Periodismo escrito con sangre. Escritos que ninguna bala podrá callar, de Javier Valdez

Juan Schulz

 

Ninguna escritura es ajena a las emociones de su época. Algunos escritores de manera consciente o inconsciente rehúyen de narrar explícitamente los sucesos del presente, pero, por más acorazadas o imaginativas que sean sus mentes, las condiciones de la realidad que los rodea se filtran de diversas formas en sus textos. Otros eligen una realidad y referencialmente la describen, parodian, revuelven, etc., con fines tan variados como intentar vender la mayor cantidad de libros o querer mostrar que son muy inteligentes. Pero hay unos pocos, poquísimos, que no pueden quedarse en la superficialidad de lo aparente y meten la cabeza hasta donde pocos pueden ir, observan lo que está velado, ya sea por la resignación, el peligro, la falsificación, la enajenación o cualquier motivo que aleje de indagar lo que pasa con las vidas y muertes a su alrededor. Muchos movidos por la buena fe lo intentan, pero la intensión no resuelve el desafío, la mayoría de las veces su voz irónica es distante, o se acercan tanto que su voz se impone y la realidad queda bajo la sombra del protagonismo de querer provocar una tremendista visión a golpes de efecto. A veces logran captar algo que queda como registro de lo perverso, tocan algunas fibras, pero no logran transmitir la dimensión social de la tragedia humana. Son muy pocos los capaces de darle seguimiento al infierno, de ahondar en sus entrañas desde múltiples ángulos y preguntas a las que no se llega fácilmente y que después de eso todavía les sobrevive cierta templanza para poner en palabras precisas el desmembramiento de la sociedad en que viven. El sinaloense Javier Valdez (1967-2017) fue de esas escasas voces y además fue uno de los mejores escritores que el país ha tenido.

Nuestro cosmopolita mundillo cultural quizá se fatigue de ponderar la obra de Javier Valdez antes de leerla, o tal vez al ver la imagen de Javier con su sombrero lo reconozcan con cierto lamento como uno más de los periodistas de provincia que han asesinado, y poca cosa más, aún estamos muy lejos de reconocer el valor de su obra. Yo creo que en general se debe a que ya estamos demasiado viciados para atender cualquier fenómeno con temática de narcos. La narcocultura, sea lo que signifique, además de ser el modus vivendi de una parte de la población, cuenta con una extraña demanda que la hace circular como un tópico de consumo, que la industria cultural explota prolíficamente en formato canción, serie, novela, película, etc. Estilizada algunas veces de forma curiosa, la narcocultura accede hasta los espacios donde la pasarela de sensibilidad y el cocktail metafórico entretienen a los creativos a y sus tics de ingenio. Los posmodernos, siempre tan rebeldes, de pronto disfrazan sus expresiones con los ropajes estereotipados del narcotráfico, presumiendo protesta donde muchas veces predomina el decorado temático y el lamento enfático en su genial sensibilidad. Ese fenómeno de masas tan diverso que es la cultura con trama de narcos probablemente haya logrado que una gran parte de la ciudad letrada se sienta saturada, y que por inercia se rechacen expresiones que contengan símbolos asociados a ese mundillo que parece tan lejano y falsificado como el viejo oeste.

Pensar la forma simultánea en que la narcocultura es desdeñada, y a la vez es un consolidado tema de consumo, me hizo recordar una conversación con un señor que, con cierta indignación, me dijo que estaba harto del tema de los nazis y los judíos. Quise saber de qué manera había construido su hartazgo para querer llamar la atención de esa forma, entonces le fui soltando algunas preguntas hasta que resultó claro que tenía un imaginario exclusivamente hollywoodense, había ingresado a la temática por una producción de imaginarios tan indirecta y más preocupada por su venta. Con la cultura del narco noto un fenómeno similar, el imaginario lo han hegemonizado caricaturizaciones, se gasta la fábula en mitificar las excentricidades de los narcos, se subordinan gramáticas a resaltar lo sangriento de las muertes. En el gobierno de Felipe Calderón se gestó una narrativa épica que simplificó, estigmatizó y creo una imagen del enemigo, se redujo un fenómeno global, estatal, financiero, a un asunto entre bandos implicados, y víctimas del “daño colateral”. Esta excesiva producción de discursos y mercancías con tendencias tan amplias que van desde promover el culto a los capos hasta la moraleja conservadora, a unos los mantiene intrigados en el sillón, a otros les provoca un fastidio como el del señor con los judíos. Lo que se autocensura no sería un problema si el hartazgo del tema no resultara ser parte del escudo con el que se acepta la versión que está hecha para otros intereses, mucho más lejanos que la necesidad de saber qué pasa con las vidas humanas a tu alrededor, y que a diferencia de la segunda guerra mundial, el torbellino de violencia sucede en tiempo real por todo México.

