Peste & Cólera de Patrick Deville, en la juntura de los tiempos

–Julio Moguel

I

Luego de su aparición, Peste & Choléra, de Patrick Deville, recibió el Prix de Prix, el premio Femina y el Premio FNAC. ¿Novela histórica? La obra en realidad acaso sea inclasificable, como seguramente lo pensó Nicolas Ungemuth cuando planteó, en Le Figaro, refiriéndose al libro recién aparecido (Éditions du Seuil, 2012), que “para escribir una ficción tan atravesada por lo real, hace falta, sin ninguna duda, ser un escritor excepcional”. Pero me parece más orientador aún, en cuanto a la naturaleza de la obra, la confesión del propio autor sobre cuál ha sido uno de sus sueños más dorados, a saber, escribir en algún momento dado de su vida “novelas sin ficción”.

¿Novelas sin ficción? Fórmula feliz que a mi manera de entender sólo vale o sólo puede valer en la tensión extrema de la ecuación paradójica –e irresoluble, en definitiva– a la que convoca. Parecida en su aterrizaje imposible a la del sueño baudelaireano de llegar a escribir “una prosa poética, musical, sin ritmo y sin rima, lo bastante áspera y suficientemente flexible para adaptarse a los movimientos líricos del alma, a las ondulaciones de la fantasía y a los sobresaltos de la conciencia”.

La novela de Patrick Deville no tiene desperdicio. Y recomiendo leerla o releerla justo ahora, en los duros tiempos de la pandemia.

II

En el curso del libro se escribe una biografía: la de Alexander Yersin, descubridor de la vacuna contra la peste. Pero dicha biografía se entreteje de manera tan virtuosa en la tela de la obra que Deville logra sin respiro sumergir al lector en los tiempos aciagos que el científico vive desde los primeros días de su infancia hasta el instante en que, ya viejo, “la explosión de una vena” le suprime el aliento.

Escrita a trancos largos, y alternados en cuanto a la secuencia de los tiempos, la novela cabalga. Y no hay exceso de metáforas ni abusos en la utilización del adjetivo. Ya Kafka había indicado el camino: el propio y sobrio ritmo natural “de los hechos” dará cuenta de lo más cruel, de lo más monstruoso o de lo más bello. Deville escribe:

Veinticinco millones de muertos en Europa en el siglo XIV. Los médicos, vestidos con togas, usaban máscaras blancas con un largo pico de ave relleno de hierbas aromáticas para filtrar las miasmas. El terror es proporcional a la aceleración de los medios de transporte. La peste estaba esperando por el vapor, la electricidad, los ferrocarriles y los grandes navíos de casco de hierro. Con el gran terror negro, ya no se trata de la hoz y su silbido sobre los tallos, sino del petardeo de la segadora-trilladora lanzada a todo ritmo en medio del trigo. No hay terapia. La peste es imprevisible y mortal, contagiosa e irracional. Siembra la desgracia y la muerte, extiende por el mundo el jugo negro o amarillo de los bubones que abre en los cuerpos. La descripción médica de entonces se puede encontrar en el tratado de enfermedades infecciosas del profesor Griesinger, de la Universidad de Berlín, citado por Mollaret, aparecido veinte años antes y en el cual se menciona que la peste proviene de “poblaciones miserables, ignorantes, desaseadas y bárbaras hasta extremos increíbles”.

“El terror es proporcional a la aceleración de los medios de transporte”. Línea que le permite a Deville, sin mediación alguna, saltar del siglo XIV a los tiempos modernos: de tal forma que “ya no se trata de la hoz y su silbido sobre los tallos, sino del petardeo de la segadora-trilladora a todo ritmo en medio del trigo”.

En la biografía de Yeltsin entretejida en la obra sucede algo similar: el personaje vive paso a paso el curso de ese extraño y complejo alumbramiento al que ya Baudelaire le había puesto el título de “modernidad”, mas siempre como una especie de outsider frente a ese nuevo mundo de las luces. Y en su constante deambular de un rincón a otro del planeta (París, China, Madagascar o Vietnam, entre otros muchos puntos de la esfera) pareciera preferir “la simplicidad de los días” que las engalanadas jornadas de reconocimiento público por su obra. Es un científico modesto al que le tiene sin cuidado o le molesta “la llamada opinión pública”, y busca a toda costa, no siempre con éxito, “alejarse de toda esa porquería de la política”.

III

La inclinación de Yersin por vivir la vida en sus márgenes y pliegues, más su desprecio por el ruido maquínico de los tiempos nuevos, tendrá razones multiplicadas que no encontrarán en las letras de Deville su identificación redonda. Parecería saber, el escritor, que ésta es otra de las grandes virtudes de lo que pudiera ser una verdadera “novela sin ficción”, pues malbarata la pluma quien se asume como el gran psicoanalista de sus personajes biografiados. Pero hay en la novela indicios certeros sobre cuáles pueden ser algunas razones de Yersin para generar frente a la modernidad que lo contiene el ya indicado distanciamiento o desprecio. Una simple pregunta abre el indicio:

¿Merece la pena todo ese progreso del que [Yersin] ha sido heraldo? Ya los físicos encerrados en los Álamos están inventando las armas atómicas. Por todos lados, los descubrimientos de los pasteurianos sirven para fabricar armas bacteriológicas.

Seguramente por ello y por otras variadas razones es que a Yersin le guste vivir en Nha Trang más que en París, en Berlín, Roma o Ginebra. Y escoja justamente por causas semejantes a Nha Trang también como el lugar de su muerte. Para quedar allí, y por siempre,

[…] delante de las aguas brillantes de la bahía y de los bosquecillos de arecas en los que se enredan las lianas de betel, con los cocoteros, los niños, las redes que las mujeres zurcen en la playa y, al anochecer, [con] el vuelo de los murciélagos, lejos de la furia de las ciudades epilépticas, en medio de la verdadera vida.

 

Peste & Cólera, Patrick Deville, Anagrama, Barcelona, 2014, 240 pp.

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