Reflexión y crítica en torno al movimiento estudiantil de 1968

–Mauricio Prado Jaimes

La conmemoración de los cincuenta años del movimiento estudiantil de 1968 ofrece una buena oportunidad para reconsiderar este acontecimiento que significó un parteaguas en la vida política de la segunda mitad del siglo xx en México. En general, la atención se ha centrado en lo sucedido el 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco, la Plaza de las Tres Culturas, donde el gobierno mexicano perpetró una masacre ante los estudiantes que realizaban un mitin en aquella plaza. Sin embargo, hay mucho más por recordar, reflexionar y analizar de aquel proceso. A cincuenta años de uno de los movimientos sociales más emblemáticos del país resulta necesario volver sobre nuestros pasos para tratar de entender a cabalidad lo que sucedió aquel año, además de rendir un homenaje más integral, al no reducir su participación histórica sólo al hecho de haber sido masacrados por el gobierno, a esos jóvenes que decidieron organizarse y alzar la voz ante el gobierno autoritario del PRI encabezado por Díaz Ordaz.

Este es precisamente el objetivo de la compilación realizada por Alberto del Castillo Troncoso, Reflexión y crítica en torno al movimiento estudiantil de 1968: nuevos enfoques y líneas de investigación, surgida a partir de un coloquio realizado en el 2010 en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco. En esta compilación hay ocho trabajos que aportan nuevos enfoques historiográficos para reflexionar sobre el 68 mexicano, poniendo el foco de atención en aspectos que no han sido muy abordados por la academia.

En este sentido, una de las preocupaciones centrales de varios artículos reside en analizar cómo se ha construido la memoria sobre el movimiento. En el primer artículo de la compilación, “El movimiento estudiantil de 1968 en México: historia, memoria y recepciones” de Eugenia Allier Montaño, se muestra cómo se han construido dos principales memorias al respecto: por una parte, existe una “memoria de denuncia”, que prioriza el carácter represivo del gobierno de aquella época hacia un movimiento social; y por otra, está la “memoria de elogio” que centra su atención en los aportes del 68 mexicano a la construcción de la democracia en el país, considerándola un punto de quiebre en el sistema político que ayudó a mermar la legitimidad del PRI y abrir camino hacia la democratización del país. La memoria del elogio tiene la virtud de pensar al movimiento no sólo desde su dimensión de “víctima” sino principalmente como “agente social”, aunque resulta políticamente más estéril ya que, a diferencia de la memoria de la denuncia, no implica demandas sociales de justicia, sólo representaciones. Estas memorias coexisten en los imaginarios de la población, aunque suele tener más peso la memoria de denuncia que la del elogio.

Esto no es casual, la construcción de esta memoria de denuncia fue conscientemente construida por las y los militantes del movimiento desde el día posterior al 2 de octubre. Daniel Luna en su artículo “Memoria militante: crítica de la narrativa sesentayochera” nos narra cómo la militancia del movimiento estudiantil luchó sin descanso por mostrar su versión de lo ocurrido en Tlatelolco, enfrentando la versión de los hechos que el gobierno mexicano había tratado de imponer. Esta trataba de deslegitimar al movimiento y justificar el uso de la violencia al aseverar que fueron los propios estudiantes quienes iniciaron las hostilidades el 2 de octubre inspirados por ideas extranjeras de corte comunista.

Desde entonces, parte de la militancia del movimiento estudiantil luchó sin descanso para refutar esta versión a partir de testimonios, entrevistas con medios, publicación de libros, documentales y actos performativos —como la marcha estudiantil que se celebra cada 2 de octubre desde 1978 hasta la fecha. Fue un trabajo de décadas que tuvo como resultado que hoy en día la versión del gobierno de aquella época no tenga credibilidad alguna. No debe menospreciarse este logro ya que, a pesar de que el gobierno contaba con toda la estructura gubernamental, educativa y mediática para apoyar su relato, el movimiento estudiantil pudo imponer su versión sobre lo que ocurrió aquel 2 de octubre en Tlatelolco, constituyendo esta en una de las mayores luchas simbólico-sociales en toda la historia de México.

