Pistas falsas, Néstor García Canclini

…hasta nuestras imaginaciones más destacadas no son más que collages de experiencia, constructos compuestos de fragmentos y trozos de aquí y el ahora.

Fredric Jameson, Arqueologías del futuro.

                                                                                                                           -Juan Schulz

Néstor García Canclini (1939), eminente entre los quehaceres híbridos de la sociología y la antropología, es reconocido por sus investigaciones sobre las condiciones desiguales en que se producen y circulan las culturas y las artes mediáticas, y ha indagado en las formas en que estas afectan a las identidades, entre muchas otras cosas relacionadas con los estudios culturales. Sin embargo, ahora ha decidido evadir ceñirse a los códigos que requiere el texto académico para entregarle a los curiosos una novela de presunta ciencia ficción, Pistas falsas (2018).

En poco más de 100 páginas nos cuenta la historia de un arqueólogo chino que desde su campus asiático había estudiado América Latina a través de los vestigios de la producción literaria y cinematográfica del siglo XX. En el año 2030 que nos sitúa el autor, decide viajar a la región y tener un acercamiento directo. Eso en principio, pareciera que el hecho que haya elegido una perspectiva asiática resulta innovadora por el giro continental desde que se pretende construir la historia. Aunque en realidad el hecho de que sea chino el personaje principal no resulta algo tan significativo, la repercusión en la novela creo que no es muy distinta a que si el personaje hubiera sido un canadiense o un japonés. Porque una cosa es otorgarle la nacionalidad china a un personaje, y otra muy difícil es narrar desde esa cultura. El recurso de Canclini que parecía interesante va a ser opacado por el exceso de gestos con el que se finge la extrañeza. El extrañamiento con el que disfraza al extranjero es algo de lo que más fastidia la novela. Si en momentos podríamos leer la narrativa de Canclini como parodia de las miradas extranjeras, el resultado es poco sutil. Por ejemplo, en la obsesión del narrador por reiterar la migración mundial montando escenografías de la cultura popular, sitúa al arqueólogo en Buenos Aires en una situación anodina en la que comenta: “Vi serpientes emplumadas trepando árboles”. Y su interlocutor responde: “Son inmigrantes mexicanos”. Los chistoretes cultos parecen demasiado forzados. Si narra la desintegración de ciertas naciones, no puede evitar el golpe de ingenio y decir que en Texas está en boga el Texit.  Cuesta creer que el un arqueólogo chino sea un personaje y no un ventrílocuo con la voz de Canclini, con el que el autor se aprovecha del supuesto distanciamiento de los referentes y de la experiencia que tiene el asiático para poder simular extrañeza ante cosas que suceden en América Latina, y así espetar una tras otra situaciones con pretensiones satíricas: como que ciertos cuentos de Cortázar se leen como material en la facultad de medicina, o que la ciudad de México ya va en su cuarto piso del periférico; o que existe un Airbnb para estacionar el coche al cual hay que anticipar con una semana de anticipación; petroleros son los dueños de las editoriales; sótanos de Monsanto donde se despacha la cultura, etc.

A pesar de las ambiciones panorámicas de ficcionalizar geopolíticamente los sucesos globales, en contraste con las particularidades locales, (la novela, va y viene entre Buenos Aires, Hong Kong y DF, mencionando de pasada cambios políticos en el planeta), más que parecerse a esta época, que sin duda se parece, puesto que el año narrado es apenas 2030, y los referentes que son puestos en la perspectiva de la ficción, son temas bastante probables, configurados dentro de una lógica causal que no creo que tengan la posiblidad de sorprender. La manera en que el narrador configura el mundo ficticio, más que representar globalmente un zeitgeist (espíritu de época), lo podemos identificar más bien como afín a cierta actitud muy particular del modo de ser intelectual de relativas élites. La de cierta posición intelectual frente al mundo, que en el campo cultual tal vez ya sea una pose tan reproducida en serie como la del escritor hedonista, aunque contrario al del desdén narcotizado del bohemio incrédulo, el humor intelectual de actitudes como la de Canclini, más bien podemos caricaturizarla como la del sofisticado y bien enterado intelectual de las nuevas tendencias en las ideas. Que apoltronado desde su torre de cristal o desde el escepticismo bibliográfico, sabe muy bien cómo maquillar su impotencia ante las catástrofes montando un sofisticado teatro, donde su enredo esté iluminado intermitente con la alusión intelectualista. Todo bajo un tono tan ecuánime que permita a la trama encerrarse en la pantomima de aferrarse a los favores de una ironía elegante (distante y desconfiada de facto) para satisfacer a una tímida actitud nihilista, que frente a las insuperables fuerzas de gobiernos corruptos y de la omnipotente determinación del mercado insaciable, solo queda el resguardarse a otear prudentes mofas, seleccionar absurdos y exponerlos, como si coleccionar ángulos desde donde el mundo sea kafkiano fuera un sofisticado deporte intelectual.

A pesar de que la novela está escrita en un lenguaje bastante convencional, hay elementos que la hacen estancarse, por ejemplo, eso que llaman name dropping, que significa algo así como arrojar nombres de autores o referentes cultrurales para encubrir una falta de profundidad. Es normal que si los personajes de Canclini son intelectuales y académicos tengan conversaciones cultas, pero el narrador abusa de ese recurso, no hay página donde no aparezca la mención a un cineasta, músico, o escritor, que además no tienen relevancia en la trama. Como si el autor de esta novela estuviera más preocupado por mostrarse ante los lectores como alguien muy culto, antes que generar la atmósfera de sus inquietudes para los lectores.

Los referentes que crea en un futuro son las pistas falsas, puesto muchas de esas cosas de alguna manera ya se están viviendo. Nada de lo que pasa a la novela es ajeno a este tiempo, y si bien son temas y problemáticas que hay que atender, como están planteados en la novela, considero, pierden hasta la gravedad y se vuelven a veces caricaturas. Por ejemplo, una de las torpezas que me pareció más llamativa, fue su asociación entre el nazismo y la corrupción mexicana. Entendemos que no es un ensayo en donde esté desarrollando esa idea, sin embargo si su intención es reafirmar un mundo distópico, asociar los sobornos mexicanos al nazismo me parece un recurso literario fallido. El nazismo me parece la forma más chafa de generar la sensación de que algo está podrido. En vez de generar ese ambiente, el narrador lo asocia al nazismo, y por un atajo rápido el lector ya entiende que hay un problema muy grave.

Los pesimistas ávidos de encontrar elementos que respalden su cómodo pesimismo estoy seguro que tampoco se saciarán con los imaginarios de Pistas Falsas, porque si algo define la imaginación en esta novela es su moderación expresiva de las catástrofes. No es un mundo claustrofóbico y grave, ni sus avisos apocalípticos realmente impresionan, las cosas que consideramos graves están normalizadas, conviven con naturalidad como si el mundo fuera un parque de atracciones fallido. Todos los personajes que aparecen en la novela tienen una característica: desde el distanciamiento con el que se les narra todos parecen ser ingenuos y, no sé si voluntariamente pero no deja de ser interesante, están descorporizados. No sé si prescinde de cualquier dejo de erotismo porque haya querido crear un mundo distópico en el que los humanos no se relacionan con afecto; aunque creo que más bien tiene que ver con la prespectiva con la que narra, una distancia y una atención más por los objetos que por lo que sucede con las personas. Como si el mundo fuera narrado por un antropólogo a través de google maps, como si se enterara de los comportamientos humanos a través de noticias de periódico.

Más allá de las famosas críticas materialistas al utopismo, entre los sectores conservadores a la utopía se le suele concebir como una especie de metarelato con el que con cierta brutalidad persigue un telos, al que ellos ya saben terminará en catástrofe. Entonces mejor ser realistas al extremo de ser moderados, no fuéramos a alterar más la realidad. Con analogías de poca dimensión histórica se reducen las utopías a una cantaleta que siempre termina en estalinismo. Como si (entusiasmo utópico)+(colectividad) fuera igual siempre a gulag. En otros sectores las utopías funcionan como imaginario para echarse porras, como una especie de alimento del optimismo. Pero hay otra forma de la utopía como subgénero de la ciencia ficción que también es programa político, que es el de pensar en las posibilidades del futuro para hacer que las del presente tengan un sentido distinto. Creo que sería insulso que Canclini se hubiera propuesto narrar un mundo ideal, o incluso con guiños a sus posibilidades; realmente creo que no importa mucho si el texto está aderezado en tono pesimista u optimista, lo complejo, lo que creo que sería más interesante debatir, es cómo se administra esa actitud, de qué forma está planteada.

Si tuviera que elegir una alegoría gráfica con fines de simplificación, Pistas Falsas me parece un pequeño islote flotante a la deriva en el que van enredadas algunas concepciones ideológicas representativas de la época en que se escribe, como en toda novela, y que a partir de ahí, quién la pesquee, puede leer signos culturales, tendencias de comportamiento, etc. Pero lo más intrigante de la novela sin duda no está en ese islote; creo que lo que más vale la pena leer en ella son todos los huecos blancos que hay entre las palabras, un espacio que figura como la posibilidad de ser el océano donde el lector puede pensar el mundo con ángulos más interesante que el que este catálogo de ingenios nos ofrece. El islote es como si fuera una esfinge que refleja las cosas que ha visto. Lamentablemente esa esfinge estuvo demasiado tiempo guardada en un cubículo. Pero cuidado con menospreciarla por aparentar ser una mera esfinge superflua. Al mirarla a los ojos detenidamente la esfinge puede provocar algunas dudas. Por ejemplo, yo me quedo con una pregunta ¿Será que muchos intelectuales de esa generación agotaron la pólvora y ya tienen poco que decirnos desde el desencanto; o será que los jóvenes estamos confundidos, y además de todo, solo los tomamos en serio cuando están en su recreo, por lo que somos incapaces de hacer una buena lectura de sus ingenios? Mala novela, sin duda, pero aun así, como en toda novela de ciencia ficción, estimula y provoca pensar algunas cuestiones del futuro, y eso no es poca cosa.

Pistas falsas, Néstor García Canclini, Sexto Piso, México, 2018, 120 pp.

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