 Javier Valdez escribió varios libros a contracorriente de toda frivolidad. Puso en el centro de su narración la vida de personas atravesadas por un proceso que los iba arrastrando a dejar de serlo, o a partir de testimonios fue dándoles oficio, color, a los que ya no eran nada más que cifras de occiso; hizo de los retazos de los recuerdos de los supervivientes un hilo que recorrió recónditos caminos para poder llevar al lector a donde tiene que estar. Sus investigaciones periodísticas fueron apareciendo compiladas en libros que presentan diferentes maneras de abordar lo mundano. En Miss narco (2010) por ejemplo, la vida de mujeres es la que guía la narración. La de la cajera de 15 años de una tienda de autoservicio que fue elegida por el capricho de un matón para que sea su esclava sexual. A través de los testimonios que logra recoger, va dando cuenta de cómo pasa de intentar ganarse la vida dignamente a perder todo vínculo social, excepto el que el poder criminal decida. La forma en la que logra reconstruir la vida de quienes llevan una rutina al margen del crimen, que circulan en el amplio campo de lo que ridículamente llamamos normalidad, va siendo bordeada por circunstancias en las que la barbarie va imponiendo terreno, y ni la persona que podamos pensar como la más precavida e inocente se salva de rendirle cuentas al dolor. Basta con que la hija de un capo se encapriche con los favores de tu esposo para que tu vida familiar y los sacrificios que hiciste para estudiar una carrera terminen en una paulatina escalada de amenazas hasta que decidan acabar contigo a balazos, si son amables. Las diversas formas en que se filtra la amenaza en la vida no perdonan condición social, pero naturalmente hay grupos vulnerables, vidas marginadas, destinos insalvables. Los morros del narco (2014), cuenta historias de infancias malditas. Madres solas con muchos hijos, abandonadas por todos, chavos que después de la secundaria no pueden continuar sus estudios y uno que otro camino los deja siendo sujetos concentrados en el día del pago, para comprar joyería, televisores, lo que sea. Llevar bolsas con cabezas o tener más asesinatos tatuados en tu contador que años de vida sólo es parte del trabajo. Jóvenes orgullosamente católicos que decapitan, pero dicen de cualquier estorbo al negocio: “No somos como la gente mala, sólo ajusticiamos al que se lo ganó”.

Las crónicas o reportajes de Javier Valdez, sociólogo de formación, se sustentan en un contexto bien investigado que permite pensar las historias más allá de dilemas morales o psicológicos que determinan a presuntos individuos, como si fueran resultados exclusivos de la decisión personal, y no personas marginadas y sistemáticamente violentadas por las desigualdades. La escritura de Javier Valdez recupera de su oficio de periodista el pragmatismo de allanar los adornos de sus textos, sin caer en la austera prosa que prescinde de tropos para fingir una fría neutralidad. La voz del narrador no se oculta ni obstaculiza que las voces de los testimonios tengan un papel primordial. Sus técnicas narrativas buscan compartir la atmósfera de lo que el investigador observa, denotar las emociones y gesticulaciones de los testigos, y cuando es necesario, porque parece vital para los textos, no escatima que puntuales momentos poéticos articulen el acceso a lo que es necesario transmitir. Tal vez lo complejo de contar esos asuntos fue llevando a Javier Valdez a creer que las verdades humanas se estructuran como las ficciones, –ese camino que nos transmite otra forma de realidad muchas veces menos rudimentaria–, pues muchos de sus textos están elaborados como si fuera el más cuidadoso de los cuentistas.

Un cocodrilo mal alimentado preparado para triturar “traidores”; un lacandón con 10 hijos que alimentar que se va con la promesa de un trabajo agrario pero en vez de “remesas” que mandar, regresa como un superviviente de ser carne de cañón de las disputas de traficantes, para lo que en verdad lo llevaban; ancianos que cotidianamente miran por la ventana como abandonan cadáveres en el terreno baldío vecino; bandas como la de “Los pañales” en las que niños dirigidos por un adulto de 12 años atracan y anhelan el combate; mafias con códigos estrictos para prohibir el consumo de alcohol y drogas de sus miembros, pero para torturar no imponen límites, y para agradar al jefe conviene recitar de memoria pasajes de la biblia; la viuda amenazada que denuncia la tortura de la policía y la convierten en acusada de mandar a matar a su esposo. Son muchas y tan diferentes las historias de los huérfanos, los perturbados para siempre, el policía que sobrevivió a 18 balazos y a no corromperse por varios millones. Historias como la de la madre a las que autoridades corruptas, rebasadas, le entregaron un cuerpo que no era el de su hijo (se da cuenta cuando su hijo llega en el último novenario); la de otras a las que las autoridades les venden la aceleración de la investigación del secuestro, del trámite para entregarles parte del cuerpo. Otras que dedican lo que pueden a escarbar montes para encontrar la osamenta de su hijo, que tuvo la osadía de no poder pagar el derecho de piso. Difícil que alguien pueda imaginar un escenario tan atroz como el de las vidas que en medio de la muerte nos cuenta, o el horror que ataca a los que no tienen forma de saber qué está pasando con los desaparecidos.

En tiempos de tanta ligereza y evasión, ¿quién va a querer asumir y pensar las infinitas honduras de nuestra tragedia? No olvidarse de los desaparecidos quizá a algunos les suene como un slogan político con el que los constructores de santos y estatuas hacen tosca la memoria. Javier Valdez Cárdenas confesó en una entrevista con el periodista Luis Hernández Navarro, que para sobrevivir a todo lo que había visto tomaba antidepresivos, bebía por las noches y bailaba solo. Cuando ganó un prestigioso premio en 2011, en su discurso dijo que se sentía desolado de que su trabajo y el de sus compañeros y sobre todo las víctimas estaban siendo ninguneadas, y se entusiasmaba de que el premio podía ayudar a mejorar su difusión. A partir de su asesinato la imagen paradigmática de Javier Valdez con sombrero encabeza cierto símbolo del reclamo por la falta de libertad de expresión. Concibo esperanza en la inmersión a un problema que una escritura poderosa es capaz de plantearnos, en la manera en que activa la memoria capaz de llevar a la consciencia la insistencia en darle dignidad a la vida negada. Su obra aún está por ser visitada y valorada, estudiada en escuelas, editada en colecciones populares, porque esta parte latente y sangrante de nuestra historia no merece ser simplificada, ni ignorada, por más cobardes que queramos ser.

Javier Valdez, Periodismo escrito con sangre, Aguilar, México, 2017, 348 pp.

 

 

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