La rebelión de las audiencias, Jenaro Villamil

–Mauricio Prado Jaimes

Tan sólo un año antes de convertirse en el nuevo titular del Sistema Público de Radiodifusión del Estado Mexicano, tras la llegada de López Obrador a la presidencia, el escritor y periodista Jenaro Villamil publicó La rebelión de las audiencias. De la televisión a la era del trending topic y el like (2017), que bien podría considerarse como el último volumen de una serie de libros dedicados a describir y analizar la relación entre poder político y poder mediático en México.

Al menos desde 2001, cuando se publica El poder del rating. De la sociedad política a la sociedad mediática, Jenaro Villamil ha observado con mucha atención las complejas y turbias relaciones entre el poder de los medios de comunicación masiva —particularmente la televisión—con el poder político, publicando una decena de libros que analizan a detalle diversos capítulos de esta torcida relación; episodios como la construcción de Vicente Fox como candidato desde el marketing, la campaña sucia de 2006 contra López Obrador, la creación de la Ley Televisa durante el sexenio de Felipe Calderón y la construcción del tele-candidato Enrique Peña Nieto, por mencionar los más relevantes.

En esta misma línea de investigación se inserta La rebelión de las audiencias, libro que tiene por objetivo documentar y analizar los cambios sociopolíticos que ha introducido la masificación de las redes sociales en la tradicional relación entre televisión y política en México durante los últimos diez años. La tesis fundamental de Villamil es que las redes sociales implican no sólo un cambio tecnológico, sino que éstas han sido la puerta por la cual las audiencias —antes aquella masa silenciosa y enigmática— se rebelan ante las formas autoritarias del modelo político-televisivo tradicional.

En el primer capítulo, titulado «Las audiencias se rebelan», Villamil señala los principales indicadores que nos permiten percibir este fenómeno. El autor retoma diversas encuestas del Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT), del INEGI, de Latinobarómetro y de organismos privados como IAB México, para mostrar cómo están cambiando los hábitos de consumo de las audiencias. Si bien el recuento de los resultados de estas encuestas es reseñado muy rápidamente y no permite contrastar con detalle sus resultados ni metodologías, se logra percibir el rápido aumento en el uso de redes sociales y un decrecimiento en el consumo de televisión (15% de caída del rating entre 2013 y 2015), lo cual le basta a Villamil para mostrar, cuantitativamente, la migración de las audiencias a las plataformas digitales, aunque sin abandonar por completo el consumo de televisión tradicional.

A esta migración en los consumos se suma la creciente desconfianza de la población mexicana hacia los medios de comunicación tradicionales; según Parametría, en 2002, 70% de los mexicanos dijo confiar «mucho/algo» en los noticieros informativos, mientras que en el 2017 sólo 18% mantiene esta confianza. Aunque este fenómeno de pérdida de confianza en las instituciones comunicativas es global, en México es particularmente pronunciado.

Así, tenemos unas audiencias que consumen menos televisión y al mismo tiempo desconfían más de ella. Villamil nos dice que son un nuevo tipo de público caracterizado por el gusto por la instantaneidad, la impaciencia y poca tolerancia con contenidos que no le son afines, la fragmentación de sus gustos, y con altos niveles de crítica hacia lo que les disgusta. En las redes sociales, nos dice Villamil, «la crítica pasa tanto por un juicio más duro frente a la clase política gobernante, los partidos políticos, las instituciones antes “intocables” (ejército, iglesias, empresarios), pero también contra las propias televisoras que forman parte de un “sistema” que es rechazado con mayor fuerza.» (p. 35). Ciertamente, el cambio de las audiencias es también un cambio social, cultural y político, que no se agota en los rituales de consumo mediático sino que expresa toda una nueva relación en la esfera pública.

Para dimensionar plenamente este cambio, Villamil hace un recuento histórico detallado sobre cómo se fue construyendo la relación de poder entre medios, política y sociedad en México. Con buen tino, el autor nos narra cómo la conformación del sistema político mexicano posrevolucionario surgió de la mano con los medios masivos de comunicación. Primero la radio en la década de los treinta y después la televisión en los cincuenta fueron los pilares desde los cuales se construyó una relación de gobernabilidad con la población mexicana. Esto es lo que Villamil denomina la «fórmula mexicana» de televisión: un pacto histórico entre poder político y poder mediático en el que ambos grupos se beneficiaron. Al menos hasta el sexenio de Salinas de Gortari «Televisa y el PRI formaban parte de la misma fórmula» (p. 72), eran los tiempos en que Emilio Azcárraga Milmo podía decir sin tapujos que era un soldado del PRI.