Una expresión de esta contienda por la memoria es expuesta por Carolina Mónica Tolosa Jablonska en su artículo titulado “El movimiento estudiantil de 1968 a través de El grito y Rojo amanecer: una aproximación desde la ideología” en el que analiza dos producciones mediáticas emblemáticas sobre el 68 mexicano. El grito fue un documental realizado en 1969 por un cineasta que participó en el movimiento estudiantil y que trata de mostrar la versión de la militancia sobre lo ocurrido en los meses en que el movimiento estuvo activo. Por su parte, Rojo amanecer de 1989 abordó lo ocurrido el 2 de octubre a partir de la ficción, centrándose en lo que acontece en un departamento de Tlatelolco aquel día, poniendo en juego herramientas de la ficción para crear una mayor empatía hacía los estudiantes y recreando todo el ambiente cultural de la época. Mientras que El grito está inscrito en la lucha militante por la memoria, Rojo amanecer ya muestra un relativo consenso sobre lo ocurrido aquel 2 de octubre, al punto de que tuvo una gran distribución y aceptación en la población mexicana.

Por otra parte, en estas nuevas miradas historiográficas también se ha puesto énfasis en analizar los cambios socioculturales que implicó el movimiento del 68. Ejemplo de estos esfuerzos son el trabajo de Adriana Sally Rojas Martínez con su artículo “Juventud rebelde en el contexto de 1968 a través de la visión de las revistas Sucesos para Todos e Impacto”, y el artículo de Gloria Arminda Tirado Villegas “De añoranzas, testimonios y empoderamiento”. En el primer artículo se hace un análisis sobre cómo el movimiento de 1968 implicó una ruptura generacional y redefinió a la propia juventud. A través del análisis de dos revistas de corte social de la época —una conservadora y la otra más progresista— se analiza cómo se leyó socialmente este cambio generacional. Por una parte, muestra cómo elementos culturales como la vestimenta, la música y las relaciones sociales de la juventud rompían con el tradicionalismo de las generaciones mayores, y por otra cómo hubo espacios en la prensa que pusieron sobre la mesa discusiones que la propia juventud expresaba, tales como la sexualidad y el consumo de drogas.

El artículo de Tirado Villegas, por su parte, realiza una aportación al hacer una lectura del movimiento estudiantil desde la ciudad de Puebla, rompiendo con el centralismo común en los estudios sobre el 68 mexicano, utilizando como fuentes el periódico El Sol de Puebla y el testimonio de mujeres activistas para describir cómo el movimiento también implicó un empoderamiento de las mujeres en un ambiente fuertemente masculino. A partir de testimonios muestra cómo las mujeres participaron en muchas actividades estudiantiles, desde la difusión de propaganda hasta la participación en órganos de representación. Resalta en su trabajo el rescate de la subjetividad de las mujeres, quienes, a pesar de que el ambiente persistió dominado en su mayoría por varones, lograron revalorizarse a través su participación política.

Además de estos cambios socioculturales expresados en manifestaciones culturales que resignificaron lo que se entendía por “juventud” y en el papel de las mujeres en los roles de género tradicionales, el movimiento estudiantil también fue productor de discursos que disputaban relatos impulsados por el gobierno. Virginia Marisol Escobedo Aguirre, en su trabajo “El movimiento estudiantil de 1968 en México. La disputa entre los estudiantes y el gobierno por las representaciones de la revolución cubana”, explora precisamente cómo los estudiantes expresaron una visión distinta a la del gobierno mexicano respecto a la revolución cubana. Mientras éste mantenía una visión demonizada del proceso cubano, bajo las líneas de la “conjura comunista internacional”, las y los jóvenes del movimiento estudiantil expresaron una visión diferente que puede verse desde la simbología cubana de figuras como el Che Guevara o Fidel Castro hasta en los propios escritos del Consejo Nacional de Huelga (CNH).

