El futuro es hoy: ideas radicales para México

En busca de lo radical

–César Ruiz Galicia

Humberto Beck y Rafael Lemus han sido los encargados de editar el libro El futuro es hoy: Ideas radicales para México, que he leído –por encargo de Excavaciones– con curiosidad. Su propuesta me parece, de modo general, una buena intención llevada a cabo. Aseguro a quien se acerque a sus páginas, sin embargo, que se encontrará con una desarmonía prestablecida por los editores: hay artículos excepcionales y provocadores, que deben compartir piso –a pesar suyo– con un grupo de textos insulsos, que son resúmenes de otros libros. Si por un lado hay que celebrar que se pueden hallar propuestas movilizadoras de la inteligencia, hay también autores que se revelan allí como excelentes revisionistas de los lugares comunes. Pero vamos al detalle.

El prólogo es un texto en sí mismo y propone un diagnóstico muy bien escrito. A pesar de eso, no puedo dejar de comentar una idea de fondo de los autores, que consignan:

Han sido precisamente “las cosas que no existen”, que ocurrieron primero en la imaginación o en la teoría –como las ideas de “igualdad”, “autonomía”, “república” o “democracia”–, las que han fundado estos horizontes transformadores de la experiencia, insertándolos en la discusión, enunciándolos como proyectos que han terminado por convertirse –o aspiran todavía a hacerlo–, si bien parcialmente, realidades.

El arte de imaginar es anterior a la tarea de concretar, según el texto. Esa es una idea que no comparto. El vanguardimos teórico no se sostiene en el siglo XXI: si antes –desde Marx, pasando por las rupturas artísticas o los revolucionarios mexicanos– se escribía un manifiesto y después se convocaba “a las masas” en torno a un programa, hoy ocurre lo contrario: las Primaveras Árabes, el 15-M, los movimientos de Occupy, #YoSoy132, #PasseLivre, #NuitDebout, etcétera, son movilizaciones en red que emergen cuando una masa crítica es activada por la grave transgresión de un límite ético en la vida pública; entonces los ciudadanos se autoconvocan y actúan en función de una causa, que van realizando conforme se desarrolla el proceso. Vale la pena comentarlo porque es importante discutir, de entrada, si el problema en nuestro país es la falta de ideas radicales, o bien, si el meollo del asunto es un grave corto circuito entre los intelectuales y la sociedad.

El libro inicia con los textos de Mario Arriagada y Estefanía Vela, que son jóvenes bien formados académicamente y que han impulsado causas generosas en la vida pública. Aunque son muy articulados, me parece que los invitaron al libro equivocado. Sus textos están fundamentados a toda regla, pero son lo menos imaginativo del mundo. La radicalidad no pasó por sus propuestas: Arriagada hizo una conferencia de políticas públicas y Vela decidió presentar un paper: cuartilla por cuartilla podría pasar por un informe de ONG internacional, pero no por un capítulo de un libro que prometía “ideas radicales para México”.

Alejandro de Coss, por su parte, combina un grupo de autores de manera notable, en el ánimo de proponer un enfoque crítico sobre el Capitaloceno –ver a Jason W. Moore–, mismo que encadena con el neoliberalismo mexicano –incluyendo el problema de la moralización de la economía política como fundamento del discurso anticorrupción– para concluir con la idea de un horizonte post-capitalista alcanzable mediante luchas con vocación interseccional. En lo concreto, De Coss clama por una redistribución más allá de lo momentario: “la desmercantilización de la vida cotidiana y de los procesos que son hoy parte de la producción capitalista: la salud, la vivienda, la educación y la tierra”. El texto es, en suma, de lo más interesante del libro.

Por su parte, Fernando Córdova Tapia escribió un artículo en donde discute los modelos de pensamiento lineal que han llevado a la catástrofe ambiental en nuestro país. Sus explicaciones son muy claras, y apuntalan la necesidad de una política ambiental sistémica. Otro acierto de su texto es que resulta ágil, presenta datos muy útiles y muestra arrojo intelectual en su apertura a planteamientos epistemológicos contemporáneos.

