Cuentas pendientes, Martín Kohan

–José Miguel Barajas García

La novela Cuentas pendientes (2010) del argentino Martín Kohan contiene por lo menos dos novelas y un relato dentro de sí. Lo podemos ver desde la manera en que vienen numerados los capítulos en el cuerpo del texto y en el índice: primero, del I al XIII en romanos; luego del 16 al 23 en arábigos y, al final, el veintiséis y el veintisiete están escritos los nombres de los números con letras. Por otra parte, los capítulos de transición son el “XIV, 15” y el “24, veinticinco”, donde las formas de narrar se entrecruzan. De tal suerte, del capítulo I al XIV, 15 leemos la sección que abre con la frase “Tengo para mí que Giménez, tarde en la noche, arrastra los pies cuando entra la cocina.” En esta sección, que es la más extensa, se nos cuenta la cotidianidad de Lito Giménez, desde una tercera persona que focaliza su relato en dicho personaje y que conoce mucho de él, que puede referirnos lo que pasa por su mente y sus escenas más íntimas. Este narrador dibuja a un personaje octogenario, militar retirado que vive en el mismo edificio que su ex mujer y la que fuera su suegra: la señora Elvira y Doña Irma. Giménez tiene una hija, Inesita, casada con Juan Carlos, cuyo matrimonio se encuentra en crisis. Esta sección, de las tres, es quizás la más relacionada con el asunto de la dictadura militar argentina, pues también aparece un ex jefe de Giménez, el coronel Vilanova, que lo frecuenta, conversa con él en un café y suele pagarle comisiones por la visoría de autos en venta que vienen en los anuncios clasificados de los periódicos. Hay aquí también personajes secundarios como la señora Katy, la joven prostituta Lorena, los vecinos, el conserje y el mesero del café. Ellos tienen nombre, a diferencia del casero, el propietario de los departamentos que alquila Giménez y de los que debe cuatro meses de renta, a quien el narrador menciona simplemente como el Dueño. Toda esta sección de la novela se concentra en trazar la vida actual, decadente, de Lito Giménez. Un hombre que tiene cuentas pendientes y un presente volátil, tanto como su miembro viril que no lo sigue cuando debiera y que se activa en las situaciones más incómodas.

La segunda sección que inicia en el mismo capítulo XIV, 15, presenta una transición a la manera de “Continuidad de los parques” de Julio Cortázar, que se hace evidente en el pasaje “Giménez se fija y a quién ve: al Dueño esperando ansioso. Lo veo asomarse y mirar hacia afuera, y también veo que me ve.” En este momento advertimos que quien ha venido contando la historia es el Dueño, el casero con quien Giménez tiene cuentas pendientes y de quien se nos ha dicho que se ha venido ocultado. Aquí la historia toma un giro. Giménez pareciera que se activa y se presenta por sí mismo. El propio narrador que antes parecía conocer casi todo de él, lo presenta ahora en términos como “Pero tarda algo más de cinco minutos en aparecer, vaya uno a saber qué pudo estar haciendo mientras tanto” o bien, más adelante “Me pregunto qué es lo que este hombre suponía.” Aquí es cuando el primer Giménez presentado por el narrador cede lugar al otro que por sí mismo se expresa y que por lo tanto le impone una barrera al narrador que también se ha vuelto un personaje activo. El diálogo en el departamento que habita Giménez gira en torno a la literatura policiaca, a la cultura pop, a la televisión y al dinero que puede ganar un escritor por aparecer “gratis” en una entrevista televisada. Giménez actúa y toma la palabra en gran medida también para desviar la atención sobre su deuda. Toda esta escena se desarrolla entre el capítulo XIV, 15 y el 24, veinticinco, donde la novela toma un tercer giro.

Del capítulo 24, veincitinco al veintisiete aparece un pequeño relato que va de la salida del departamento que habita Giménez al regreso a casa por parte del Dueño. Él mismo describe, se describe, tomando un taxi, llegando a casa, no hallando ahí a su pareja, Luciana, y retomando en su interior una duda que le han sembrado respecto de su fidelidad. Se presume que ella tiene algo que ver con Nicolás Antúnez, fotógrafo colega de trabajo de Luciana. El Dueño, a quien Giménez llama Negro, empieza a trazar en su mente, en aquella imaginación que Giménez dice envidiar en los escritores, las posibles conjeturas que evidencien la infidelidad de Luciana, o bien, que la refuten. Esta sección me remite en parte a Juan Pablo Castel, de El túnel, de Ernesto Sabato. Y la novela se disuelve con el día, donde se infiere una noche de insomnio en el narrador que dice preferir volver a imaginar a Giménez, como lo hacía al inicio del libro.

Cuentas pendientes, en suma, me parece un ejercicio interesante de por lo menos tres niveles: la historia argentina, la ficción y la vida propia. Aunque esta vida y esta historia sean también ficcionalizadas, en esta novela son temas que la misma literatura cuestiona. En ese interrogar e interrogarse las historias avanzan y, junto con ellas nuestra atención e interés activo como lectores de literatura contemporánea.

Martín Kohan, Cuentas pendientes, Anagrama, Barcelona, 2010, 184 pp.

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