In Illo tempore (aproximación a la obra de Elena Garro)

–Esther Seligson

¿Por qué la infancia conserva, vista retrospectivamente, el prestigio de una lámpara de Aladino? ¿En qué radica el poder que durante este periodo tenemos de transfigurar y transformarlo todo a la medida de nuestros deseos y de los alcances de nuestra imaginación? ¿Qué dimensiones maravillosas somos capaces de alcanzar únicamente durante esa época y por qué vamos perdiendo poco a poco la posibilidad de habitarlas otra vez? ¿Qué es la infancia? ¿Qué es un niño? 

La infancia es el tiempo que no transcurre, el secreto de las palabras, la verdad de lo increíble, la realidad del sueño, la luminosidad pura. Ser niño es ser la varita mágica, es estar sumergido en lo vivo, en el presente absoluto. “De niña, señor Brunier, el tiempo corría como la música en las flautas. Entonces no hacía sino jugar, no esperaba…” (1) El juego, rito cosmogónico, consagración de sueños y deseos, júbilo de lo que es y está libre. El juego es el mundo de la infancia, el espejo de agua, aire y fuego a través del cual el niño conoce, crea y se encuentra.

Después está el exilio. El paraíso perdido del artista es su infancia, el jardín de todos los olores y todos los sabores, de todos los colores y todas las texturas, de todos los sonidos y todos los silencios. Un jardín nada inocente, por cierto, sino boscoso, poblado de delicias y de horrores, intenso, prolífico, extensivo. Porque lo paradisiaco no es sólo lo bello y lo bueno, lo puro, la paz y el sosiego; están también lo monstruoso, la crueldad, lo amorfo, el desconsuelo y el Ángel de la Muerte. Y sin ser opuestos, sin contraposiciones ni luchas: el claroscuro, la coexistencia. El arte bucea en las profundidades de este jardín original que, no se sabe cómo, se remonta un día llevándose al niño y dejando al hombre, caído, con “la nostalgia de algo ardiente y perfecto en qué perderse”. (2)

 En este tiempo sin tiempo, las palabras existen por sí mismas, redondas o cuadradas, multiformes, ligeras o catastróficas, con su propio peso y significado. Pronunciarlas es invitar inmediatamente a que lo pronunciado se realice, tome forma y adquiera consistencia. El mundo de las palabras es el ámbito de 1a magia. En la ceremonia del lenguaje, nombrar las cosas es crearlas, apropiárselas, dominarlas; hablar es entrar en comunicación con las almas de todo lo existente, es romper la gruesa capa que cubre la monotonía de lo cotidiano para reintegrarse a lo maravilloso y sobrenatural. Y en el lenguaje del tiempo original, como en el mundo asombroso de los sueños con “sus espirales al cielo, sus palabras girando solitarias como amenazas, sus árboles sembrados en el viento, sus mares azules sobre los tejados” (Los recuerdos del porvenir), uno puede quedarse para siempre con la sensación de ser pájaro o fuente, árbol que canta o piedra fluida y cristalina, ola salpicada de sal o traición y cuchillo.

Más tarde, exiliados, sólo en el encuentro con el amor el tiempo se hace luz y suspende, y la palabra coincide con el orden y la alegría originales. Mientras tanto, para desbaratar uno a uno los días petrificados, está la intuición de que es posible recuperar la memoria íntegra de ese otro tiempo y de ese otro espacio. “Él sabía que el porvenir era un retroceso veloz hacia la muerte y la muerte el estado perfecto, el momento preciso en que el hombre recupera plenamente su otra memoria” (Los recuerdos del porvenir). La muerte es la otra vida, lo contemporáneo. Fuera del origen, sólo queda la certeza de la irrecuperabilidad, del carácter irreversible de todos los actos, pero también la increíble soberbia, el olvidar que no somos únicos sino apenas sombra, vagos reflejos que intentan asirse a la realidad a través del recuerdo.

Recordar, rescatar, recuperar. El pasaje a una posible vida nueva es la muerte; sin embargo, nada nos asegura que habrá una otra vida. Tal vez sólo exista el continuo rumiar de los mismos deseos y frustraciones. Porque la mayoría de los hombres vive una vida ficticia, ausente, y así, su muerte será también un eterno vacío. “Extraviados en sí mismos, ignoraban que una vida no basta para descubrir los infinitos sabores de la menta, las luces de una noche o la multitud de colores de que están hechos los colores. Una generación sucede a la otra, y cada una repite los actos de la anterior. Sólo un instante antes de morir descubren que era posible soñar y dibujar el mundo a su manera, para luego despertar y empezar un dibujo diferente. Y descubren también que hubo un tiempo en que pudieron poseer el viaje inmóvil de los árboles y la navegación de las estrellas, y recuerdan el lenguaje cifrado de los animales y las ciudades abiertas en el aire por los pájaros. Durante unos segundos vuelven a las horas que guardan su infancia y el olor de las hierbas, pero ya es tarde y tienen que decir adiós y descubren que en un rincón está su vida esperándoles y sus ojos se abren al paisaje sombrío de sus disputas y sus crímenes y se van asombrados del dibujo que hicieron con sus años. Y viven otras generaciones a repetir sus mismos gestos y su mismo asombro final” (Los recuerdos del porvenir).

