Una cartografía del saber, Autobiografía del algodón de Cristina Rivera Garza

–Angélica Ahuatzin

Uno de los mayores principios de la escritura de Rivera Garza se sintetiza en la frase “escribir no es soledad”. Título del texto en el que se trabaja con la idea de lo comunitario, de la imposibilidad de pensarse sin el otro y del fin de la romantización del escritor en su castillo de libros repleto de soledades. Aquel ensayo publicado en la famosa serie de Material de lectura, editado por la UNAM en 2013, compendia el principio básico de su escritura personal, la necesidad de recordar que escribir, pese a ser un acto individual, depende más que nada de quienes nos conforman. Es posible hallar este guiño ético en la mayoría de sus creaciones, podría tratarse incluso del tópico obsesivo de la autora: la parte medular de las historias que ella narra es una suerte de polifonía fantasma que antecede a sus dedos tecleando las historias.

En el caso de este libro, su origen fronterizo es el punto angular de la travesía, cartografía al centro de uno mismo recorriendo los caminos de Venado, Charcas, la Gran Guachichila, las minas de Nueva Rosita, Villa de Juárez, Anáhuac y, finalmente, Matamoros. De San Luis Potosí a Coahuila, y de Tamaulipas a Texas. Recorrido que alienta las dudas generales a manera de ensayo, de exploración, de búsqueda.

Pregunta principal : 

 “¿Cómo surge un pueblo?”

Pregunta secundaria:

 “¿Cómo buscarse cuando se es de un lugar que no aparece en el mapa?”

Respuesta provisional:

“Soy de un nombre que no tiene correlato real. Soy de un sitio invisible para otros. Soy de lo que no está, excepto para mí. Para los míos. Soy de una cartografía subterránea.”, nos dice.

Para ir a los meollos de nuestra verdadera historia hemos de escarbar las heridas de cada generación, desenterrar a los muertos que se nos perdieron en el camino hasta encontrar esas posibles respuestas, esas huellas que la tierra todavía no logra borrar. Esas huellas que están esperando ser descubiertas y ser de nuevo recorridas. O como mejor lo diría la autora, “Escribir con ellas. Escribir otra vez. Re-escribir, que es resucitar”.

Decía Eduardo Antonio Parra, en su manifiesto sobre la literatura norteña, que si algo caracteriza la escritura más próxima a la frontera norte de México es, sin duda, la triada del paisaje, la identidad y el necesario señalamiento fronterizo. Algo que en su novela Cristina Rivera Garza califica como apego y a la vez como expulsión; algo que ni ella misma se imaginaba al iniciar su aventura: una madeja de historias enlazadas por los conflictos territoriales, por la explotación de los recursos naturales, por la huida a consecuencia de los fallidos sueños de revolución y justicia, y por la imponente nostalgia u orgullo que le atrae descubrir su genealogía detrás de la producción algodonera. Sus orígenes están ahí, en esa fila enorme de ancestros desperdigados desde el Altiplano Central hasta Brownsville y gracias a la maestría de su imaginación es que las piezas rotas logran encajar en ese enorme archivo que fundamenta toda existencia: la familia.

Ciertamente no se trata de la primera autora que indaga sobre sus orígenes porque alguna vez, sentada a la mesa en una reunión con amigos, le surgió la inquietud de escarbar sobre la historia de sus abuelos potosinos. Pues aunque ese hubiera sido el primer paso, las razones toman sentido cuando nos recibe la cruda realidad de eso que Parra establece como obsesión del conflicto identitario del norte, y que Rivera Garza sintetiza crudamente como “Migrar es también borrar. Y ser borrado”. Aunque la protagonista o la armadora de piezas no recorre una distancia como la del coleccionista judío Jonathan en la película Everything is Iluminated, ella también encuentra resquisios de vidas apegadas y a su vez expulsadas de un territorio obligado a partirse en dos mitades contrastantes.

El germen de su travesía a los cincuenta años se puede asociar a la imagen de sus primeros recuerdos de vida, cuando se encuentra perdida en un inmenso campo algodonero, cuando entonces no existían preguntas complejas por responder.

Decía la poeta canadiense Anne Michels que la verdadera pregunta sobre el origen no es dónde naciste, sino qué suelo arropará tus huesos. Nadie puede responder esa pregunta en la primera persona del singular. Responder a esta pregunta, también lo decía ella, requiere de la participación de otros. Sólo el suelo puede responder esta pregunta con toda honestidad.

Siempre nos quedará la posibilidad de ir en busca de archivos fotográficos, históricos, geográficos; tomar la carretera y hacer del recorrido físico un viaje en el tiempo, donde quizá algún personaje importante nos sorprenda por su proximidad a nuestros ancestros (en este caso, por ejemplo, un joven José Revueltas y su consecuente novela El luto humano). Ser de una cartografía subterránea implica desempolvar aquellos pueblos fantasmas con la ilusión de que una autobiografía pueda nombrar todo eso que la papelería burocrática no: las enfermedades, la hambruna, la muerte, la soledad, el sometimiento, los sueños de revolución, el más puro sentido de supervivencia que viven los pueblos obligados a huir. Contar, es humanizar, agregaría.

Cristina Rivera Garza, Autobiografía del Algodón, Literatura Random House, 2020, 272 pp.

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