En la Tierra somos fugazmente grandiosos, Ocean Vuong

La libertad no es más que la distancia entre el cazador y su presa 1

–Mariana Rodríguez

El pasado martes 16 de marzo del 2021 Delaina Ashley Yaun, Paul Andre Michels, Xiaojie Tan, Yong Yue, Suncha Kim, Hyun J. Grant, Soon Park y Daoyou Feng; junto con Elcias Hernández fueron víctimas de un crimen de odio en contra de la comunidad asiática en Estados Unidos. Esta violencia en contra de dicha comunidad tiene sus raíces en el imperialismo, el racismo y el fascismo que impera en las mentes terroristas que odian todo aquello que no entienden. Dicho odio no sólo ha afectado a trabajadoras sexuales de origen asiático, sino que también han existido ataques en contra de personas de la tercera edad pertenecientes a la misma comunidad, cimbrando el miedo y vulnerando su libertad. Históricamente las personas de este sector de la sociedad han sido ignoradas, humilladas y maltratada por una nación donde parece que sólo tiene cabida el odio contra todo aquello que no sea blanco y estúpido.

De una manera más poética y hermosa lo enuncia el poeta Ocean Vuong (Ho Chi Minh, antes Saigón, 1988) en una de las novelas más bellas que haya leído. El narrador le escribe una carta amorosa, y por lo tanto dolorosa, a su madre iletrada a la cual le cuenta que

Mientras hacía un trabajo de investigación, leí un artículo de 1884 […] donde se decía que un obrero blanco del ferrocarril estaba ante un tribunal por haber dado muerte a un chino anónimo. El caso acabó archivándose. El juez argüía que la ley de Texas prohibía dar muerte a seres humanos, consideraba seres humanos únicamente a blancos, afroamericanos y mexicanos.*

Pero esta novela no es un texto que denuncie de manera explícita los abusos que el protagonista junto con su madre y abuela viven a lo largo de su historia. Esta novela es una historia de amor. Vuong cuenta la manera en la que Perro Pequeño (Little Dog) se enamora de Trevor, “el cazador, el carnívoro, el patán” un típico adolescente gringo y blanco que vive de comida chatarra, con una historia familiar complicada (un padre abusivo) y la convicción de saber que él no es “un marica” y que sus encuentros con su amigo son sólo paréntesis, aventuras adolescentes que ayudan a pasar el tiempo y a sobrevivir: “Lo cierto es que podemos sobrevivir a nuestras vidas, pero no a nuestra piel”.

Una piel de otro color o de otras formas que evidencian las diferencias. Pero las personas saben adaptarse, saben usar el lenguaje y los tonos precisos que la otredad quiere escuchar. Eso sucede con la madre de Perro Pequeño. A pesar de la barrera del lenguaje, de las trampas que tiene el inglés para separar a quienes no lo pronuncian bien, para colarse por todos lados y “sonar más cool”, a pesar de ello la madre sabe algunas frases como “Lo siento, lo siento…” y su hijo lo nota:

He visto a trabajadoras, tú incluida, disculpándose docenas de veces […] En el salón de manicura, “lo siento” es una herramienta que se utiliza para complacer hasta tal punto que la expresión misma se convierte en moneda de cambio.**

Entonces, la lengua se convertirá en una herramienta que el otro utiliza para humillar a aquel que no lo entiende. La lengua es filosa pero tiene dos bordes y eso lo descubre desde muy joven Perro Pequeño, al convertirse en el protector de su madre a través de la traducción. El traductor será entonces el escudo de las dagas del inglés.

Hablando de traducciones, no pude evitar recordar una frase de la película Paterson en donde mencionan que leer poesía en una traducción era como bañarse con un impermeable. La primera vez que escuché esa frase estuve totalmente en desacuerdo. Pensé “claro, eso pasa con una mala traducción” pero una buena traducción no sólo le dará una nueva luz al poema, o a la obra, sino que hará que brille ante tus ojos con su belleza interna, sus intenciones, sus culpas, sus miedos, su fuego interno. Pero la verdad es que esto no pasa con la traducción de la novela de Vuong al español de España que en algunas partes suena ajena, falsa e incluso exagerada.

Por fortuna la poesía se cuela entre las grietas del libro y a pesar de lo doloroso del relato es bellísimo adentrarse a esta historia orquestada en fragmentos, recuerdos, momentos sensuales, incluso graciosos… El libro revela la vida de una mujer como las que fueron asesinadas este martes por Robert Aaron, el amor entre dos chicos que están experimentando lo excitante que es amarse y sentirse en la piel del otro y sobre todo, la historia de una familia asiática, refugiada que como muchas otras no tienen otro consuelo que aferrarse a la agria ternura que existe entre los miembros de esa pequeña comunidad que comparten dolores y algunas veces lenguaje y que buscan la libertad que se nos ha revelado el día de hoy como la distancia entre el cazador y su presa.

1 Este verso se encuentra en la novela y es del poema Accomplices de Bei Dao.

* P. 77

** P. 104

Ocean Vuong, En la Tierra somos fugazmente grandiosos, Anagrama, Barcelona, 263 pp.

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