Revisitar “El Aleph”

-Julio Moguel

I

“El Aleph”, de Borges, fue publicado por primera vez en 1949. La suerte de esta historia o cuento, en particular, tuvo o ha tenido un éxito inusitado, sin que el autor hubiera advertido que su inspiración –o acaso más que su inspiración–, al escribirlo, había surgido sin lugar a dudas de un fragmento extraordinario de La Araucana, de Alonso de Ercilla y Zúñiga, escrito en el siglo XVI. (Debemos esta ubicación del “plagio” de Borges a Augusto Monterroso).

¿Fue, por parte de Borges, un plagio o una especie de “homenaje” encubierto a la gran obra maestra de aquella magnífica obra de Alonso de Ercilla? No lo alcanzo a descifrar ni a comprender. Lo cierto es que no puede haber ninguna duda de que hubo en la experiencia borgiana un proceso consciente y muy bien articulado de “copia”. Dice La Araucana en su Canto XXVI: “En un lado secreto y escondido/donde no había resquicio de abertura […]”. Y agrega pocas líneas después: “Era en grandeza tal que no podrían/veinte abrazar el círculo luciente,/donde todas las cosas parecían/en su forma distinta y claramente:/los campos y ciudades se veían,/el tráfago y bullicio de la gente,/las aves, animales, lagartijas,/hasta las más menudas sabandijas.”

Pero no es el fin de esta presentación mostrar los niveles estrictos de la “copia”, sino el de presentar directamente la hechura de la prosa poética de Borges en la mencionada recreación. Veamos entonces la manera en que el autor argentino resuelve esta parte de la obra. Parto de la línea en que el protagonista baja con rapidez la empinada escalera que lo lleva a toparse con el mágico punto que es capaz de contener a todos los puntos del universo:

En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasoleada, de casi intolerable fulgor […] El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño […] Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página […], vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla […], vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio […] cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo […] Sentí infinita veneración, infinita lástima.

El pasaje nos sorprende a todos por su particular confección y sus variadas resonancias. La reiteración del vi…, en sus excesos (cuarenta veces se repite en estas cuantas líneas), crea un ritmo poético-musical que hace valer, por saturación fonética (¿qué otra manera gozosa de leerlo, que no sea en voz alta?), el sentido de una descripción que carece o pretende carecer del sentido secuencial al que el lenguaje obliga. Se trata entonces de una descripción que quiere hacer sentir que lo que el “Borges” de la historia ve se resume en un solo instante.

II

El Aleph borgiano alcanza otras posibilidades de valoración. La totalidad universal del tiempo-espacio concentrado en el punto único e indivisible de la esfera tornasoleada de Carlos Argentino se parece al instante de Roupnel, “intuición” o idea que pone en jaque la idea bergsoniana del tiempo-flujo o del tiempo que se mide y piensa como duración. No se trata de un tema menor de nuestro autor: aparece, entre otras obras, en Fervor de Buenos Aires (1923), “Sentirse en muerte” (1928), Evaristo Carriego (1930), “El sueño de Coleridge” y, de manera especial, en “Nueva refutación del tiempo” (1946).

En esta última obra Borges señala sin ninguna ambigüedad: “En el decurso de una vida consagrada a las letras y (alguna vez) a la perplejidad metafísica, he divisado o presentido una refutación del tiempo, de la que yo mismo descreo, pero que suele visitarme en mis noches y en el fatigado crepúsculo, con ilusoria fuerza de axioma. Esa refutación está de algún modo en todos mis libros.”

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