese mismo sentido escribe Greif. Él también considera las persecuciones individuales como la meta de la vida y piensa que esas búsquedas no pueden realizarse de manera saludable en una sociedad tan desigual, tan desesperada y peligrosa como las nuestras. Así que propone dos modificaciones sencillas: una, poner un techo a la riqueza de cien mil dólares anuales, ninguna persona debería ganar más dinero que eso; dos, otorgar a todos los ciudadanos diez mil dólares anuales, que vienen de la redistribución de las riquezas que rebasaban el techo. Aquí no es original Greif, y no creo que pretenda serlo, estas idea, el ingreso básico universal, tiene ya muchos defensores. Pero creo que sigue siendo valioso repetirla, si tan sólo para declarar apoyo esto, apoyo una humanidad en que nadie se muere de hambre.

El último ensayo, “Thoreau Trailer Park”, da cuenta de cómo para lograr cosas como el ingreso básico y aumentar el impuesto a la riqueza tendremos que considerar la realidad de las instituciones políticas, el poder del Estado. En los ensayos sobre la experiencia y la anestesia da la impresión de que nosotros tenemos el control de nuestras vidas, que sólo necesitamos adoptar un método y todo estará bien. No debe ser coincidencia que Greif elija como última pieza de su libro un texto donde aparece el muro del Estado, la experiencia de la prisión. Toda reflexión honesta sobre las posibilidades de felicidad y dignidad para el ser humano tiene que señalar esa muralla.

*Hay que pensar cómo la adicción a las novelas, a la ficción, es una manera de combatir esta limitación de la experiencia individual. Tiene que ver con la frase de Piglia, leer es la manera más intensa de vivir. Pero ataja Philip K. Dick: los libros son solamente experiencia de segunda mano.

Contra todo, Mark Greif, Anagrama, Barcelona, 2018, 376 pp.

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