Help a él, Rodolfo Fogwill

–Juan Francisco Herrerías

Esta novela podría ser tomada como otro caso de saqueo de los manuscritos inéditos de Fogwill, y que quizá hubiera sido mejor dejarlos en el cajón, como sucede con Un guión para Artkino –-sería una pena que alguien eligiera ese libro para empezar a leer a Fogwill. Pero es todo lo contrario, Help a él es una experiencia de lectura que, conforme han pasado los meses, conforme la vuelvo a recordar, me parece cada vez más atractiva, cada vez más magnética.

La primera cosa que se dice de esta novela es que es una respuesta o un espejo de “El Aleph”. Incluso el título es un anagrama: Help-a-él-el-Aleph. Las primeras líneas recuerdan, o casi son citas exactas de ese texto clásico, pero rápidamente pasan a un terreno que Borges nunca tocó o tocó con timidez: las drogas y el sexo. En ese sentido Help a él es un atentado iconoclasta. Al final de la lectura, sin embargo, me parece que, ataque contra Borges o no, esta novela de Fogwill se pone de pie por sí misma y su relación con “El Aleph” no es lo más importante.

Además, si las drogas y el sexo hacen parecer paródico el texto de Fogwill respecto de Borges –por señalar su mojigatería, uno de sus peores defectos– ambos son compañeros en mantener fidelidad y seriedad trágica respecto del tema –tradicional– de la mujer perdida. Eduardo Milán escribió que el mito de Orfeo y Eurídice es el suceso fundacional de la literatura: cantar por lo perdido, por lo que no está. Hay que notar la filiación, la sucesión de respuestas, entre Museo de la Novela de la Eterna, “El Aleph”, Help a él y La ciudad ausente. Como escribe Piglia, una mujer perdida es lo que da inicio a los relatos. Elena de Obieta es Beatriz Viterbo que es Vera Ortiz Beti y es la Máquina, la Eterna.

La primera parte de la novela de Fogwill muestra al protagonista y narrador enterándose de la muerte de una amiga y amante. La segunda, donde la novela estalla, sucede cuando visita la casa de la difunta y recibe de manos del primo una dosis de un licuado narcótico que ella misma preparó. En el viaje de la droga, Vera, la muerta, aparece. ¿Es una alucinación? ¿Es un fantasma? ¿Está viva? La ambigüedad de su presencia es fundamental. El protagonista no sabe si Vera fingió su muerte y vive y lo que siente es su cuerpo real y palpitante, o solamente la imagina. Para el caso da igual, es una despedida. Lo que sigue es tan sólo la narración de ambos teniendo sexo y drogándose más entre conversaciones amorosas y finales.

Fogwill tiene el talento de transmitir desesperación y tristeza cuando en lo aparente se limita a narrar escenas de sexo. En lo rebuscado, lo violento, lo extremo de las prácticas sexuales, la angustia de los personajes se muestra sin necesidad de hacerse explícita. Parafraseando a Bataille, lo que anima los movimientos de las caderas es la urgencia de la muerte. La interjección, que sucede dos o tres veces, del protagonista “¡La vida es una mierda, Vera!” se parece más a un orgasmo que a un enunciado. La cercanía entre el sexo y la ruina se muestra en esta novela con una fuerza y una frescura fascinantes. Una sensación similar a la de Love de Gaspar Noé, esa mezcla tan confusa de sentirnos calientes y tristísimos.

Acompaña en la edición otra narración breve, Sobre el arte de la novela, que contiene dos historias sobre hombres y sus madres viejas. Buena compañía; a la intensidad pornográfica de Help a él, este texto ofrece una limpieza de paladar, una escritura más vestida, más tranquila, y casi caería en la tentación de decir “más tierna”, pero entonces recuerdo las investigaciones anales y los intercambios de diversos fluidos de Help a él y pienso que ahí sobre todo lo que estaba en juego era eso, la ternura.

Help a él, Rodolfo Fogwill, Editorial Periférica, España, 2007, 171 pp.

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