Retornar al comienzo del tiempo, al tiempo sin tiempo de la infancia. es la búsqueda de Elena Garro, la carrera de sus personajes hacia el tiempo encontrado. Para ellos, la infancia no es una época que se cierra y se termina a una cierta edad, sino un estado de gracia que se prolonga con sólo quererlo, con sólo saber mirar y escuchar y dejarse penetrar por lo increíble, por la embriaguez, el asombro y el encantamiento. Según qué tan alerta estén nuestros ojos, la vida se nos presentará como El encanto, Tendajón Mixto (3) o como el llano de Ixtepec, seco, poblado de coyotes y rodeado de montañas espinosas. Aunque puede suceder también que se tenga la mirada vuelta hacia adentro de uno mismo, hacia un misterio inmemorial, y se avance entre los vivos “como un velero incandescente reponiendo las sombras de los árboles” (Los recuerdos del porvenir). Y así como la infancia es una duración que nada tiene que ver con la cantidad de años, sino con la manera de vivir esa duración, de llenarla y prolongarla, así la vida tampoco es eso que simplemente transcurre todos los días “como un enorme paisaje de periódicos viejos, en cuyas hojas se mezclan con groserías los crímenes, las bodas, los anuncios, todo revuelto, sin relieve”. Para los personajes de Los recuerdos del porvenir, de Un hogar sólido y de los relatos de La semana de colores, la vida es la continuación de algo que está detrás, que viene de antes —un pasado no sucedido como tal y un porvenir que no es exactamente futuro—, inesperado, inconcluso hasta cierto punto, inmóvil y colmado. La vida está cargada, rebosante de memoria, una memoria plena de imágenes perdurables: los recuerdos.

La memoria intercala el pasado en el presente, contrae en una intuición única momentos múltiples y hace que se anulen los tiempos. El futuro puede ser, entonces, un mero recuerdo, la visión proyectada de una realidad pretérita. la imagen reversible de lo vivido. Así es posible vivir sin pasado y sin futuro, en un presente único, continuo, sin intervalos, en el ámbito sagrado de la infancia. La memoria nos habla de otra realidad, como una voz anterior oculta dentro de nuestra propia habla cotidiana, como una visión que lleváramos tras los ojos, como otro yo que se nos saliera de adentro cuando nos miramos al espejo o se nos distraen los pensamientos. La memoria nos une a la vida de todos los días y a esa otra dimensión invisible y real que nos habita y que sólo el artista, a su vez, logra habitar.

En sí misma, la vida tiene su propia memoria: la muerte. Los personajes de Elena Garro enfrentan la muerte como un darle vuelta al tiempo para encontrarse con el rostro real de la vida, para alcanzar a “la otra niña que fui”. Llegar a la infancia donde no cualquier día es bueno para morir, hay unos mejores que otros. “El martes era delgadito y transparente. Si morían en martes, verían a través de sus paredes de papel de china, los otros días, los de adelante y los de atrás. Si morían en jueves, se quedarían en un disco dorado dando vueltas como en los ‘caballitos’ y verían desde lejos a todos los días” (La semana de colores). Morir puede ser tan bonito como vivir, asegura Eva con toda su infantil solemnidad, con la ventaja de que en el otro mundo “como no tenemos cuerpo no sudamos”. La muerte no es la adversaria de la vida, un término brusco o una incierta sobrevivencia. Morir es aprender a ser todas las cosas, todas las cosas que no son sólo ser hombre o mujer: nieve en una ciudad desconocida, bombón en la boca de un niño, ojos de pez ciego en lo más profundo de los mares, gusano, puñal de asesino, leño en llamas, melancolía. El aliento, el alma de todas las cosas que podríamos ser es lo que vibra en la memoria, lo que nos traemos de allá al nacer, la nostalgia que encorva nuestras espaldas de “acá”. ¿Y si morir fuera un querer despertar y un no despertar nunca? No, salir de los sueños cada mañana no es recobrar la personalidad, así como tampoco hay resurrección después de la muerte. El sueño, como el juego en el niño, como el trabajo de creación en el artista, es la memoria del origen, el recuerdo de una pre-existencia fuera del tiempo, y el acceso a ese tiempo primordial.

“Y de nuestras nupcias con la muerte, quién sabe si no podrá nacer nuestra consciente inmoralidad”, pregunta Marcel Proust. También para Elena Garro el arte es el tiempo recobrado. Mediante la palabra, el escritor se instala fuera del tiempo, en el espacio sin intervalos de la memoria absoluta, y, demiurgo incansable, bate una y otra vez el barro primigenio. Para hablar del mundo original de la infancia, Elena Garro ha recogido el lenguaje de la poesía, el tono visionario de los cuentos de hadas y el misterio de los relatos que las nanas susurran junto a las cunas. Para darnos la atmósfera de ese mundo, su voz lleva el rumor tembloroso y lejano de las leyendas y de los hechos remotos que se extienden por entre los corrillos de lloronas, y el disfraz juguetón y travieso de duendes y demonios. Lenguaje visual por excelencia, la prosa de esta escritora nos deja flotando, iluminados, en el espejo nostálgico de nuestra propia infancia.

1. Elena Garro, La semana de los colores, Universidad Veracruzana, México, 1964.

2. —-, Los recuerdos del porvenir, Joaquín Mortiz, México, 1963.

3. —-, Un hogar sólido y otras piezas en un acto, Universidad Veracruzana, México, 1958.

 [Revista de la Universidad de México, vol. XXIX. núm. 12, agosto de 1973.]

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