Trampa 22, Joseph Heller

–Víctor Jiménez

¿La guerra imita a la vida en tiempos de paz? ¿O los tiempos de paz imitan a la guerra? No podemos saberlo con esta novela de Heller, quien combatió en la II Guerra. Aparecida en 1961, tuvo una excelente recepción (Juan Rulfo la elogiaba en 1965) y se ha dicho que es el único retrato fiel de la vida en un conflicto bélico.

¿Qué caracteriza a una guerra según Heller? El absurdo. Matar y que te maten de acuerdo a los principios de la guerra son empresas absurdas, pero no sólo en este extremo reside el absurdo, ya que en la isla de Pianosa (real, frente a la Toscana), específicamente en el destacamento de la aviación estadounidense ahí instalado, nada tiene sentido. La Guerra se acerca al fin, ya que los aviones de esa base pueden volar a Roma pero salen en misiones de bombardeo a Ferrara y Bolonia.

La novela consta de 42 capítulos que llevan el nombre de un personaje: comandante, enfermera, piloto, médico… El más importante, Yossarian, aparece en la mayoría de ellos y es quien se enfrenta a la Trampa 22, que no es sino la quintaesencia de la burocracia: siempre hay un razonamiento, en el mundo militar, que hace imposible que un individuo sin poder consiga algo. Salvar su vida, por ejemplo. Y los que tienen poder dedican toda su energía a acrecentarlo… o se arriesgan a quedarse sin él, lo que es peor que estar muerto (hay un personaje, el médico Danika, declarado oficialmente muerto por un error burocrático y hasta su “viuda”, bien pensionada, lo agradece. Él deambula por el campamento sin que nadie le haga caso o siquiera lo vea) . De hecho, tener poder en el campamento es la mejor manera de evitar que mañana estés muerto.

Yossarian, como todos, quiere ser enviado de regreso a su casa al cumplir la cantidad establecida de sus misiones de combate. Pero ese número siempre cambia. Decide declararse loco e incapaz de pelear, pero la Trampa 22 (nombre inventado por Heller, así como el “principio” que designa) se lo impide: decir que la guerra es absurda es la mejor demostración de que se está cuerdo. Sólo un loco quiere subirse a un bombardero que puede caer bajo el fuego enemigo, pero si desea hacerlo, estando loco, ¿quién va a contradecirlo? Yossarian lo entiende y de manera inadvertida terminará por jugar él mismo a su favor, aunque en ese momento ya no sabemos si se volvió realmente loco o sólo adquirió un poco de poder.

Otros personajes se defienden convirtiendo la guerra en un negocio que deja ganancias a todos: el intendente Milo, encargado de las provisiones, termina por hacer de su obligación una empresa con tantos socios como militares hay en la base. Incluso extiende la sociedad a los nazis. Todos quieren traficar con algodón egipcio, naranjas de Marruecos, etc. Los aviones militares pintan sus insignias de blanco, sean aliados o alemanes, para el movimiento de mercancías por todo el Mediterráneo y más allá. Así que nadie entre sus superiores quiere enviar a su socio Milo de misión. Los aviones van todo el tiempo a Roma, donde la prostitución prospera como nunca, y de hecho las chicas terminan adquiriendo un peculiar protagonismo en la obra de Heller. Los comandantes no son la excepción entre la clientela y sus batallas por el ascenso arrastran a todo el destacamento de Pianosa a la danza de la muerte. El número de misiones a cumplir pasa de 40 a 45, a 50, a 55… Al final se acerca a 70. ¿Por qué y para qué? Para mejorar la hoja de servicios del general y porque la Trampa 22 lo permite.

Es importante que las acciones trasciendan: se bombardean pueblos sin importancia estratégica porque la foto aérea pude producir la imagen de un excelente “patrón de bombardeo”, expresión acuñada por un comandante y muy aplaudida porque describe muy bien el objetivo. Un general impide poner sobre aviso a los aldeanos para que huyan, pues se evidenciaría que el bombardeo era innecesario. La guerra es la continuación de la burocracia por otros medios: todo son circulares, cartas, disposiciones, órdenes y firmas por obtener. Organizar un desfile o un buen funeral para los caídos es parte del entramado del poder. Un general no sabe si enviar cartas de condolencia a las familias de los finados porque puede haber reacciones fuera de control, pero entiende que sería un excelente motivo para un conmovedor reportaje en el número de Navidad del Saturday Evening Post.

Nadie ignora que el ejército es sobre todo burocracia. El modelo de toda burocracia. La novela de Heller es cualquier cosa antes que una obra convencional sobre la guerra. Heller se asoma a una sociedad, la estadunidense, estructurada para hacer la guerra y que sería incapaz de funcionar sin ese núcleo vital. Todo en Pianosa es el negocio y la política de la guerra y cuando los pilotos o artilleros ven a sus compañeros en el desayuno no saben quién estará en la cena o en el parte de bajas. Eso sólo lleva a la certeza de jugar la competencia más extrema concebible: la del sobreviviente. Hay trucos para lograrlo, todos valen y se aplican. El piloto Orr precipita su avión al Mediterráneo sólo para ser incorporado a las bajas y aparecer, unos meses más tarde, en Suecia. ¿Desertor? No: caído en combate. Finalmente Yossarian aprende del ejemplo de Orr y acepta regresar a su casa participando en un relato concebido por sus superiores: será un heroico combatiente dispuesto a celebrar en su país las hazañas de sus dos comandantes, contribuyendo al ascenso de ambos. Pero es sólo un desertor que decidió llegar hasta el final.

La novela de Heller continúa leyéndose hoy y se ha llevado tanto a la pantalla como a una serie. Sin duda habrá contribuido mejor que algunos discursos pacifistas a quitar todo atractivo a la guerra, sobre todo bajo la forma que asume en el país más bélico de nuestros días (y desde hace dos siglos). El Secretario de Estado Mike Pompeo es un egresado de West Point perfeccionado tras su paso por otra institución para nada ajena al mundo de la guerra: la Universidad de Harvard.

Trampa 22, Joseph Heller, Random House, 2019, 592 pp.

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