Operación Masacre, Rodolfo Walsh

–Juan Francisco Herrerías

Operación Masacre es la crónica novelada del fusilamiento de obreros en el basural de José León Suárez en 1956. En la noche del fallido levantamiento del general Valle en contra de la Revolución Libertadora, la policía irrumpe en una casa de un barrio popular y detiene a las personas allí reunidas, sospechando que estaban relacionadas con la sublevación. Efectivamente, un par de los asistentes planeaba participar, pero la mayoría creía que se trataba tan sólo de escuchar una pelea de boxeo y jugar cartas. Los llevan presos y unas horas después, sin debido proceso, sin probar su complicidad con Valle, los fusilan en un descampado. La desorganización de la policía es tal, sin embargo, que siete sobreviven. Unos meses después, un Walsh que en ese entonces se dedicaba únicamente a jugar ajedrez y leer cuentos policiales, escucha el rumor: “hay un fusilado que vive”, y su vida y su identidad como escritor cambian para siempre.

Vista de lejos, Operación Masacre es un testimonio contra la injusticia, un ejemplo de escritura de combate, un texto que mueve a la indignación. Pero incluso las condecoraciones más obvias, más merecidas, para este caso son problemáticas. En la cuarta de forros Jorge Volpi apunta que Walsh escribió “una de las piezas fundamentales –y hasta ahora un poco secretas– de la literatura del siglo XX…”. Se entiende a qué se refiere y podríamos estar de acuerdo. Y sin embargo ese elogio hubiera sido un malentendido para Walsh, tal vez un insulto, una constatación de su fracaso: cuando trabajaba en Operación Masacre no pensaba estar haciendo algo así como “literatura”.

La relación de Walsh con lo literario es un tanto esquizofrénica. Por un lado, como lector y escritor llena su vida de ficciones y libros, la literatura es su mayor placer. Por el otro, conforme se vuelve un militante, conforme la política se torna su actividad central, las persecuciones meramente artísticas comienzan a parecerle, si bien atractivas, en realidad banales, impermisibles en tiempos de urgencia. El fruto más claro de este cruce es la novela que nunca escribe, la que en sus diarios, cartas y entrevistas considera, planea, y se place en imaginar, tan sólo para desechar la idea en el instante siguiente y recordar que debe entregarse por completo a las causas políticas.

No le basta, además, asumirse como escritor de combate, eso no resuelve ningún problema, e incluso instala otras trampas; sobre todo una: el mandato de ser eficaz. Ya que toma la política en serio, ya que la política no es para él solamente una atmósfera o una postura o una correctitud, sino desesperadamente un campo de acción donde tiene que transformarse la vida, un lugar donde se puede ganar o perder (y es imperativo ganar), no le es posible escribir desde una madriguera, desde una identidad, y darse por satisfecho. Su escritura debe tener consecuencias o no habrá valido la pena.

Basta leer los prólogos, epílogos y apéndices que Walsh fue haciendo para las distintas ediciones y que esta versión de la UNAM incluye. No es triunfalismo lo que se nota allí, ni complacencia, sino una creciente decepción. Otro escritor hubiera podido sentir que su tarea estaba terminada al escribir algo como Operación Masacre. La mera aparición del libro, llevar los hechos a la luz, hubiera sido una victoria, una resistencia. Para Walsh no lo es en absoluto. Se desespera ante la inutilidad de su libro, ante su falta de efectos. No ha hecho justicia, el mundo sigue igual que antes, como si nada hubiera pasado. Se arrepiente de haber escrito. Se pregunta incluso por la pertinencia de escribir.

En 1957 dije con grandilocuencia “Este caso está en pie, y seguirá en pie todo el tiempo que sea necesario, meses o años”. De esa frase culpable pido retractarme. Este caso ya no está en pie, es apenas un fragmento de historia, este caso está muerto. […] investigué y escribí enseguida otra historia oculta, la del caso Satanowsky. Fue más ruidosa, pero el resultado fue el mismo: los muertos, bien muertos; y los asesinos, probados, pero sueltos. […] Se comprenderá, de todas maneras, que haya perdido algunas ilusiones, la ilusión en la justicia, en la reparación, en la democracia, en todas esas palabras, y finalmente en lo que una vez fue mi oficio, y ya no lo es. Releo la historia que ustedes han leído. Hay frases enteras que me molestan, pienso con fastidio que ahora la escribiría mejor. ¿La escribiría? [cursivas en el original].

Quizás hizo mal Walsh en decepcionarse de su libro, ya que este continúa su vida, sigue actuando en la cultura a través de los años y sus efectos no son menos reales por ser incuantificables. Tal vez fue tan sólo demasiado impaciente, y probablemente un poco vanidoso. Pero quizá también la recepción, llamar literatura a Operación Masacre, es señalar su derrota, su retiro a la compañía de los objetos artísticos, ese espacio inútil. Quizás el tema verdadero de esta crónica sea el fracaso de la escritura, una tumba para esa frase tan engolada de que la pluma puede más que la espada.

 

Operación Masacre, Rodolfo Walsh, UNAM, México, 2018, 217 pp.

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