La mirada rulfiana de Antonio Benítez Rojo

–Julio Moguel

I

Digamos, antes de entrar en materia, algo que permita ubicar, para el lector mexicano, latinoamericano, o de cualquier parte del planeta, al escritor de origen cubano Antonio Benítez Rojo, cuya labor y obra literaria han sido poco reconocidas en su país de origen. Quiero en estas pocas líneas mostrar algo de su cosecha, reconociendo en él, en mi criterio, a uno de los mejores escritores cubanos de todos los tiempos.

Empecemos por el final: a los 73 años de edad trabajaba como profesor de español en la Universidad de Amherst (había salido de Cuba en 1980), cuando una repentina enfermedad segó su vida. Había nacido en La Habana en 1931, y su entrada al campo de la literatura, aunque “tarde” si se mide por el tiempo de vida que llevaba, fue, más que rápida, vertiginosa, con reconocimientos diversos tales como el Premio Casa de las Américas de 1967, por su colección de relatos titulada Tute de reyes, y el premio UNEAC de 1969, otorgado por la Unión de Escritores y Artistas Cubanos, por sus cuentos recogidos en el volumen El escudo de hojas secas. Uno de sus cuentos de Tute de reyes inspiró la película Los sobrevivientes, escrita por el propio Benítez Rojo y dirigida por Tomás Gutiérrez Alea en 1979.

Pero aún hay más: Una traducción al inglés de su novela El mar de las lentejas fue seleccionada por The New York Times como uno de los libros más destacados de 1992, y su ensayo de 1998 titulado La isla que se repite fue uno de los ganadores del Premio Katherine Singer Kovacs, otorgado por la Asociación de Profesores de Lenguas Modernas en el año 1993. Las obras de Benítez Rojo han sido traducidas a nueve idiomas.

II

¿Cómo llegué a Antonio Benítez Rojo? Hace algunos años, con el propósito de investigar la presencia de textos sobre Juan Rulfo en Cuba –trabajaba yo un ensayo largo sobre la obra de Rulfo, que luego quedó integrado como parte de un libro–, hallé en La Habana Vieja El llano en llamas. Pedro Páramo (ambas en una sola edición, de 1969). El prólogo de esta obra me resultó adelantado para su época, pues señalaba aspectos claves de la lectura e interpretación de la novela y los cuentos del escritor jalisciense, justo cuando en México se multiplicaban lecturas e interpretaciones que, en mi opinión, poco ayudaban a comprender la literatura de Rulfo (dominaba aún la influencia verticalista y oficialista de Octavio Paz en el “medio literario”). Ese texto estaba firmado por un tal Antonio Benítez Rojo. Proseguí mi búsqueda y di con la Recopilación de textos sobre Juan Rulfo, también con la firma y sello, en calidad de autor y compilador, de Antonio Benítez Rojo.

Fue entonces cuando busqué todo lo que podía conseguirse entonces sobre la obra del mencionado autor en La Habana. Y encontré y leí, junto con mi amigo cubano Alín Cid Fleitas –joven escritor, amigo-familiar de Leonardo Padura Fuentes–, Tute de Reyes, cuentos (1967);El escudo de hojas secas, cuentos (1968); 10 Noveletas famosas, compilador y prólogo, (1971);El mar de las lentejas, novela (1979); La isla que se repite: el Caribe y la perspectiva posmoderna, ensayo (1989).

Agrego, en lo que sigue, algo que en su momento escribí a cuatro manos con mi amigo Cid Fleitas, en líneas mezcladas en las que seguramente su aportación es o fue más relevante que la mía.

III

La década de 1960 en Cuba, sobre todo en sus inicios, estuvo marcada por el candor de la revolución de 1959; por el estreno, la iluminación y la esperanza frente a la oscuridad exterior y el pasado ominoso que se había venido de sepultar. Los hechos grandes de la época –como la invasión yanqui por Playa Girón, la crisis de los misiles nucleares, la Campaña de Alfabetización o las multitudinarias zafras azucareras– se convirtieron en temas o recuerdos de lo inmediato con una significativa capacidad de atracción para la literatura y el arte. Pero “la Revolución” y sus secuelas también permitió la aparición de un tejido narrativo que quedaba justamente fuera de toda heroicidad o de cualquier empuje esperanzador. Ese fue el caso, por ejemplo, de Tute de Reyes y de El escudo de hojas secas.

En los relatos de Benítez Rojo se percibe una dimensión particular, donde lo fantástico y lo absurdo tejen una espesa atmósfera de enajenación y fatalismo. Familias burguesas o criaturas solitarias escapando de un destino fatal. Un hecho absurdo, un giro imprevisto que desata nuestras conjeturas acerca de lo ambiguo, entre el delirio de una mente o la fantasía de la misma historia.

En “Estatuas sepultadas”, de Tute de Reyes, los grandes acontecimientos de la Revolución pasan a ser un telón de fondo, cuando el auténtico conflicto se halla en el interior de una vieja mansión, donde una familia ha logrado escapar del arrebato nacional y, a través del encierro, sus seis miembros intentan subsistir aislados. El exterior sólo llega a través de sonidos. Sus únicas comunicaciones las establece el servil Jorge, quien compra víveres para la familia en cautelosas salidas nocturnas.

Los personajes se dividen en dos grupos: adultos y adolescentes. Los adultos, burgueses sepultados por la catástrofe social, encarnan la decadencia de ese universo. Todas las esperanzas se hallan en los futuros jóvenes.

Las estatuas que adornan el jardín adquieren un simbolismo doble: los habitantes de la casona, como las figuras del patio, también se han quedado petrificados. Espectadores inmóviles de su propia ruina, creen controlar su destino, pero son tan dueños de éste como las viejas estatuas que en un momento dado serán cubiertas por la hierba. La oscuridad final recalca la atmósfera de ceguera ideológica en la cual viven los moradores de la casa.

“Estatuas sepultadas” es el gran cuento del libro, y, sin duda, uno de los imprescindibles de la literatura cubana o de cualquier literatura. La dimensión precisa la ofrece otro escritor cubano, Reinaldo Arenas: “Por primera vez en nuestra literatura se trata en forma verdaderamente ‘literaria’ la enajenación de toda una familia antirrevolucionaria que se encierra en una especie de laberinto, en esa prisión física y espiritual.”

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