La antigua retórica, Alfonso Reyes

–José Miguel Barajas García

 

A diferencia de la gramática, el estudio de la retórica ha desaparecido de los planes de estudio. Es práctica frecuente oír en comunicaciones cotidianas que se asocie a la retórica con connotaciones negativas como “discurso vacío”, “acartonado” o “demagógico”, entre otros términos. Su lugar en los mapas curriculares ha sido ocupado, en algunos casos, por el taller de redacción que viene enseguida del aprendizaje de la lengua materna. A pesar de aproximaciones como las de Chaïm Perelman y su Tratado de la argumentación. La nueva retórica (1958), el estudio de la retórica ha permanecido al margen. Sin ánimo de rastrear aquí las causas del destierro de la retórica, quiero recordar el lugar preponderante que en su momento le brindó Alfonso Reyes a la disciplina durante su labor docente y en el conjunto de su obra escrita. Hacia 1942 Reyes impartió en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM un curso que después apareció como libro bajo el título de La antigua retórica. Actualmente dicho volumen viene reunido en el tomo XIII de las Obras completas publicadas por el Fondo de Cultura Económica, precedido de otro curso que también se compiló como libro: La crítica en la edad ateniense.

En La antigua retórica el escritor regiomontano analiza, sintetiza y comenta de manera detallada, clara y amena los contenidos de los –así considerados por la tradición– tres acercamientos clásicos a la retórica de la antigüedad grecolatina: el de Aristóteles, el de Cicerón y el de Quintiliano. De estos acercamientos, si hubiera que traer de nuevo al interior de las aulas el estudio de la retórica, propondría recuperar de inicio la propuesta de Quintiliano mediada por Alfonso Reyes para su lectura y discusión en clase. Las cinco partes tradicionales de la retórica expuestas por Quintiliano: invención, disposición, elocución, memoria y acción, son descritas por Reyes de manera consistente y clara. Si atendemos con detenimiento a estas cinco partes, advertimos también que hay una correspondencia entre sus contenidos y los saberes teóricos y heurísticos de los talleres de lectura y redacción. Esto no sería en la educación una redundancia sino un complemento, además de que se traería al contexto del aula las fuentes primarias de las que han derivado los manuales de redacción y estilo.

Acerca del origen de la retórica, quisiera destacar este párrafo de Alfonso Reyes:

Origen. ¿De dónde nació la retórica? Es indudable que del deseo de someter al arte una actividad natural. Alambican los que suponen que brotó especialmente de la primer defensa. ¿Por qué no del primer ataque o del primer encomio? El discurso es un puñal, y el primer puñal no parece haberse inventado para la defensa. Cicerón también reduce la explicación a términos estrechos, cuando piensa que la retórica es invención de los fundadores de ciudades. Hay tribus errantes que poseen heraldos, acusadores, defensores, narradores de fastos y, en suma, perciben un arte en la palabra, sin que pueda decirse que hayan llegado a fundar una verdadera ciudad. Es mucho más cierto afirmar simplemente que la naturaleza nos dio el lenguaje, y la observación del lenguaje nos dio la retórica.

En tiempos donde pareciera que la correcta escritura se ha reducido al conocimiento suficiente de la ortografía; en tiempos donde la oratoria se ha visto degradada a la mala declamación como suele verse en concursos escolares; en tiempos, en suma, donde las opiniones son legión y profusas van y vienen por los derroteros de las redes sociales, recordar que “el discurso es un puñal” nos lleva a no olvidar ni tampoco a echar en saco roto que la retórica es un deporte de combate. Para volver a Alfonso Reyes, “si es infame no saber defenderse con el cuerpo, más lo es no saber defenderse con el lenguaje”. El ágora parece estar de vuelta en las redes sociales. Quienes de ellas se valen pueden hallar en La antigua retórica, para los nuevos discursos, un afilador eficiente.

 

Alfonso Reyes, Obras completas XIII. La crítica en la edad ateniense. La antigua retórica, Fondo de Cultura Económica, México, 1997, 558 pp.

 

 

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