Ironías, César Ruiz Galicia

–Paloma Flores

 

No todo en este país son dramas y melodramas, también nuestro invencible ingenio vive buscando otras formas de mirar el país, la política, y nuestra gama de costumbres que se presumen peculiares. Los resultados de eso son múltiples, pero ante la solemnidad con la que los técnicos trazan sus peroratas, resulta irresistible acudir a la sátira y refrescarse. Por eso me acerco a la obra de César Ruiz Galicia, Ironías (2018), para buscar en la risa otra forma de entendernos.

¿Qué es para Ruiz Galicia la ironía? En su breve Introducción explica su manera de entenderla: “una armadura para resistir al mal que hay en el mundo”.

Suele ser patrimonio de los débiles y de los rebeldes, que necesitan voltear la lógica de las cosas para que su mecanismo no los aplaste. También lo es de las minorías y de las inteligencias plebeyas, quienes se valen de la ironía para resistir al poder porque les permite trasladar un conflicto directo –en donde perderían siempre– hacia un campo de combate indirecto, que es el terreno de los juegos del lenguaje, los dobles sentidos y las lógicas alternativas, donde tienen oportunidad de ganar. La ironía en su vertiente política es, en suma, pintarle la cara al poder sin morir en el intento.

Este párrafo permite pensar en algunas cosas. Primero, en la relación entre humor y política. Sabemos que la degradación de la vida política en México es sólo equiparable a la destreza de los mexicanos para bromear sobre ella. El individuo completamente impotente en el juego de las instituciones del Estado es un maestro en las florituras orales, un campeón de la ironía. Pero ¿ya esto vale como una pequeña victoria, como una humilde resistencia? Quizás habría que cuestionarlo. Carlos Monsiváis pensaba que cambios radicales podrían venir en camino cuando la gente aprendiera a reírse de la clase política. La burla como primer paso de la transformación. Pero en estos días, en que reírse de un político se ha vuelto un asunto tan común, habría que pensar qué tanto es el humor una herramienta de combate, y qué tanto no es tan sólo una normalización de la derrota. ¿No aporta el chiste la ilusión de que algo se ha hecho, que alguna rebelión ha tenido lugar, cuando en realidad la situación es la misma? Quizá, en política, hay que ser totalmente serios, porque el humor implica un desapego, la huida de una situación intolerable. Roland Barthes describía cómo el lenguaje de los revolucionarios de 1789 era de una teatralidad y de una cursilería asombrosas, era un lenguaje trágico y patético, pero completamente serio, de una rigidez total.

Segundo, la relación entre lenguaje y política. Parece que el lenguaje le pertenece a la izquierda. A la derecha le suele interesar poco. Hay un lenguaje de la derecha, por supuesto, como la lengua profesional de los políticos contemporáneos o los modos de arenga de los líderes fascistas, pero para ellos el lenguaje está por supuesto. Se trabaja con él, se le usa, pero no es propiamente un objeto, es una técnica, y es más o menos inconsciente, se le utiliza pero no se le cuestiona, está dado, existe, está disponible para ser aprovechado. En la derecha el lenguaje es una herramienta más. En la izquierda, por el contrario, el lenguaje es un fetiche, es una pasión. Se tiene tanta conciencia de él, se le tiene tanto amor, se tiene tanta destreza con él, que la izquierda es más prolífica en obras maestras que en revoluciones. Generalmente impotente, el pensamiento de izquierda se refugia en el lenguaje y en los libros, campo donde se siente a sus anchas y es rey y señor. La izquierda produce libros, la derecha produce imperios. Habría que pensar si el humor y el lenguaje no son un refugio onanista que poco hace para estimular el compromiso y la intrepidez que el panorama político exige.

Para volver al libro. El estilo de los aforismos recuerda en algunos momentos a la tradición grecorromana del epigrama, sobre todo por su cariz político, republicano. En otros momentos, por el tipo de humor y lo “mexicano”, a los poemínimos de Efraín Huerta. En general, recuerda a Lichtenberg. En algunos casos, los peores, recuerda a lo más prosaico de Twitter.

Se empieza a tornar anacrónico –y aburrido– abordar la cuestión de la twitteratura desde la perspectiva de la oposición entre conservadores y vanguardistas. El problema de Twitter no es que sea nuevo, sino que el tweet promedio se subordina al éxito del instante, al final de knock-out, a la punchline. No es una cuestión de conservación o avance, sino de pobreza o riqueza de posibilidades. Con el epigrama a la Twitter sucede que a veces una buena idea se arruina por tener que dirigirse hacia el final con chistorete. El problema no es el final, todo aforismo tiene que tener un final, y el final tiene que ser un clímax, pero hay una diferencia, me parece, entre el final que redondea o sorprende, y el final de chascarrillo. En César Ruiz Galicia hay momentos en que da la impresión de ser un poeta clásico a la Groucho Marx: “El único sentido de la vida es el sentido del humor” o “Hasta el diablo sabe que la más peligrosa de las tentaciones es la de hacer el bien”, y momentos en que ofrece chistes mediocres: “Mi país le importa mucho al país vecino: le importa armas, drogas, blancas…” La cuestión no es si las compilaciones de tweets hacen buenos libros o no, sino si ese libro, al final, va a tomar la forma de un libro de aforismos o de un libro de tweets, allí se juega todo. En el caso de Ironías, podemos decir que hay una tensión entre ambos destinos.

Algo que me hace pensar el libro de César Ruiz Galicia, es que de pronto tendemos a un exceso de pensar en la singularidad de las cosas que supuestamente son nuestras, aunque no lo sean tanto. Existe una tradición antaña de destacar los absurdos políticos mexicanos, como si fueran insólitos, como si no pasaran en muchas partes del mundo. Si el chauvinismo encuentra en cada garnacha una gema superior, la tradición de creer que somos singularmente “surrealistas” es una superchería que se repite con un ánimo de darle a los trópicos un aire de pueblos absurdos, lo cual es difícil de contraargumentar, pero el sólo distinguirnos peculiarmente “rulfianos” tal vez tienda a cerrar las posibilidades políticas de transformación. César Ruiz Galicia tiende a exagerar gestos con tal de crear una caricatura insulsa: “En mi país la persona más odiada es un árbitro”. El libro me hace pensar que en México de pronto pervive arraigado fuertemente un provincialismo: creemos que los absurdos son patrimonio nacional, no importa que en el país del sur, Guatemala, un ex comediante sea presidente. La singularidad trágica que recorre las líneas de César Ruiz, muchas veces creo que no se sostiene: “Ninguna potencia mundial podría sobrevivir un solo día si amaneciera con el desorden con que despertamos en mi país.” ¿Realmente las potencias mundiales están tan lejos del desorden? No sé, ese gesto de resaltar las peculiaridades patrias de pronto cansa, de pronto nos descubre nuestros vicios más ridículos y hasta desgraciados.

El país de César Ruiz es un país absurdo, y aunque no mencione si se trata de México o de un país imaginario, debemos admitir que sí se le parece mucho. Al México progresista desencantado de tanta tragedia inacabable, al México de una generación que vio crecer el infierno, lo quiso detener por muchas vías, pero por más compromiso con apagar el fuego la realidad no deja de arder.  El autor nos regala unos aforismos que tienden al ingenio para que nos miremos en el espejo ondulado de un circo con leones sin domador y le busquemos sentido a los malabares que el mono hace mientras el payaso en llamas hace su número en el que invita a los espectadores a burlar Comala a base de risas.

César Ruiz Galicia, Ironías, Editorial Saxo, México, 2018.

 

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