Vindictas. Cuentistas latinoamericanas

–Juan Schulz

La forma en la que actualmente los hombres leen la literatura escrita por mujeres, cuando la leen, se puede clasificar en dos tendencias generales. Por supuesto, ambas tendencias pueden coexistir en los lectores. En la primera encontramos a los varones que se resisten, los que sacan el pecho antes que asumir que sus privilegios se dirimen y que se desvanecerán aún más. Son los que ironizan porque ya no pueden dar tiros en el concierto cuando les da la gana; los que más temprano que tarde se terminan quejando: “ya no se puede decir nada, ¡cuánta intolerancia!”. Algunos de esa tendencia saben muy bien cómo disimular con exquisitez literaria su incapacidad o desinterés para acceder al mundo literario de las mujeres. Pero esa tendencia se va haciendo minoritaria, en mayor medida es generacional y no tiene mucha oportunidad de crecer. Son como los militantes del antiaborto, sectas que persisten en partes de la sociedad, a veces con poder, pero que en el campo cultural sus ideas cada vez son menos respetadas1.

Por otro lado, en el medio literario hay un montón de hombres queriendo quedar bien con los feminismos. Entre aquellos progresistas hay algunos muy audaces para disfrazar con entusiasmo su condescendencia; aliados del “jamás contradecir ni criticar a una autora,” siempre quieren caer bien parados y muchas veces parecen gritar a los cuatro vientos: ¡miren, leo mujeres! ¡Leo muchas autoras! ¡Atención, atención, yo le doy voz a la diversidad!

Algunos de ellos quizá palien su consciencia con tanta benevolencia. Pero de la gran mayoría no dudo de su buena fe. La intención no es la cuestión. El problema es que por pretender apoyar a las colegas se han olvidado de esforzarse en hacer el mínimo ejercicio crítico y su discurso resulta más cercano al de un porrista que al de un lector profesional. Reseñan (resúmenes perfumados) y escriben cuartas de forros con más ganas de quedar bien que de discutir alguna idea. Al final lo que resulta es lo que tenemos: un campo literario inflado para donde se mire.

No comparto la posición de mis colegas, aunque creo que los entiendo. Se sabe que el gremio de los literatos es el gremio arribista por excelencia. Nadie les pide que se den un balazo en el pie y que no fluyan con los tiempos que corren. Tampoco se les pide que dejen de arrastrarse a recoger las migajas de capital simbólico que puedan. Lo preocupante es que en su ansiedad por no parecerse un macho a la antigua hayan renunciado a la crítica.

Termino el rollo introductorio diciendo lo obvio: que mi lectura no puede situarse lejos de esas tendencias. Sería como decir que yo soy un marciano y que mi pensamiento no está contagiado de las ideologías que fluyen en esta época; o que poseo una metodología especial para leer estos textos que ninguno de los hombres tiene. En dado caso, prefería asumirme como marciano y empezar mi texto diciendo: Terrícolas, he arribado a la tierra desde muy lejos con el propósito de leer… Bueno, ya habrá tiempo para ejercer la payasada. Lo único que pretendo ahora es alejarme lo más posible de ambas tendencias (y también de la neutralidad, naturalmente) y comentar mi lectura de Vindictas.

Vindictas, Cuentistas Latinoamericanas está compuesto por 20 cuentos de escritoras de diferentes partes de América Latina y una de España. Inicia con un prólogo que hacen a manera de dialogo los antologadores: la escritora Socorro Vengas y el editor Juan Casamayor. Ahí se nos dicen, entre otras cosas, que la antología tiene la finalidad de descubrir escritoras y “dar a la luz para que nos revele esas autoras que injustamente no fueron publicadas, editadas, o reditadas y que quedaron en el olvido.”

En el primer cuento de la mexicana María Luisa Puga (1944), se nos narra en primera persona la tenue agonía de la relación de una pareja, la cual se ha refugiado en la aldea de una isla griega para tratar de salvar su relación de los celos. La voz femenina que cuenta su historia va describiendo la atmósfera del lugar, mientras muy sutilmente va intercalando lo que pasa entre el hombre que la acompaña y ella: las posibilidades de un odio enquistado, las chispas de esperanza por salvar la relación. Podemos leer este cuento como la narración sobre unas brazas que se apagan. Aunque también puede ser leído como una minuciosa exploración en la imposibilidad del personaje masculino por dominar, y de las máscaras con las que trata de mostrase entero. El estilo de Puga es de una belleza envolvente. Su voz narrativa no abruma con certezas y retóricas para construir predecibles maniqueísmos. Y a pesar de que hay una fina ironía sobre el personaje escritor (la pareja) y su torpeza emocional, la prosa fluye en vocación de exploración. Se mueve en el terreno de las incertidumbres que de vez en cuando descubren una certeza: “Me sorprendió que su silencio no fuera la paz que creía haber percibido, sino un creciente encono que por fin estallaba casi con regocijo”.

Otro cuento por el que vale la pena la antología es “Reunión” de la ecuatoriana Gilda Holst (1952). Trata del fuerte olor que emana el sexo de una mujer y el efecto que produce en los demás. Si tuviera pereza para buscar palabras y ánimo de ser impreciso diría que es una historia de aires kafkianos. Más bien, creo que una de las mayores virtudes del cuento –los estetas se taparán la nariz— es que se trata de un texto explícitamente político, pero que las implicaciones de retratar a una sociedad ante las emanaciones del cuerpo, no significa imponer una sombra solemne. Un texto diferente en el que incluso el final triunfalista funciona. Sospecho porque la tesitura satírica está bien consolidada desde el principio. Vindictas no es una antología en que abunde el humor, pero en este cuento algo encontramos.

En el prólogo se insiste en cómo el canon ninguneó la escritura hecha por mujeres. Se habla de las antologías en las que únicamente figuran hombres o sólo unas cuantas mujeres; de cómo el heteropatriarcado enseña a leer literatura hecha por hombres y hace invisible las otras. Podría abonar múltiples ejemplos de exclusión y escribir un discurso que vaya acorde al ánimo progre, pero eso, aunque no sería inútil, me resultaría demasiado fácil, prefiero, a riesgo de regarla, intentar plantear algunas problemáticas. Por ejemplo, creo que en muchas ocasiones se trata de achacarle la culpa de todos los silencios al heteropatriarcado, y eso varias veces se oye más como una consigna que como una explicación. Se lee la historia con aire victimista y se construye el imaginario de un pasado predominantemente oscuro, con afán de reivindicar las acciones del presente. Y funciona bien. Pero pienso que también hay que poner sobre la mesa otros factores, no porque quiera restarle gravedad al modus operandi del patriarcado en el campo literario, sino porque esa explicación me resulta insuficiente.

Otro hecho por el que no conocemos a la mayoría de estas autoras tiene que ver con las precarias redes de distribución entre los países latinoamericanos. Varias de las escritoras de la antología en sus países de origen sí están publicadas. Por ejemplo, de la autora colombiana Marvel Moreno (1939) y de la chilena Marta Brunet (1897) se puede encontrar la edición de sus cuentos completos editados por Alfaguara, en digital; de la peruana Pilar Dughi (1956) también existe la edición de todos sus cuentos, sólo disponibles en Perú; y algunos libros de María Luisa Puga están publicados por la editorial Siglo XXI y son asequibles en librerías mexicanas, pero fuera de México se borra su rastro. Editorialmente seguimos balcanizados. Si lingüísticamente nuestras fronteras se disuelven con relativa facilidad, editorialmente tenemos muros muy grandes. La literatura nos acerca entre latinoamericanos, no obstante, nuestras redes de distribución son como nuestras vías ferroviarias: casi no cruzan fronteras.

Por otro lado, la ausencia de autoras caribeñas, centroamericanas o de países latinoamericanos que no sean los del cono sur, en tiempos digitales no podemos achacársela sólo al mercado, como si esa fuera la única vía de circulación de lecturas. Todavía no hemos logrado construir las redes de transmisión de literaturas que deberíamos. No digo que no las haya, sino que son minoritarias. También hay que decir que desde hace décadas existen revistas, suplementos y otros espacios dirigidos por mujeres o que al menos pueden tomar decisiones editoriales de peso. El heteropatriarcado blanco todo poderoso invisibiliza, sí, pero también hay que reconocer que por diferentes aspiraciones, a varias de las escritoras con el micrófono o los espacios más visibles, hoy les interesan más Louise Glück, Maggie Nelson o Anne Carson(menciono tres poetas pero podrían ser tres narradoras de un canon anglocéntrico); o cuando les importa una autora de Centroamérica muchas veces es por cumplir una cuota de diversidad, y pocas veces hay un genuino interés en ahondar en otros mundos menos glamourosos.

