Dejen todo en mis manos, Mario Levrero

–Lucía Cardona

¿Cómo nos vamos a explicar que Mario Levrero haya escrito un libro tan malo? La contratapa describe una historia que suena interesante, divertida: “Un escritor sin éxito recibe una propuesta de un editor, que publicará la novela del primero si éste descubre y localiza a Juan Pérez, quien hace tiempo hizo llegar a la editorial un manuscrito desde Penurias, pueblo del interior del Uruguay, sin indicar el remitente.” Hasta aquí vamos bien, parece una trama con posibilidades. Pero el primer problema es ese, que Levrero ha escrito una novela de trama, lo más importante en este libro son los hechos, los personajes, y creo que a Levrero se le ha olvidado el lenguaje. Me sorprendió lo malas que eran algunas frases, un compendio de lugares comunes. Conforme avancé en las páginas, señalar estas frases y anotar a su lado “mala” se volvió la única manera de entretenerme en la lectura de esta, por fortuna, breve novela. Les doy algunos ejemplos:

“[…] como si Juana fuera la única llave capaz de abrir la cerradura de mis emociones.” mala

“Ya no era el viejo, gordo, torpe; en ese momento era Arnold Schwarzenegger” mala

“El aire era puro y fresco. La vida era hermosa.” mala

“El hombre no era traficante, era químico; no era búlgaro, sino apenas vulgar” malísima

Lo peor es que ni siquiera la trama salva la novela. No sólo las frases son malas, sino que también los eventos son aburridos, y los personajes planos, estereotípicos. ¡El protagonista se enamora de una prostituta! Vaya, me parece que las prostitutas son ya algo equivalente, en literatura, a mencionar un ruiseñor, un lirio, la luna. Ha sido tan manida esa figura, que si vamos a añadir alguna a nuestros textos deberíamos preocuparnos por hacerla particular, y si no, valdría llamarla Puta no. 3. Igualmente el protagonista, el escritor soltero, fumador, bebedor, que se la vive en hoteles, pensiones, restaurantes. ¿No están hartos ustedes de este estereotipo? Valdría poner entonces Escritor soltero no. 2.

Después la locación. El protagonista llega a un pueblillo uruguayo y se empeña en describir la pobreza de las calles, la mala comida, la librería sin libros, la ciudad sin cultura. Listo, entendimos, la primera referencia era suficiente, después ya es tan sólo el chiste fácil: en los pueblos no leen, ja ja ja, qué bárbaro. Y ni el ritmo de los hechos es bueno, a la mitad de la novela estaba muerta de aburrimiento y me importaba muy poco quién fuera el autor del codiciado manuscrito, tan sólo quería avanzar lo más rápido entre los encuentros con la puta, las comidas malas en los mismos restaurantes, y las siestas sudorosas en el cuarto de hotel.

Entonces una idea: ¿es esto una broma? ¿Mario Levrero es capaz de escribir este bodrio en serio? Quizás aquí hay un juego. Una simulación: el protagonista es un escritor, uno malo al parecer, y es también el narrador de la novela. ¿Será que la novela es mala porque el narrador es un mal escritor? ¿Como el escritor es malo, y él narra, no podía ser un libro bueno, y Levrero se ha puesto, entonces, a escribir un libro malo, sólo como broma, como un guiño para lectores atentos? ¿Será ese truco conceptual todo el punto del libro? Así quiero explicármelo.

Dejen todo en mis manos, Mario Levrero, Penguin Random House, México, 2017, 121 pp.

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