Historia de Cristo, Papini

–Adrián Gerardo Rodríguez

El tiempo es la forma de la memoria. Por eso sólo recuerdo que alguna vez –no sé si lo leí o lo escuché– Borges expresó que la historia de Cristo era la más bella de todas las ficciones. Es lo que me queda en el recuerdo: una lectura estética de estos relatos bíblicos.

Por más que he buscado, no he podido corroborar las palabras de Borges. Pero he encontrado palabras parecidas. Por ejemplo, en una conferencia presentada en Harvard en 1969, Borges expresó: “La Ilíada, La Odisea y un tercer ‘poema’ que destaca por encima de los otros: los cuatro Evangelios… Las tres historias –la de Troya, de Ulises y de Jesús– han bastado a la humanidad… Pero, en el caso de los Evangelios, hay una diferencia: creo que la historia de Cristo no puede ser contada mejor”.

Yo creo que el poder de sobrevivencia a los largo de los siglos de los Evangelios tiene que ver, en parte, con su forma como relato, que se podría resumir en la historia de un hombre que no es de este mundo y que viene a salvar a hombres y mujeres de su miseria, a través del amor. Los episodios que conforman esta historia se han vuelto parte de la cultura de millones de seres humanos. De alguna manera están adheridos a nuestra genética.

Pero para el gusto de Giovanni Papini, los bordes literarios de aquellos relatos ya estaban caducos a principios del siglo XX. Por eso (y como una forma de reafirmar su conversión al catolicismo) escribió en 1921 su Historia de Cristo. En la edición castellana que tengo en mi biblioteca, Papini lo explica así:

Muchas de las vidas de Jesús destinadas a los devotos exhalan no sé qué de enmohecido y flojo que repele, desde las primeras páginas, al lector hecho a más delicados y sustanciosos manjares literarios. Hay humo de cirio apagado, un vaho de incienso desvanecido y de aceite malo que ahoga el aliento. No se respira bien. El incauto que se acerca y recuerda las vidas de los grandes hombres escritas con grandeza, y tiene alguna noción del arte de escribir y de la poesía, se siente desfallecer cuando se adentra a su prosa blanda, floja, deshilada, toda remiendos y zurcidos de lugares harto comunes.

El resultado de la faena de Papini es uno de los más gratos y geniales textos que he leído últimamente. Es uno de esos libros de mayor provecho -como alguna vez lo dijera Leopardi- por ser “poéticos”; es decir, “libros destinados a estimular la imaginación”.

¿Cómo se puede estimular la imaginación con un cuento que ya te sabes de memoria hasta el hartazgo, como es la historia de Cristo? Precisamente apostando por volverlo poético. Para ello Papini cuenta con todas las herramientas: una prosa precisa, un vocabulario vasto y con una visión pesimista de la humanidad, que también se puede encontrar en sus tremendos libros, como Gog y El libro negro, y en sus narraciones.

Además, como todos sus textos, en su Historia de Cristo hay esa rara mezcla de pasión y erudición. Digresiones, glosas, revisiones históricas e hipérboles con un prosa sin desperdicio, acompañan los pasajes de los Evangelios y pueblan cada una de sus páginas. Por ejemplo, al hablar de aquellas palabras de Cristo que dicen que hay que amarse unos a los otros e incluso hacerle bien al enemigo, Papini realiza una rastreo por varias filosofías, escritores o personajes históricos que llegaron a expresar algo semejante, para sólo confirmar la originalidad de la enseñanza cristiana. O cuando explica que Cristo no era un ocultista, sino que sería el más grande poeta de todos los tiempos si hubiera dejado algo por escrito. Su prodigio fue este: “el milagro de comunicar las verdades más altas por medio de relatos tan sencillos, tan familiares”.

¿Acaso esta no es una definición de literatura en la que cabrían los más grandes escritores de todos los tiempos? Tengo para mí que la Historia de Cristo de Papini podría entrar en esta definición de literatura, de no ser porque muchas de sus páginas andan en busca de un lector con cierta cultura libresca.

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