Austerlitz, de W.G. Sebald

Víctor Jiménez

El último libro escrito por W. G. Sebald (1944-2001) apareció el año mismo de su muerte, accidental, y es considerado una obra maestra dentro de una producción que merecía haberse extendido más. En todo caso Austerlitz es el primero de este autor bávaro que lee quien esto escribe y agradezco a Roberto Bernal haberme obsequiado, con entusiasmo, el ejemplar que terminé hace poco.

Al avanzar la lectura de la novela de Sebald recordé algunas narraciones del francés Patrick Modiano (nacido en 1945) en las que un personaje busca sus orígenes en los años confusos de la Segunda Guerra. Tanto en Modiano como en Sebald el protagonista es un judío atípico (un evasivo padre no ajeno al colaboracionismo en el caso francés, o uno que el nazismo hizo huir sin destino en el alemán), y eso determina su futuro.

En Austerlitz el narrador es un inglés cuyo interlocutor, el del apellido que da título a la novela, es un falso inglés cuyo origen checo le resulta desconocido a él mismo. Toda la novela tiene la forma de una conversación entre ambos, el real y el falso inglés, y otra peculiaridad de la obra es que está llena de fotografías de diverso origen que forman parte del relato. Jacques Austerlitz se ha dedicado a la historia del arte, particularmente de la arquitectura, y ésta se vuelve asimismo protagónica. Otra peculiaridad de Austerlitz está en que los encuentros entre los interlocutores son siempre aparentemente azarosos o definidos por el falso inglés de una manera que el otro desconoce, y hablamos de décadas y distintos países…

Avanzando en la lectura sabremos que el checo irá a Praga en busca de rastros de su familia, de la que encuentra una prima. Recordará su lengua materna, hasta entonces olvidada, y conocerá el mundo que fue de sus padres. En este punto Sebald decide presentar lo que narra con una dolorosa intensidad, como la fotografía del Austerlitz niño que éste encuentra en la casa familiar, haciéndole recordar unas palabras en checo que explicarían la forma fantasiosa en que lo vistieron sus padres. La imagen lo perturba:

Sin duda reconocía el insólito arranque del pelo, echado sobre la frente, pero por lo demás todo se había extinguido en mí por un abrumador sentido del pasado. Desde entonces he estudiado la fotografía muchas veces, el campo desnudo y liso en que me encuentro, pero sin que pueda recordar dónde estaba…

Ese “abrumador sentido del pasado” se vuelve muy intenso, y tan doloroso a partir de las líneas que abren la historia de la búsqueda por Jacques de su madre deportada y el padre desvanecido, que necesitamos interrumpir la lectura en más de una ocasión. Pero antes de cerrar esta reseña citaré algo más: Austerlitz sueña que ha visto a sus padres, jóvenes aún, llegar a la casa de Praga. Se sientan, conversan… No parecen verlo. Cree tener una explicación a lo último:

No me parece, dijo Austerlitz, que comprendamos las leyes que rigen el retorno del pasado, pero cada vez me parece más como si no hubiera tiempo, sino diversos espacios, imbricados entre sí, entre los que los vivos y los muertos, según el talante en que se encuentran, van de un lado a otro, y cuanto más lo pienso tanto más me parece que nosotros, los que todavía nos encontramos con vida, a los ojos de los muertos somos irreales y sólo a veces, en determinadas condiciones de luz y requisitos atmosféricos, resultamos visibles.

Esta “disposición espacial” del tiempo, con vivos y muertos que vagan por ahí como si se tratase de distintos recintos, me hizo recordar la estructura temporal de Pedro Páramo: no me extrañaría que Sebald hubiese leído la novela de Juan Rulfo, publicada en alemán en 1958 y siempre disponible en esa lengua. Sobre todo me intrigan esas “condiciones de luz y requisitos atmosféricos” que permiten a los muertos ver a los vivos. Si pensáramos en una estrella –la vespertina– estaríamos ya en la novela de Rulfo. Y si bien Jacques Austerlitz no es Juan Preciado, sí hace su propio viaje al mundo de los muertos.

Austerlitz, W.G. Sebald, Anagrama, Barcelona, 2019, 304 pp.

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