Marcel Proust y el yo dividido, Edward Bizub

–Víctor Jiménez

Difícilmente habrá un autor moderno sobre el que se haya escrito más que de Marcel Proust. Nadie podrá con todo, así que hay especialistas. Edward Bizub, estadunidense-suizo, eligió el flanco psicológico vinculado a la evolución de esta disciplina en la Francia de los años en torno a 1900. Una característica de la época fue el establecimiento de una idea del Yo como algo fragmentado y ya no más como unitario. Los lectores de Proust saben bien que el autor de En busca del tiempo perdido sostenía que el Yo del escritor era distinto de su propio Yo en cualquier otro aspecto de la vida. Bien: esto era algo que ya se estudiaba en la década de 1890.

Stevenson había publicado en 1886 El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, leído por Proust con entusiasmo, y el propio padre del escritor, Adrien Proust, era médico y había estudiado uno de lo más conocidos casos de desdoblamiento de personalidad de esos años. Esta rama de la disciplina se llamó “psicología experimental” y estaba en su apogeo cuando Freud estuvo al lado del Dr. Charcot en París en 1885-1886, manteniéndose cercano a los franceses durante años. Finalmente la obra del vienés no sería concebible sin este tronco francés del que se desprendió y que terminó por ocultar con su peculiar lectura del Yo, con el consciente y el inconsciente disputando territorios al interior de cada individuo. Pero lo realizado en Francia tiene valor por sí mismo y la gran novela de Proust sería, al lado del psicoanálisis y con igual importancia, la otra gran rama nacida de ese tronco.

Posiblemente el psicoanálisis termine por retirarse de la escena médica, pues se le ha sometido a cuestionamientos nada menores, y algo de la psicología experimental francesa podría permitir releer en el futuro lo que sin duda fue su gran hallazgo: el Yo no unitario. Esa relectura no podría ignorar tampoco a Marcel Proust ni a Adrien Proust, por cierto. Este médico se había sumado a los estudios del Yo dividido, pero era célebre como epidemiólogo. Le tocó vivir en 1870 la epidemia de cólera que agobió a París cuando la ciudad era invadida por el ejército alemán y sufría inundaciones al salir el Sena de su cauce. Marcel, nacido en 1871, tuvo una salud débil que su madre atribuyó a las aflicciones que había padecido en los meses de su embarazo.

Así que el Dr. Proust se interesó en el tema epidémico y realizó, como enviado del gobierno francés, viajes al Medio Oriente para conocer las rutas del cólera que llegaba cada tanto a Europa y África. El traductor del libro de Bizub, el Dr. Héctor Pérez-Rincón (neurólogo) informa en la Presentación de la edición mexicana de la obra (Palabras y Plumas Editores, 2013) que Adrien fue autor de un Tratado sobre la epidemia de cólera en Orán, de 1883, y que éste “fue utilizado por Albert Camus para la elaboración de su novela La peste”. Esta obra de Camus tiene como escenario justamente Orán. Por lo demás, un personaje de El amor en los tiempos del cólera, el doctor Juvenal Urbino, habría sido discípulo en París de Adrien Proust, “el mejor epidemiólogo del mundo”. Hay entonces una dimensión literaria por mérito propio del padre de quien se convirtió en el escritor más importante de la lengua francesa.

Si bien la madre de Marcel pertenecía a una familia muy rica, el prestigio del doctor Proust era suficiente para justificar que se le diese un gran trato en la sociedad de su época, no sólo como creador del cordón sanitario, que aplicó por primera vez para proteger a Marsella del cólera, sino como académico, funcionario y protagonista de la vanguardia de la psiquiatría a finales del siglo XIX. Por ello pudo Marcel confiar a Céleste Albaret, su asistente doméstica en su última década de vida, que él y su familia, en la segunda mitad de la década de 1890, comían una vez a la semana en el Palacio del Elíseo con el presidente Félix Faure. No es un dato menor, ya que nos muestra que el narrador de En busca del tiempo perdido, tan ansioso de ascender socialmente, no es el Marcel Proust cuyo padre era un celebridad y gozaba de gran ascendencia social.

Justamente Adrien Proust escribió en esos años su libro sobre un caso de desdoblamiento del Yo, mientras Marcel tenía en la Sorbona un examen, hacia 1895, cuyo tema era la “Unidad y diversidad del Yo”. El filón es inagotable, pero no lo dejo sin precisar que el descubrimiento de que uno de los Yo de las personalidades escindidas sería el que tiene una conciencia más explícita de su sexualidad se hizo primero en Francia, antes de que Freud lo postulase como parte central del psicoanálisis. Huellas claras de esto existen también en la novela de Proust, como sabemos.

Bizub piensa que la memoria, para Proust, era un territorio oculto para el Yo cotidiano y que eran otros Yos (durmientes) los que lo habitaban. La posibilidad de recordar dependía de abrir la puerta –algo que no conseguimos a voluntad– al Yo que antes hubiésemos sido. Es lo que nos encontramos al leer el pasaje más célebre de Proust, que comienza con una taza de té y un pedazo de magdalena remojado en la cucharita, produciendo en el narrador una intensa sacudida que se apaga, que quiere hacer regresar, que desea identificar sin éxito… hasta que, sin él al control, emerge al fin: es el mundo “perdido” de su tía Léoncie… y comienza a ver entonces ese cuarto, esa casa, ese jardín:

Y como esos entretenimientos de los japoneses que meten en un cacharro de porcelana pedacitos de papel, al parecer informes, que en cuanto se mojan empiezan a estirarse, a tomar forma, a colorearse y a distinguirse, convirtiéndose en flores, en casas, en personajes consistentes y cognoscibles, así ahora todas las flores de nuestro jardín y las del parque de M. Swann y las ninfeas del Vivonne y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia, y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té.

 

 

Marcel Proust y el Yo dividido. En busca del tiempo perdido: Crisol de la psicología experimental (1874-1914), Edward Bizub, traducción de Héctor Pérez-Rincón, Palabras y Plumas Editores, México, 2013, 438 páginas.

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