López Velarde. la lumbre inmóvil, José Emilio Pacheco

–Juan Schulz

 

La aparición del Inventario (2017) — la antología que contiene algunas de las columnas que José Emilio Pacheco publicó durante varias décadas (1973-2004)— ha contribuido a destacar la figura de Pacheco como periodista cultural de investigaciones literarias, con notables dotes como crítico literario. De forma adicional y complementaria, la editorial Era acaba de publicar Ramón López Velarde. La lumbre inmóvil, libro que compila 15 textos sobre el destacado escritor zacatecano que J.E.P publicó entre 1970 y 2009* en diferentes formatos y revistas.

No hay duda de que Ramón López Velarde (1888-1921) es uno de los poetas más reconocibles entre los mexicanos. Premios, parques, escuelas y calles llevan su nombre, y en el inconmensurable imaginario popular el escritor nacido en Jerez, Zacatecas, se asocia fácilmente como el autor del poema “La suave patria”. En el caprichoso mundillo intelectual los poetas y críticos, con excepciones contadas, lo han reconocido en centenares de páginas como el creador de varios de los mejores poemas de nuestra historia. Inclusive, según narran testimonios, Borges podía recitar de memoria algunos de sus versos. Sin embargo, la lumbre poética que cautivó a tantos parece vedada a las generaciones más jóvenes y el distanciamiento que hay con su obra es notable.

Es posible especular algunos elementos para pensar sobre el porqué a los jóvenes nos resulta ajena la obra de López Velarde. Hay una resistencia hacia a la figura de Velarde y su apellido de premio: difícilmente otro escritor mexicano haya recibido más homenajes durante el siglo XX. Además de que por diferentes motivos se ha intentado dotar al poema de “La suave patria” de la importancia de un segundo himno. Pero esa solemnidad con la que pretendieron canonizar su obra ya hasta parece lejana, por lo que quizá no sea la causa que nos ha alejado de su obra. Para la generación de Monsiváis y Pacheco ironizar los adornos nacional-revolucionarios de los discursos fue una postura necesaria, casi central, y no es casual que el poema más conocido de Pacheco sea “Alta traición”, y que en el primer verso diga: “No amo mi patria. / Su fulgor abstracto es inasible”. En cambio, para las generaciones que crecieron durante el neoliberalismo ese tipo de reivindicaciones mitológicas de próceres y patrias, no es que estén completamente desactivadas, pero sí se han desgastado y modificado.

La distancia que hay con su obra creo que tiene que ver con cuestiones literarias y seculares. Pienso que hoy las temáticas católicas y nostálgicas en las que está configurada parte de la obra de Velarde pueden provocar resistencias. Aunque, sin duda, de diferente manera a las que tuvo Alfonso Reyes de la poesía del zacatecano que, a diferencia del regiomontano, nunca salió del país. En uno de los mejores artículos del libro, Pacheco documenta la historia del duradero rencor que Alfonso Reyes mantuvo por la obra de López Velarde, al cual menospreció por pueblerino y lo tachó de ser de “esos poetas rotos que traen raídos los traseros del alma”. Pero Alfonso Reyes guardaba rencor por una crítica en la que López Velarde se atrevió a decir que lo prefería como prosista que como lírico. En cambio, para nuevas generaciones, el estigma y la dificultad de adoptarlo en nuestros altares especulo tiene que ver con los referentes en los que está envuelta su poesía. Versos como “el cíngulo morado de los atardeceres”, “acólito de alcanfor”, “como los brazos del correo chuan” resultan herméticos, mucho más complejos que algunos poemas barrocos. Hoy en día no es de dominio popular saber quién fue San Isidro Labrador, como lo fue en tiempos en que hasta los laicos por cultura sabían algo al respecto de la cultura católica, que además era ubicua.

Afortunadamente lo que hizo José Emilio Pacheco en los textos compilados en este libro es insuperable como acompañamiento o acercamiento a la obra de López Velarde. Ante nuestra ofuscación por la lejanía, logra de múltiples maneras acercarnos a la vida y obra del poeta, y nos muestra como las “alusiones perdidas” (como llama a los referentes ambiguos en la obra velardiana), no son mayor obstáculo para acercarnos a su obra, que si bien presenta dificultades, con una clara contextualización la vitalidad de su poesía revierte su cauce. Así como para leer El Quijote es preferible una nota que nos diga qué son “los duelos y quebrantos”, o para leer La Iliada conviene saber quién es Apolo, con un poco de la ayuda ortopédica que investigadores como Pacheco nos ofrecen, más un poco de esfuerzo intelectual, se vuelve casi ineludible sorprenderse de tan impresionante pericia con la que el poeta logra mezclar melancolía, ironía y el deseo insatisfecho en poemas tan únicos en su ritmo y en sus imágenes.

Hay dos elementos que considero claves para una fresca valoración de la obra de López Velarde: la pasión y la claridad con la que Pacheco enfoca al autor desde varios ángulos a lo largo de la vida, sin estancarse en el elogio repetitivo. Por ejemplo, la manera de indagar la biografía del poeta de manera que los poemas tengan otras posibilidades de interpretación; o la importancia que algunas mujeres tuvieron para conformar la obra; o las circunstancias que llevaron a Samuel Beckett hacer la traducción de algunos poemas de Velarde; o en un divertido texto en el que Pacheco se aventura a suponer qué hubiera pasado si se hubiera inventado la penicilina y López Velarde hubiera vivido más años. Además de eso, Pacheco comenta la obra de los estudiosos sobre Velarde, evoca la ciudad que le tocó vivir y presenta datos históricos que nos ayuden a estar más cerca de sus angustias.

José Emilio Pacheco debió sentirse cerca del poeta, pues en otro texto imagina que conversa con él en una plaza de la colonia Roma. Pero el monólogo de Pacheco no fue en vano puro ejercicio de imaginación, a lo largo de los años en sus artículos insistió en rescatar la casa donde vivió López Velarde, que estuvo abandonada y casi en ruinas. Gracias a su incisiva insistencia hoy es un espacio cultural para la poesía: La Casa del Poeta, ubicada en la avenida Álvaro Obregón. Y, sin duda, gracias a la publicación de estas perspectivas tan amenas como bien documentadas la obra de López Velarde tendrá más y mejores lectores.

 

*Tal vez una resaca por los festejos del centenario del natalicio del poeta en 1988 explica que no haya ningún texto fechado en la década de los noventa.

 

Ramón López Velarde. La lumbre inmóvil, José Emilio Pacheco, Ediciones Era, México, 2018.

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