Después, con la relativa y simulada apertura mediática (tan parecida a la transición democrática), apareció TV Azteca como supuesto contrapeso a Televisa, pero aparecieron también nuevos partidos políticos con los cuales las televisoras podían tener interlocución. Si bien durante la década de 1990 Televisa y TV Azteca se enfrascaron en una «guerra por las audiencias», a inicios del 2000 quedaba claro que ambas televisoras podían coexistir y tener ganancias. «El verdadero salto cualitativo entre ambas empresas, sobre todo en Televisa, se produjo cuando se dieron cuenta de que en tiempos de alternancia política […] los políticos con aspiraciones a cargos de elección popular se podían vender, asesorar y producir como si fueran productos de la mercadotecnia televisiva.» (p. 92).

«La democracia es un buen negocio» dijo Azcárraga Jean en 2004 al empezar a lucrar con la competencia política, transitando así del «no pago para que me peguen» de López Portillo al «pago para que no me peguen». La nueva etapa de fórmula mexicana daba más poder a los medios de comunicación que a los propios actores políticos. De este periodo es cuando ocurrieron episodios como el desafuero y la campaña sucia a López Obrador en 2005-2006, la aprobación de la llamada Ley Televisa en 2007 y la construcción de la candidatura Enrique Peña Nieto para las elecciones del año 2012.

Esta era la fórmula política-mediática en la que nos encontrábamos cuando el uso de las redes sociales comenzó a masificarse y ocurrió el primer evento que cuestionó el statu quo: la aparición del #YoSoy132. Como nunca antes un movimiento social puso en cuestión la relación entre el poder de las televisoras y el poder político, demandando desde el principio la democratización de los medios de comunicación y una verdadera apertura democrática. Si bien el movimiento se diluyó después de la victoria de Peña Nieto —producto de las dificultades para transitar de la espontaneidad a la organicidad— para Villamil representa el primer episodio claro del despertar de las audiencias.

A partir de 2010, pero particularmente desde 2014, los ratings empezaron a desplomarse y Televisa, la protagonista fundamental de la fórmula mexicana, entró en una profunda crisis de la cual todavía no sale. Si bien existen una multiplicidad de factores (financieros, tecnológicos empresariales, administrativos) que influyen en este fenómeno y que son narrados con lujo de detalle en el libro, Villamil centra su atención en los cambios en lo que denomina la «gestión de la opinión pública».

Este, me parece, es quizás el punto más valioso de este trabajo de Villamil, ya que señala el modus operandi de las televisoras y la política antes del advenimiento masivo de las redes sociales y muestra cómo han cambiado las reglas del juego. Antes, el esquema triangular que permitía a los medios ser centrales era: 1) la capacidad para masificar contenidos y marcar agenda (agenda setting); 2) el virtual monopolio de la creación de personajes públicos (políticos-mercadotecnia); y 3) la medición de la popularidad mediante las encuestas y mediciones de opinión. Estos tres ejes, señala Villamil, se volvieron autorreferenciales y administraban buena parte del debate público, volviéndose de esta forma centrales para el juego democrático.

Este esquema triangular, antes monopolio exclusivo de los medios de comunicación tradicionales, es lo que las redes sociales transforman, ya que intervienen en los tres puntos: pueden incidir en la agenda pública sin necesidad de transitar por los medios tradicionales (trending topics), pueden crear sus propios personajes públicos (influencers) y tienen sus propias formas de medir la popularidad (retuits, likes, seguidores).

Sin embargo, como el propio Villamil reconoce, el actuar en las redes sociales deja mucho que desear respecto al debate público que se esperaría para el funcionamiento de una democracia ideal: «Hay en las redes sociales 70 u 80% de mensajes que son absolutamente prescindibles, “basura” o reacciones emocionales que no abordan asuntos de interés público […] No obstante, hay un 10 o 20% de los contenidos y deliberaciones que rompen con la gestión tradicional y vertical de la opinión pública y generan mucha incomodidad y nerviosismo en las élites dirigentes, intelectuales, empresariales y políticas» (p. 158).

Ciertamente, para probar varias de las hipótesis y tesis que señala Jenaro Villamil serían necesarios estudios de diversa índole con mucho más rigor que lo que ofrece este trabajo, más inclinado hacia el trabajo periodístico que académico. Pese a ello, La rebelión de las audiencias resulta muy sugerente para tratar de comprender las nuevas lógicas de las redes sociales, sólo apreciables en su justa dimensión desde una mirada histórica.

 

Jenaro Villamil, La rebelión de las audiencias. De la televisión a la era del trending topic y el like, Grijalbo, México, 2017, pp. 182.

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