Contrasta con el suyo el de Luis Ángel Monroy, encargado de darle forma al sueño de un México con igualdad, “en donde el origen no determine el destino”. A pesar de que hay en su artículo información y cifras de primera calidad, el autor no imagina nada. Mientras que otros colaboradores se avocaron a forzar los límites de sus propias convenciones, Monroy deja la sensación de haber retomado lo que ha estudiado, limitándose a una redacción estructurada sobre el asunto. No es en ningún caso un mal texto; aunque resulta estupendo para informarse sobre la materia, debo decir que no encontré propuestas “radicales”.

El texto de Yásnaya Elena A. Gil sobre las naciones indígenas es excelente. Me recuerda el viejo planteamiento de Michael Walzer –no lo cita ella, es cosa mía: cuando existen muchas naciones al interior de un mismo Estado, es necesario que, de la misma manera en que se ha separado la Iglesia y el Estado, se separe la Nación –única e indivisible, impuesta a las otras naciones en el mismo territorio– y el Estado. La piedra angular de este argumento es que las naciones indígenas son naciones sin Estado, por lo que el trabajo de éste último es facilitar la coexistencia de las diferentes naciones en su interior, a las que debe reconocer y dar autonomía. El multiculturalismo entonces queda superado, para dar pie al Estado Plurinacional, y aun más, a la conformación de una confederación de comunidades autónomas –en la propuesta de Yásnaya. El suyo es un capítulo ligero pero profundo, claro y bien informado.

A ese texto sigue el de Javier Raya que, debo decirlo, escribió una triste divagación. Se trata de un artículo sostenido en el ensimismamiento. Por lo demás, no entiendo la idea de encargar un capítulo sobre los cuidados y la explotación doméstica a un hombre –como si no hubiera una mujer que pudiera aportar puntos de vista más interesantes, pero sobre todo, me cuesta digerir la escritura de Raya, que sucumbe a digresiones injustificadas cada dos párrafos y que se abisma en cada renglón en sus propias palabras, resaltadas sin concierto con comillas, cursivas y paréntesis. Raya intenta, además, un insufrible relato en que refiere la tragedia de tener que hacer labores de padre. Quiero pensar que los editores lo odian en secreto, y que por eso lo invitaron a escribir sobre dicho asunto, dejando adrede el texto sin observaciones, como él lo entregó. No encuentro otra explicación al despropósito de su artículo.

La siguiente autora a comentar es Gabriela Jáuregui, que propone, en mi opinión, el mejor texto del libro, de acuerdo a las pretensiones declaradas por los editores. Se trata de un breve ensayo creativo sobre la relación de cultura y género en México, en donde la radicalización toma incluso como vehículo el lenguaje. Leerla hace patente que el problema del asesinato de las mujeres es ineludible, por encima del ruido y la sobreinformación. Bajo cada palabra se siente el latir de quien escribe. La autora, además, entrevistó a varias mujeres para conformar el contenido de su capítulo, dejando de lado la escritura como un proceso individual, para que sea en su lugar algo compartido, como ella misma apunta. No se los arruino: léanlo, vale la pena.

A ella le sigue Elisa Godínez, que escribió un texto sobre la Justicia Restaurativa, donde glosa de manera superficial una lista de temas que en mi opinión nunca logra hilvanar –lo postcolonial, los linchamientos en México, el populismo punitivo, etcétera. Hay que decir que además no aporta casi nada en sus comentarios. Su capítulo es una monografía desarticulada.

