Lectura fácil, Cristina Morales

–Juan Francisco Herrerías

Cada vez pienso más al arte como una máquina trituradora que ve en el mundo su reserva de insumos. Si del sistema capitalista se suele decir que es capaz de reconfigurarse, tragarse lo que sea, cualquier intento de rebelión, y devolverlo como mercancía, podríamos también decir que el arte recibe lo que sea y lo devuelve como arte.

Es lo que sucede para mí en un libro como Lectura fácil, esta novela sobre cuatro discapacitadas mentales que se cuelan entre instituciones de asistencia, ateneos anarquistas y escuelas de danza, forcejeando por alcanzar dignidad e independencia, libertad sexual y creatividad. La política es allí personaje, trama, razón de ser. También es cuestión de estilo y estructura: está construida con documentos de juzgado, minutas de asambleas. Sería sencillo considerar que, por lo tanto, por ser una representación de discursos y luchas radicales, la novela también lo es. Es decir, que tendría lazos fuertes con las tareas de emancipación por representar a quienes las llevan a cabo en el simulacro de la ficción. Pero quizás esos lazos son huidizos, cuando se les busca, y quizás la novela, cualquier novela, está en primer lugar en servicio de la literatura, esa entidad que, como decía Wilde, no distingue entre libros morales e inmorales, sino entre libros buenos y malos.

Uno de los momentos cumbres en Lectura fácil es cuando un fanzine aparece a la mitad. Un fanzine es político, desde luego, sus metas, configuración técnica y modos de circulación lo son, pero no deberíamos saltar de ahí a pensar que una obra de arte que lo incluye se contagia mágicamente de sus características. ¿No sucede incluso lo contrario? Pensando en Walsh, que decía que a la cultura burguesa le gusta pasar lo político por el filtro del arte para volverlo inofensivo, ¿no hay una contención del fanzine, un limar de sus asperezas, cuando aparece en una novela? Es un fanzine (falso, además) extraído de sus contextos combativos para conformar un libro-mercancía que surca el océano por millares y cuesta veinte euros. Es un gran gesto estético, un insumo nuevo para la literatura. Mientras lo leía me di cuenta que me sentía un poco culpable, morboso, un voyeur, como si estuviera teniendo acceso a algo que no debería, como si Morales lo hubiera robado de una asamblea okupa y me lo diera a escondidas a mí, el lector aburguesado que descansa con una novelita, sentadito, mientras sorbe un té.

Me parece que toda postura política en literatura tiene que partir del error de origen, el hecho insalvable de que al hacer literatura estamos prefiriendo no sólo la escritura sobre la acción política directa, sino una modalidad de escritura especialmente enrarecida, irresponsable, que al representar al mundo nos conduce a él pero también lo sustituye, que está en tensión con él pero también se basta a sí misma; partir del hecho de que a menudo preferimos leer a vivir, escribir a salir de casa, que la decisión de hacer surgir la escritura literaria marca una interrupción de la acción útil, una toma de distancia, un simulacro.

Una sensación similar a la del fanzine permea el libro entero. Sean asambleas okupas, documentos de juzgado, debates políticos (siempre geniales e hilarantes), la novela en WhatsApp o la rabia de Nata Napalm, todo el tiempo tenía la impresión de que me estaban dando algo impropio, algo que pertenecía a otros contextos, y que su nueva configuración tenía como objetivo primordial no la okupación, no la emancipación, sino mi propio disfrute. Para decirlo claro, que quizás todo el conjunto de discursos y personajes radicales sólo ha servido para hacer un buen libro. Pero otra posiblidad es que Lectura fácil politice.

En la novela, lo más importante para Nati es el goce politizado, que es el placer emancipador, una “respuesta politizada que a mí me politiza, que me hace salir de tu casa distinta a como entré”. Me recuerda a la frase de Adorno: a quien le han pasado por encima las ruedas de Kafka el mundo no vuelve a parecerle el mismo. Puede ser que el arte sea capaz de transmitir goces politizados y puede ser que Lectura fácil lo logre. Me cuesta decidir si la politización sería algo distinto de lo que la lectura me dejó mayormente: una compasión radical; amor por Marga y Nati pero también por Patricia y Àngels, por Ibrahim, el campeón del erotismo, y por su cuidadora policía, por las compas del ateneo anarquista pero también por la jueza y el mosso herido con cuchillo. Al cerrar el libro sentía una solidaridad indefinida y general.

Esta vaga camaradería podría ser un momento de la politización, al fin y al cabo tal vez es la sensibilidad hacia el dolor de los demás la razón más auténtica para una política emancipadora, o podría ser tan sólo una resolución burguesa, piadosa, que no identifica enemigos sino que suspende todo conflicto a través de una “nobleza de sentimientos” y el perdón. Para decirlo con Nata Napalm, una resolución macha, facha y neoliberal.

El problema es que aun si la politización fuera una de las consecuencias de Lectura fácil, tanto más cierto es que es uno de sus temas, una de sus representaciones. Es decir, que la politización es allí sobre todo un simulacro más. Para seguir citándolo, Adorno afirmaba que a final de cuentas la urgencia política le había servido a Brecht primordialmente para renovar el teatro, para dar con un nuevo mecanismo teatral, el rompimiento, que podía ser utilizado fuera de contextos combativos. Quizá suceda algo similar con Morales, lo más evidente es que encontró en la politización una manera de narrar. Nunca salimos de la casa de espejos. Estas son objeciones algo asfixiantes, pero francamente no importan demasiado: siempre termina por llegar lo real, a romperlo todo.

Lectura fácil, Cristina Morales, Anagrama, España, 2018, 424 pp.

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