Degenerado, Ariana Harwicz

–Cristian Lagunas

Sorprendida, Ariana Harwicz refiere algo que le preguntaron durante una de las presentaciones de Matate amor en Israel: “¿Esta no eres tú? ¿No mataste tú a tu hijo?”. Tras la respuesta negativa de Harwicz, una parte del público abandonó la presentación, defraudada. No es para menos: un par de coincidencias entre la autora y su protagonista —a saber: ambas viven en el campo francés, ambas son madres— resultan suficientes para que la novela se lea desde una clave que amalgama las fronteras entre autora, narradora y personaje. Matate amor no es autobiográfica, pero se inscribe en un contexto de circulación donde las narrativas del yo suscitan curiosidad y polémica. En Francia, donde Harwicz vive desde 2007, el fenómeno es común. Por un lado, la autoficción se sacraliza. Basta pensar en Édouard Louis, quien narra su propia huida, a los veintitrés años, de una familia que lo violenta y estigmatiza por su sexualidad: 200 000 ejemplares vendidos en un año; por otro, se toma como prueba ineludible de la postura ética de sus autores y de su forma de actuar en un marco legal: ahí está, como ejemplo, la reciente demanda a Emmanuel Carrère a propósito de su novela Yoga, que narra su divorcio y su depresión. El resultado, desde luego, es el mismo: 200 000 ejemplares vendidos. Esta vez en un par de semanas.

Degenerado es quizá una respuesta a tal fenómeno, a la observación que Ariana Harwicz hace del mercado literario, sus dinámicas de difusión y sus horizontes de recepción. “La novela más europea de Harwicz”, escribe Carolina Esses en La Nación. Estoy de acuerdo. Esbozada originalmente en francés bajo el título Racista, esta obra continúa una línea de novelas donde los personajes disidentes, casi anárquicos, vuelcan todo su desprecio contra una sociedad que los señala con el dedo. Si en Precoz la madre y el hijo evaden a la policía o roban los supermercados, en Degenerado la transgresión se radicaliza: el protagonista es enjuiciado por pedófilo y asesino. El argumento le permite a Harwicz distintas posibilidades de maniobra técnica. Es, de sus cuatro novelas, la más consciente y estructurada. Persigue la construcción de una tragedia griega y se aprovecha, sobre todo, del coro. En un extremo la voz del acusado; al otro extremo los vecinos, los gendarmes y los representantes de un Estado que, en apariencia, busca encontrar culpables pero también, en opinión del degenerado, presume de un falso progresismo.

Harwicz despliega misiles. Artillería. Convierte la novela en un escenario bélico. Degenerado representa el infierno que puede implicar la exposición de lo privado. El vecino normal, el vecino sin historias, se convierte de la noche a la mañana en un apestado, un criminal de guerra. El origen moral del argumento puede resultar tan estridente que, a ratos, quien lea va a sentirse atacado, repelido incluso, porque de entrada, la novela basa su estrategia en la ambigüedad: nadie quiere adjudicarse la culpa, los vecinos no aportan suficientes pruebas y el degenerado se hunde en el lodo de un discurso racista, misógino y provocador. “El bien puede ser terrorífico, y el mal, redentor. El bien puede ser nocivo, culpable y el mal, ayudarnos a sobrevivir”. La autora no justifica el horror, ni lo sublima. Lo expone simplemente. El protagonista puede ser culpable o no serlo, los vecinos pueden tener la razón o no tenerla, da igual: ahí donde uno desea tomar postura, es imposible, la novela no arroja respuestas.

Porque Degenerado es, sobre todo, un amplio estudio de la psicología de un personaje perturbado. La construcción del protagonista es tan minuciosa que, en ciertos momentos, conmueve. A medida que el pederasta expone su vida a los verdugos, la autora escarba en las fisuras del discurso nacional francés y sus deudas históricas. La libertad, la igualdad y la fraternidad se hacen trizas, no parecen existir para nadie. El giro de la novela viene cuando el lector ya cayó en la trampa, cuando comienza a entender al personaje, a observar sus traumas, deseos y contradicciones. Harwicz ha dicho que, para construir la voz principal, analizó discursos de dictadores y fascistas. Se nota. El discurso llega a ser tan seductor que de pronto uno ya se echó un clavado y se hunde en la fosa, aunque no quiera, aunque se sienta sucio. Harwicz alterna el tono de provocación con momentos de realización poética y en suma, desestabiliza: “Recuerdo cuando nos desvestíamos juntos con papá en los gimnasios, su cuerpo tan grande, el mío tan nulo, él siempre limpiándome, enseñándome a vestirme, tirando de la ropa, subiendo las medias, él siempre enseñándome a esquiar sin nieve”.

La de Harwicz es una literatura que se funda en la voz, la audacia estilística y la falta de respiración. De todos sus personajes, el protagonista de esta novela es el más elaborado discursivamente y por ello, resulta una pena que el resto de ellos no goce del mismo tratamiento. El riesgo que corre la obra es que el coro termine desafinando y sus testimonios, sepultados bajo una avalancha de nieve. Muchos son, no obstante, los momentos en los que Degenerado deslumbra por su voluntad aforística, que combina belleza y catástrofe. Es evidente que Harwicz no es su personaje, pero su personaje comparte con ella una postura combativa frente al texto, la época y sus sistemas de representación. Harwicz parece ser una escritora en guerra. Y es difícil no tenerla en cuenta cuando el personaje dice: “Todas estas notas encontradas en mi diario no prueban nada, eran para investigar a los asesinos, para escribirlos, para entenderlos. Escribir no prueba nada del hombre que escribe. Lo que se escribe uno no lo escribe. Escribir no es vivir. Vivir no es nada”. Que el lector se sienta sucio y después se lave las manos.

Ariana Harwicz, Degenerado, Anagrama, Barcelona, 2019, 124 pp.

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