Alejandro Hernández, encargado de escribir sobre la construcción de la ciudad, comienza con una metralleta de datos, abrumando con cifras sobre cifras. Después, cita a Cioran de pasada, y propone una analogía facilona con Los Juegos del hambre. Enseguida comenta las obras de Richard Florida –lo mejor de su capítulo– para luego retomar algunas ideas sueltas de William Morris y Mike Davis, en el ánimo de discutir el sentido de la palabra revolución (¿?). Luego, a lo que sigue: lanza en un párrafo a Sloterdijk, en el que sigue a Stavrides y termina con Lefebvre. No sé cómo pudo llenar páginas y páginas gritando que no tiene voz: que se la anularon, que la perdió o nunca la tuvo. Ahora sé cuáles son los libros que componen la biblioteca de Alejandro Hernández, pero no tengo idea de lo que piensa él, más allá de que hay que ver a la ciudad “como un espacio colectivo y común”.

En el siguiente apartado, Jorge Hernández propone una revisión –bastante dinámica– de la fallida estrategia del prohibicionismo en materia de drogas, además de acercarnos al tratamiento del asunto desde la óptica internacional. Busca combatir el enfoque moral del problema y me parece que lo hace de un modo estupendo. Es un texto introductorio al tema, si se quiere, pero se encontrará indudablemente interesante.

Luicy Pedroza y Alexandra Alonso escribieron, para terminar el libro, sobre “los tránsitos futuros, las fronteras y la migración”. Se trata de un texto bien estructurado y muy informado. Sin embargo, hay que pensar en qué momento la declaración del deber ser de las políticas públicas –que es el núcleo de su propuesta– puede pasar por un “ejercicio radical de imaginación del futuro”, que es lo que planteaba el libro. La apuesta más arriesgada de los autores, de hecho, es abolir regionalmente los límites de la ciudadanía para la libre circulación de las personas, ampliando sus derechos políticos. Empero, la ciudadanía universal –una viejísima propuesta política– fue llevada a la constitución de Ecuador en 2008, por lo que se practica desde hace una década de lo que Pedroza y Alonso hoy imaginan.

***

¿Qué es lo radical? El libro de Beck y Lemus deja pensando bastante sobre el asunto. Por mi parte, considero que la radicalidad en política es una estrategia, una forma de lucha; que tantas veces, sin pretenderla, muchos tropiezan con ella: la afirman cuando no existe alternativa, y entonces toman el camino que les abre, sin que sea su primera opción. No puedo estimarla, por lo demás, como una virtud. Testifico que, asumida como principio de acción, es una pésima brújula.

En todo caso –contestando en breve a la interesante provocación de los editores del libro– dejo en claro que si existe algo “radical” –políticamente hablando– es la conformación de contrapoder. Pienso en las mujeres que ahora luchan contra el patriarcado de manera internacional, planteando de fondo que hay que feminizar la política. También en las comunidades en defensa de sus territorios, que están siendo, a su vez, la primera línea de batalla de la humanidad para salvarse a sí misma de un modelo económico-ambiental insostenible. Una larga lista de movimientos sociales puede venir aquí. Mi punto es simple: no perdamos de vista que en política lo radical es la acumulación de contrapoder, tal como esas multitudes críticas nos muestran.

No se crea tampoco que minimizo el esfuerzo que hacen los autores para romper la jaula intelectual que habitamos. Sólo agrego que, más allá de las teorías sociales portátiles, cuando llegamos el punto en que debemos decir qué es lo tuyo, lo mío, lo nuestro y lo suyo, es decir, cuando debemos marcar la línea de propiedad, se agotan las “revueltas de la imaginación” y entran en juego otras fuerzas, mismas que, no encontrando otra manera de pujar para abrirse paso por las vías previstas, se desbordan, volviéndose radicales.

¿Qué es lo radical? La pregunta siempre vuelve. Lo radical será ir a la raíz del ser humano, un camino que conduce a un bosque aterrador, en donde un estremecido asombro nos obliga a reconocer la verdad angustiosa: somos animales. La radicalidad es siempre la huella de la animalidad.

 

 

Humberto Beck y Rafael Lemus (editores), El futuro es hoy: ideas radicales para México, Biblioteca Nueva, México, 2018, 304 p.

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