El hipogeo secreto, Salvador Elizondo

–Samantha García

La segunda novela de Salvador Elizondo me da la impresión de ser un proyecto prometedor pésimamente ejecutado. En su planteamiento hay trazas interesantes, las que le dan a Elizondo la reputación de ser uno de los escritores mexicanos más arriesgados del siglo XX: la falta de una trama lineal, una escritura difícil –que se diría que empuja al lector, en vez de atraparlo–, personajes que se desvanecen, se repiten, se mezclan, narradores sin identificar que se arrebatan la palabra, asesinatos rituales, crueldades metafísicas. Vuelve a aparecer aquí como en Farabeuf, y podría ser uno de los fantasmas de Elizondo–la idea que, según Klossowski, obsesiona a un escritor y a la que regresa una y otra vez–: la iniciación” de una mujer, su tortura en pos de una suerte de trascendencia. Esa herencia de Bataille, que ya es un poco sospechosa en estos tiempos (la única mujer de la novela es un objeto-sagrado que un grupo de varones debe manipular para obtener conocimiento), se le podría perdonar si se pusiera en juego en una narración cautivante, pero no es el caso.

La primera parte de El hipogeo secreto es un largo monólogo lleno de abstracciones e imágenes, sostenidas por largas frases poetizantes que no son ni difíciles ni sofisticadas, sino patentemente cursis, predecibles, intercambiables. Sorprende que el autor de Farabeuf se haya transmutado en alguien capaz de escribir algo como:

En este silencio que sólo el mar en la distancia vivifica de ritmos, de reiteraciones que suenan a lo lejos, se escuchan los tumbos acompasados del pulso del tiempo. Miraba en sueños la extensión de esa planicie que se despliega, con la suavidad y la languidez de un cuerpo de mujer, entre los pinares que nacen en las faldas de las montañas y los acantilados contra los que el océano se empecina.

Esto no es ni enigmático” ni “renovador”, es tan sólo de una afectación remilgada. Pero de hecho, ¿no recuerda un poco algunos momentos en que Farabeuf se iba para allá? ¿No había una tracción del narrador hacia esa especie de lenguaje, que sólo el recuerdo de lo quirúrgico del tema volvía a poner en el buen camino?

La deficiencia del estilo se traiciona por el uso abundante de adjetivos-muletillas, cuántas veces aparecen los inquietante, sutilísimo, terrible, desquiciante. Frases que por su vocación totalizante pretenden sostener una tensión en realidad debilísima: “Nuestro archivo reúne un número infinito de documentos” “Todo es el alba” “…el más vasto de todos los terrores” “…nos hubiera dado el dominio de todas las ciudades y el secreto de todas las arquitecturas”.

En la parte del medio, quizá la mejor, es cuando empieza el juego entre la realidad y la ficción. Aparece un tal Salvador Elizondo, los personajes cobran conciencia de ser personajes, uno de ellos escribe novelas que suenan reales, etc., y aunque hay algunos momentos ingeniosos, la verdad es que no pasa de ser una fábula a la altura de novelas Young Adult que tratan de difundir el placer de la lectura entre los jóvenes. No hay ninguna reflexión inquietante sobre los conciertos entre lo ficticio y lo real. Los personajes se dan cuenta que están siendo narrados y deciden que deben descubrir los secretos del narrador para no morir: una trama para Nickelodeon. Además, si se agradece que en esos momentos Elizondo adopte un estilo más o menos llano –quisiera decir secular–, todo el tiempo quiere volver a las alturas de Machu Pichu y llegan las ganas de saltarse párrafos.

La parte final es al mismo tiempo la más legible y la más ridícula. La poesía y la filosofía se acaban y lo que queda es una intriga noir en la que los personajes recorren pasadizos, se traicionan, se apuntan con pistolas, y entablan diálogos terribles como:

–Estás muerto –le dice con voz temblorosa.
–No; mi condición es más terrible que eso –le responde el recién llegado.
–¡Bah! –exclama el Sabelotodo sin mirarlo apenas–. Si te hubieras quedado allá, en las ruinas, estarías más muerto de lo que estás aquí.
–Eso es lo que tú hubieras deseado, ¿verdad? –le dijo el pseudo-T. y luego agregó pensativo sentándose debajo del árbol cerca de nosotros–: ¡sí, algo definitivamente más terrible!
–¿Como qué?
–Como estar equivocado.

Elizondo empezó esta novela con ¿qué ángel malo se paró en la puerta de tu sonrisa?, y la cerró con el Código Da Vinci.

El hipogeo secreto, Salvador Elizondo, FCE, México, 2017, 164 pp. (Primera edición, Joaquín Mortiz, 1968)

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