Masa y ciudad: Flaubert, Gregor von Rezzori y Joker

–Julio Moguel

I

El sueño de Madame Bovary ofrece el imaginario de la gran ciudad, palpitante y vital. Ella vive en Tostes, nunca ha tenido oportunidad de viajar, y el simple nombre de París le parece extraordinario:

Se compró un plano de París y, con la punta de su dedo sobre el mapa, hacía recorridos por la capital […]. París […] resplandecía a los ojos de Emma entre encendidos fulgores […]. En los reservados de restaurantes donde se cena después de medianoche reía a la luz de las velas la muchedumbre abigarrada de la gente de letras y las actrices. Aquéllos eran pródigos como reyes llenos de ambiciones ideales y de delirios fantásticos […]. El resto de la gente andaba errante, sin lugar preciso, y como si no existiera […]

En los sueños de Bovary la gente común y corriente de París, la deambulante, anónima en la muchedumbre, era entonces “como si no existiera”.

En la literatura decimonónica la muchedumbre urbana entra, con la fuerza de su presencia anónima, como sujetos (en su transfiguración individualizada), justo a partir de Poe, De Quincey y Baudelaire.

II

En la novela de Flaubert las masas empobrecidas son sólo o fundamentalmente un punto de referencia que llega incluso, desde la sombra que proyectan, a dar lustre al glamour o a las exquisiteces de las clases altas y medias de París. En los relatos de Baudelaire las masas empobrecidas entran al escenario urbano como en su casa. Baudelaire lleva el tema a sus máximas posibilidades artísticas y hermenéuticas: en sus Pequeños poemas en prosa, el individuo –el vidriero, la viejita, el saltimbanqui, etcétera– no agota el sentido de su presencia en letra en el texto específico que lo marca (“El mal vidriero”, “La desesperación de la vieja”, “El viejo saltimbanqui”, etcétera): porque en las 50 piezas del material, “Las multitudes” –o “Los buenos perros”– define el universo que los contiene y anima.

El “hombre de la multitud” de Poe se desdobla en Baudelaire en múltiples posibilidades facéticas, creando así un caleidoscopio sin duda inédito u original. Pero siempre el rostro humano que aparece en sus máximas finuras identitarias regresa, en el entretejido literario, a su ser anónimo viviente como parte orgánica de esa multitud que se mueve día a día en algún espacio abierto o íntimo de París.

III

Tendrá que llegar Von Rezzori –y Juan Rulfo, sin duda, pero aquí no hablaremos de él– para marcar una ruptura de mirada sobre las multitudes en el ámbito de la modernidad. En el universo urbano de Un armiño en Chernopol cuenta que

Había […] mendigos, hordas de mendigos, con unas adherencias y unos muñones que habrían hecho enloquecer a El Bosco; y venían […] en masa […]; se acercaban a uno arrastrándose, reptando, serpenteando y resbalando en manadas, para rodearlo, para aferrársele, para subírsele encima como si quisieran rebajarlo a su miseria piojosa y de mirada perpleja […] Mirarlos no era una experiencia agradable […], pero no habría movido a una sola alma viviente de Chernopol a hacer algo por ellos […].

Aquí toda individualidad de y en las multitudes ha desaparecido. Las masas se animalizan, convirtiéndose en especies desagradables de reptiles, manadas, piojos. Y ya son entes sin alma (ninguna “alma viviente” de Chernopol habría hecho “algo por ellos”).

¿Qué distancia pudiéramos encontrar entre lo que llevó a que en esa mirada moderna de las masas urbanas pasara de los textos mágicos de Baudelaire a los no menos extraordinarios de Gregor von Rezzori? Sin lugar a dudas la que fija en el ADN de la conciencia el paso histórico del ser humano por la primera y la segunda guerra mundial: aunque el mencionado escritor coloca su escenario tiempo en las entreguerras, Hiroshima y Nagasaki ya habían llegado a “su” historia.

Es ese mismo ADN de conciencia el que permite la construcción de la danza Butoh, de Japón. Y no será muy distinto al que se encuentra en los entretejidos de la película Joker.

A %d blogueros les gusta esto: