La pasión por describir la verdad

–Adrián Gerardo Rodríguez

He estado leyendo Díez días que estremecieron al mundo, esa apasionada crónica que John Reed dedicó a la llegada de los bolcheviques al poder en octubre de 1917. Su escritura, he de confesar, me ha hecho entender más elementos sobre la épica lucha encabezada por Lenin, que otros libros sobre la Revolución Rusa ensalzados por la academia. El detalle no es de poca importancia si lo que se busca -como a mí me interesa desde el oficio de historiador- es entender en qué consiste revelar “la verdad” de los hechos (si entendemos por esto la capacidad de precisar el funcionamiento de un fenómeno social dado).

No se trata de un mero contraste entre la forma (el estilo de escritura) y el fondo (la fidelidad a los datos), puesto que ambas confluyen armónicamente en el texto de Reed. Entre otros variados elementos, está el fuerte sentimiento de atracción hacia el objeto de estudio. Dilucidar cómo esta variable opera en nosotros para comprender los hechos, es algo urgente en un momento como el actual en el que los medios de información exageran las virtudes de un posicionamiento neutral u objetivo ante ellos.

Por una parte, recordemos las mismas palabras de Reed al final de su prólogo: “Durante la lucha, mis simpatías no eran neutrales. Pero, al trazar la historia de esas grandes jornadas, he procurado estudiar los acontecimientos como un cronista concienzudo, que se esfuerza por reflejar la verdad”. Como autor, el periodista norteamericano transparenta su posición ante los hechos que relata, pero al mismo tiempo no renuncia a la verdad. Hay, pues, honestidad desde un comienzo. Como si ello fuera un ingrediente que Reed debe advertir al lector. Éste, por su parte, ya sabe cuál será el sesgo documental o de interpretación que hay en la obra. No hay engaño premeditado.

La actitud de Reed me remite a una reflexión de Eric Hobsbawm, que palabras más palabras menos, decía que si el tema de investigación no apasiona al historiador, pocas cosas va a poder decir sobre él. En su momento me pareció exagerada la sentencia, porque se podría aducir que la pasión más bien podría cegar al historiador. Pienso que ese tipo de arrebatamiento es al que Reed se refería en su prólogo, al hablar de su atracción por la revolución, pero que al mismo que también lo llevó a retratarla de manera tan atractiva.

Me parece que esa pasión por el objeto de estudio puede operar de varias formas a favor de un conocimiento más preciso sobre él. Por una parte, está la creatividad de la escritura, pero la cuestión no se puede limitar a ella. Hay en el libro de Reed un intento de ordenar el caos, por decirlo de alguna manera. Si podría compararlo con algo, sería con ese anónimo biombo novohispano que está en el Museo Nacional de Antropología e Historia donde se retrata la Conquista de México: un gran lienzo detallado de todos los pormenores de la batalla, preciso, vistoso, extenso, ambicioso, pero que finalmente se adapta a una forma finita, como es el biombo.

En otras palabras, la crónica de Reed es resultado de un acto de comprensión de un fenómeno inédito, a cuya complejidad se adapta y que se extiende junto con ella en un relato. Ahí es donde, creo, opera la pasión. Ella permite hasta cierto punto abordar los fenómenos dejándose sorprender por ellos, no aceptando ideas previas que los puedan tergiversar.

En esencia, lo que logra John Reed en su crónica se debe a que se entrega a comprender, pero sin anclas mentales. La realidad es la que manda, hay que representarla, describirla, entenderla. Es la misma actitud de Marc Bloch cuando afirmaba que el primer deber del historiador es interesarse por la vida, o la de Kapuściński cuando explicaba que la “fuente principal de nuestro conocimiento periodístico son ‘los otros’ […] los que nos dirigen, nos dan sus opiniones, interpretan para nosotros el mundo que intentamos comprender y describir”.

Diez días que estremecieron al mundo, John Reed, Siglo XXI, México, 2017, 480 pp.

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