El loro de Flaubert de Julian Barnes

–Víctor Jiménez

Julian Barnes es un prolífico novelista inglés que ha recibido premios y el favor de los lectores, pero fue El loro de Flaubert la novela que lo hizo popular en 1984, y se sigue editando. Como su título sugiere a quienes están familiarizados con el autor francés mencionado en el título, esta obra tiene que ver con “Un coeur simple” (uno de los Trois contes), donde el loro de Félicité es tan importante como su propietaria. Protagónicos, ambos, en su humilde naturaleza. Y profundamente subversivo el papel del ave en la última línea del relato, como sabemos. Flaubert no dejaba escapar las provocaciones, a veces valiéndose de una irrelevante empleada doméstica y la mascota con la que pudo dar sentido a su vida.

El personaje principal y narrador de Barnes no es él mismo, como podríamos pensar si avanzamos por sus páginas de manera distraída. Porque así como Borges inventó el género del falso ensayo en algunos de sus cuentos, Barnes decidió hacer un falso reportaje como andamiaje de una novela en la que, pese a todo, los hechos reales, recogidos con una investigación escrupulosa, tienen una gran importancia.

El narrador es un estudioso amateur de Flaubert, igualmente británico pero médico, viudo, que viaja solo a la región en que Flaubert vivió –Croisset, Rouen– y recorre ese universo tanto física como literariamente. Al viajar solo no tenemos muchas posibilidades de conocer su nombre, que Barnes devela tarde y sólo de manera circunstancial: Geoffrey Braithwaite, quien recoge todo lo posible sobre el autor de Madame Bovary, pero sólo para entregarlo al lector de manera literaria y por lo tanto rigurosa, pues estamos ante literatura de calidad. Quizá el libro es una venganza, por esta condición, contra una profesora de Oxford (donde estudió Barnes, quien colaboró también, como lexicógrafo, en el célebre diccionario de esa universidad) que pasaba por ser la experta en Flaubert de ese orgulloso claustro académico. Así que el Braithwaite que reúne en la novela de Barnes todo lo significativo que se pueda pensar sobre Flaubert sacude precisamente ese respetable edificio construido en las universidades generación tras generación, moda académica tras moda académica…

La búsqueda del loro de Félicité es un motivo importante: con el mismo Loulou (así se llamaba) abre y cierra su libro. Pero también tenemos más de una cronología de la vida y la obra de Flaubert así como citas suyas y una exploración de la relación del escritor con Louise Colet, su amante y corresponsal. Para los estudiosos de la literatura (y no sólo de Flaubert) es un recorrido que se lee sin interrupción y más de una vez, pues el conjunto de piezas termina por atrapar a cualquiera no sólo por la información que Barnes ha reunido sino por su calidad como relato, calificado en su momento como posmoderno.

Desde un principio (la primera reseña del New York Times) llamó la atención el capítulo dedicado a la profesora de Oxford: Enid Starkie. Podemos imaginar a Barnes escuchándola y a Braithwaite haciendo el relevo, como escritor ficticio. Porque la señora Starkie dedicó unas líneas a demostrar que Flaubert era incapaz de describir el color de los ojos de Emma Bovary. ¡Flaubert! Bien: el texto de Barnes alcanza de sobra para arrojar una sombra de duda sobre toda la crítica literaria nacida y reproducida en la Academia. Como complemento, Starkie era autora de la biografía de referencia, en inglés, de Gustave Flaubert, que tiene en la portada el retrato de Louis Bouilhet… porque la autora creyó que era Flaubert.

Esto es lo que el narrador (Barnes-Braithwaite) dice al inicio el capítulo “Los ojos de Emma Bovary”:

Permítanme que les diga que odio a los críticos. y no por los motivos normales: que son creadores fracasados (generalmente no lo son; puede que sean críticos fracasados, pero esto es otra cuestión); o que son por naturaleza criticones, celosos y vanidosos (generalmente no lo son; en todo caso, se les podría acusar más bien de exceso de generosidad; de sobrevalorar obras de segunda fila a fin de que la finura de sus propias distinciones parezca así más extraordinaria). No, el motivo por el que yo odio a los críticos –bueno, a veces– es que escriben frases como ésta:

“Flaubert no construye a sus personajes, como hacía Balzac, por medio de una descripción exterior, objetiva; de hecho, presta tan poca atención a su apariencia que en una ocasión dice que los ojos de Emma son pardos (14); en otra muy negros (15), y en otra azules.”

Esta precisa y descorazonadora acusación fue redactada por la ya fallecida doctora Enid Starkie, Reader Emeritus de Literatura francesa en la Universidad de Oxford, que también es autora de la más exhaustiva de las biografías británicas de Flaubert. Los números que aparecen en el texto citado corresponden a las notas a pie de página con las que alancea al novelista con el número del capítulo y del versículo.

Se ocupa el narrador después en describir el terrible francés hablado por Starkie, para concluir con las citas en que Flaubert habla de los ojos de Emma, con frecuencia en circunstancias diferentes: de día, de noche, vistos por su marido enamorado (“desde tan cerca”), o por sus amantes (desde más lejos), o por ella misma en el espejo… Pero, sobre todo, está la cita con que Barnes-Braithwaite cierra el capítulo dedicado a los ojos de cierta mujer: es de Maxime du Camp, quien conoció a la provinciana que inspiró a Flaubert para construir a su madame Bovary:

… no era guapa; más bien bajita, con el cabello rubio deslucido, y la cara muy pecosa. Era pretenciosa y despreciaba a su marido, a quien consideraba un tonto. Redondita y pálida, tenía bien cubierta su pequeña osamenta, y tanto en su porte como en su actitud se notaban los movimientos flexibles y ondulantes de las anguilas. Su voz, a la que su acento de la Baja Normandía confería un tono vulgar, tenía acentos acariciadores, y en sus ojos, de color incierto, verdes, grises o azules según la luz, había siempre una expresión suplicante.

El loro de Flaubert, Julian Barnes, Anagrama, Barcelona, 2015, pp. 232.

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