Este tipo de trabajos ayuda a desmentir una cierta lectura del movimiento que señala que sus integrantes no eran suficientemente maduros políticamente y que por ello se careció de un plan político desarrollado e integral. En este sentido aporta muchísimo también el trabajo de Alma Silva Díaz Escoto, “¡Únete pueblo! México, 68”, que da cuenta de la complejidad de la composición política del movimiento al explorar fuentes que tradicionalmente no se habían tomado en cuenta, como los panfletos que los estudiantes de base distribuían de mano en mano por toda la ciudad. Se ha tendido a reducir las demandas del movimiento estudiantil de 1968 a lo que se manifestó en el pliego petitorio del CNH o a lo que expresaba la dirigencia. Sin embargo, la autora resalta que el movimiento no estaba centralizado y que los grupos que los conformaban tenían un alto grado de autonomía. Así, se explora cómo las bases del movimiento leían la coyuntura, la situación del país y los posibles caminos a seguir, mostrando en ocasiones divergencias importantes entre sí, aunque coincidiendo en lo central: necesitaban el apoyo del pueblo, por ello los panfletos en general tendían a buscarlo. Este trabajo muestra la gran riqueza del universo discursivo del movimiento, al exponer sus matices y las lecturas que las bases tenían del momento, que de hecho son mucho más expresivas que muchos documentos de la dirigencia.

Por último, en la compilación también se explora la repercusión que tuvo el 68 mexicano en el ámbito internacional con el trabajo de Abraham Trejo Terreros “La mirada de Washington en el movimiento estudiantil de 1968”, en el que precisamente explora la perspectiva que las agencias estadounidenses tuvieron sobre lo que ocurría en México a partir de la lectura de archivos diplomáticos desclasificados. El autor señala que, si bien en un momento se interpretó el conflicto estudiantil a partir de las coordenadas ideológicas de la Guerra Fría, como una expresión del comunismo internacional, pronto Estados Unidos se dio cuenta que se trataba de una expresión de inconformidad con el régimen priísta. Aunque Estados Unidos no intervino de forma directa y mostró su apoyo incondicional a Díaz Ordaz, este trabajo ilustra cómo a partir de ese momento el gobierno estadounidense estaría más pendiente de la política interna mexicana y manifestaría más dudas respecto a la capacidad del gobierno mexicano por mantener la estabilidad.

En suma, los ocho trabajos presentados en esta compilación abren un interesante abanico de posibilidades para volver a pensar sobre el movimiento estudiantil de 1968 desde diversos ángulos. A partir de nuevas fuentes disponibles y perspectivas de análisis novedosas se logra trascender la mirada exclusiva de lo acontecido el 2 de octubre en Tlatelolco —que puede reducir a quienes participaron en el movimiento sólo como “víctimas”— para analizar otros aspectos, tales como la lucha y construcción de una memoria, la ruptura sociocultural con la generación anterior, su importancia como espacio de empoderamiento de las mujeres, la producción de un discurso propio del movimiento y hasta sus repercusiones internacionales.

A cincuenta años del que ha sido considerado uno de los eventos sociales más importantes de la segunda mitad del siglo pasado, vale la pena volver a trabajos como estos para reflexionar sobre el movimiento estudiantil desde nuestro contexto actual, con preguntas que nos interpelen desde nuestro presente y sus necesidades. Así, el 68 no se volverá memoria muerta de bronce, ante la cual hay que inclinar la cabeza como quien recuerda a los niños héroes, sino una memoria combativa que, como dijo Rosario Ibarra en 1992, vuelva cada año a la marcha del 2 de octubre “la marcha de inconformidad del pueblo”.

 

 

Alberto del Castillo Troncoso (coordinador), Reflexión y crítica en torno al movimiento estudiantil de 1968 : nuevos enfoques y líneas de investigación, Instituto Mora, México, 2012, 205 p.

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