Pongo otros ejemplos para pensar lo complicado del asunto. María Luisa Puga ganó el premio Xavier Villaurrutia en 1983. Invisible no era. No obstante, en toda la década de los ochenta no se menciona a María Luisa en la revista Fem. Si en la revista feminista más importante de literatura y política de esa época ni siquiera se nombra, pudiera ser que haya algo más que un sistema patriarcal menospreciando su literatura. Por supuesto que no es un reclamo, sólo quiero poner sobre la mesa que el problema de la visibilidad de algunas autoras parece ser de mayor complejidad. María Luisa Puga se adhirió al Partido Comunista y fue candidata a diputada. En plan simplificador también podríamos decir: “claro, fue ninguneada por su ideología”. Porque hoy muy pocos se atreven a decir que las ideologías marxistas fueron las más perseguidas y aniquiladas del siglo XX. Pero ni siquiera esa hipótesis nos basta para saber por qué María Luisa no tiene tantas lectoras o mayor atención. Otro caso es el de la cubana Mirta Yañez (1947), una de las pocas antologadas que sigue viva. Ella cuenta con más de 11 premios, ha sido traducida al inglés y otras cosas de esas que engrosan el curriculum. Más que invisibilizada por el heteropatriarcado, me da la impresión de que el asunto tiene que ver más con un bloqueo a la producción literaria cubana por parte de los demás campos literarios latinoamericanos. A una falta de interés por lo que se escribe en el Caribe2.

Con toda la pena, como ya me excedí en palabras, no me queda de otra que hacer una lista de las autoras que más me sorprendieron y a las que considero importante seguirles el rastro: Me impresionó la colombiana Marvel Moreno (1939) y su cuento lleno de tambores y selva, con un final erótico muy bien construido (aunque bien se podría discutir si no hay una romantización de las relaciones entre ricos y afrodescendientes); la uruguaya Armonía Somers (1914) que no es tan desconocida, pero que ojalá gracias a su cuento “Muerto por alacrán” nos acerquemos más a su angustioso mundo; la española María Luisa Elío (1926) y su muy particular “Locura”. Una escritora excepcional, inconforme con las formas tradicionales de contar y que fue tan ambiciosa como talentosa para no dejarnos indiferentes; la venezolana Silda Cordoliani (1953) demuestra con maestría que narrar temas sensibles no está peleado con formas complejas, que al contrario, pueden potenciar los efectos; el cuento de Rosario Ferré (1938) es de verdad algo fabuloso. Un contrapunteo entre dos Isabeles: una prostituta y una dama de alta sociedad. Ambas son herederas de la misma casa. Este cuento es de lo mejor de la antología.

Otros relatos están más encaminados a mostrar una realidad y una diversidad social, pero no me sorprendieron o no los considero en un sentido estético extraordinarios, como los mencionados arriba. Me interesan en otro sentido. La literatura es mucho más que el entretenimiento de una parte “sofisticada” de la sociedad. La literatura es una forma particular de acceder al mundo, un portal, diría en el prólogo Juan Casamayor. Aborto, mariticidio, casamientos impuestos, maternidad, acoso, lesbianismo, maternidad, muerte, son algunos de los temas que tocan muchos de estos cuentos. Aunque es verdad, en literatura no basta con tocar un tema que ha sido relegado, el problema es cómo se aborda ese tema. Los estetas quizá no encuentren estímulos en estas historias. Pero para mí son parte de un punto de vista sensible, que merecen una lectura más profunda y que permiten al menos una mirada de las opresiones de una forma menos académica o periodística. Si bien se pude señalar que hay un predominio de las representaciones costumbristas y realistas sobre otras, y que alguno quizá se excede en su vocación pedagógica.

Por último, sería injusto escribir sobre una antología y no reclamarle alguna ausencia. Una antología “latinoamericana” sin Brasil, es como una historia de la gastronomía mexicana sin Oaxaca. En América Latina hay extraordinarias traductoras del portugués. Ojalá en las rediciones —seguramente serán varias— podamos ver a una autora brasileña, y ya entrados en gastos, una haitiana.

1 Para un símil de cómo ciertas actitudes cada vez son menos tomadas en serio, véase el poco aprecio que el gremio le tiene al Vargas Llosa opinador.

2 Una excepción notable es el trabajo de la pequeña editorial Elefanta, que nos ha entregado antologías de cuento de Puerto Rico, República Dominicana y Cuba. Por cierto, en esta última viene el mismo cuento de Mirta Yañez que aparece en Vindictas; por lo que en mi soberbia opinión hubiera sido mejor buscar otro, a fin de ofrecer variedad.

Vindictas. Cuentistas latinoamericanas, Socorro Venegas y Juan Casamayor (edición y prólogo), UNAM/Páginas de Espuma, México/España, 2020, 230 pp.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: