Cuando florece el alforfón, Lee Hyo-Seok

–Juan Schulz

A diferencia de los productos audiovisuales coreanos (series, películas y grupos de música) que han encontrado su público, lo poco que hay de literatura de ese país ha pasado inadvertido. Por eso es necesario destacar el caso de la colección Minimalia que publica Ediciones del Ermitaño con apoyo del Instituto de Traducción de Literatura Coreana (KLTI), que a la fecha cuenta con 16 títulos (principalmente de narrativa), y que hasta donde entiendo no han encontrado los lectores que merece. O lo han hecho de forma muy discreta.

Para esta nota voy a comentar el libro de cuentos Cuando florece el alforfón de Lee Hyo-Seok (1907-1942), traducido por Yoon Sun-me y Lee Kang-guk y compuesto por 10 cuentos situados en la provincia de Gangwon, lo cual quiere decir un estado montañoso en el norte de lo que hoy es Corea del Sur, hasta la fecha una zona muy agraria, pero hasta un pasado no muy lejano era una zona un poco aislada, dedicada a comerciar vía el río Han, ya sea leña, porcelana blanca o alguna especie bien cotizada en Seúl.

Estos cuentos en su mayoría tienen escenarios rurales. Con la excepción del último, que está situado en una ciudad que pudiera ser cualquiera, los demás suceden en una aldea, granja, bosque u otro escenario rural. Uno de los temas centrales que abordan son los deseos, las pulsiones y, por supuesto, sus consecuencias. Son relatos de hombres y mujeres viviendo como pueden en una realidad casi siempre adversa. Personajes marginales como el vendedor ambulante de telas (con la cara marcada por la viruela) que va de pueblo en pueblo, además de sobreviviendo, buscando alguna esperanza afectiva.

En el cuento “La montaña” un campesino renuncia a mal vivir trabajando para un latifundista y decide irse a habitar la montaña, lejos del “bullicio de la aldea”. El campesino vive de recolectar cosas y cosechar lo que pueda con sus propias manos. Por supuesto no se trata de experiencias al estilo Thoreau o Epicuro, quienes las viven en sus “jardines”. No hay afán de extraer lecciones filosóficas, sólo es un hombre huyendo a donde puede. Lo más significativo es el motivo por el que no puede dejar de ir al pueblo: la sal. Extrañaba la sal en la comida. La renuncia absoluta es inalcanzable para el huraño que tiene que bajar de vez en cuando a conseguir sal.

En otro cuento un estudiante que fue expulsado de la escuela y regresa a su aldea a vagar por los campos tiene más preguntas: “¿Hacer amistad con la naturaleza equivale retirarse del mundo? ¿El amor por las plantas nace cuando se ha apagado la pasión animal? ¿Amaré la naturaleza porque tuve que dejar la ciudad?”. Pero si ese estudiante tiene dudas sobre su encuentro con la naturaleza, otro también expulsado de la escuela (que pagaba la matrícula con las gallinas que vendía) es descrito de esta manera: “Por el abatimiento que tenía últimamente, Eulson había abandonado el cuidado de las gallinas. Esas aves que había criado con tanto esmero ya no atraían su vista ni su corazón. Cuando las miraba pasar por el patio, le daba por tomar una estaca de madera. El corral, que hacía tiempo no limpiaba, estaba sucio como nunca”. Los personajes de este autor coreano tienen en común que ya sea por las acciones descritas, por las conversaciones o por los monólogos interiores, siempre reaccionan y reflexionan ante la realidad que no dominan. La sociedad, y la naturaleza en función de ella, tienen una dinámica sólida; en cambio los individuos que tratan de escapar o habitarla de otra manera por lo general fracasan.

Todos estos cuentos muestran una relación particular y afectiva con los animales. Un hombre aprecia a su burro no sólo porque es el que le permite ir de pueblo en pueblo vendiendo cosas, sino porque también es el único que escucha su soledad. Cosas distintas suceden con un cerdito o con un gallo. Lo importante es que cada cuento muestra la complejidad, tanto de valor de uso como emocional, que significa un animal en situaciones campiranas. Lee Hyo-Seok de manera virtuosa puede con un golpe de tuerca contagiarnos de la desolación como en los mejores cuentos de Chejov, pero también los personajes desaventurados son retratados en su ira o en su anhelo de fuga: “Para recibir insultos por un sueldo magro, mejor era desembarazarse del yugo estrecho e incómodo e irse a cualquier parte del ancho mundo.” Lo que vemos, principalmente, son hombres inconformes a los que la vida les debe algo en otra parte, pero que casi nunca lo consiguen.

Los críticos y lectores urbanocentristas, aquellos que sólo ven campo o naturaleza en la literatura y hacen un mohín, y espetan clasificaciones toscas como “novela de la tierra” o “bucólica” no podrán disfrutar de estos cuentos. Los demás quizá podrán arriesgar y decir lo mismo que un personaje de este libro: “¿Y si me marcho a cualquier parte?”. Y si esa parte es Corea a través de Lee Hyo-Seok, les aseguro que en más de una página van a encontrar la belleza y la angustia humana palpitando en el mismo momento.

Cuando florece el alforfón, Lee Hyo-Seok (traducción de Yoon Sun-me y Lee Kang-guk), Colección de literatura coreana Minimalia, Ediciones del Ermitaño, México, 2008, 161 pp.

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