El cazador celeste, Roberto Calasso

–Víctor Jiménez

Este libro de Roberto Calasso, el último suyo traducido al español, tiene en común con otro de él mismo –La follie Baudelaire– el estilo diríamos metamórfico: una colección de ensayos cuyos temas coinciden de cerca o se relacionan de forma más laxa, indistintamente, hasta que finalmente es ya otro el asunto del que nos habla porque hubo, ante nuestros ojos, una metamorfosis. Quizá –mejor sería decir que seguramente– porque uno de sus temas es Las metamorfosis de Ovidio. En cualquier circunstancia se trata siempre, en Calasso, del mundo de lo divino (de los divinos) en la Grecia y la Roma clásicas, y a veces de Egipto. Así, y de acuerdo con el título de El cazador celeste, caminamos durante muchas páginas sobre los pasos de los dioses y diosas que practicaban la cacería, y así nos enteramos de que en un principio, antes de que aprendiesen a cazar, los hombre fueron carroñeros, royendo los huesos que dejaban las hienas, que también comían en un segundo plato lo que cazaban los leones y otros grandes depredadores. Cuando pasamos a cazadores hicimos una gran conquista ontológica.

En las primeras cien páginas de este libro, pues, viene hablando Calasso de la caza como actividad primordial humana y su reflejo en la mitología y la historia. Luego ejecuta una especie de salto y pasa a Turing, para explorar desde otro ángulo la importancia de la prótesis del cazador en un terreno diferente: la mente que se vale de “simulaciones” particulares a partir de Descartes. Y llega al tema que sigue a lo largo de muchas páginas. Aquí pongo sólo una pequeña parte:

Para la ciencia, la “unreasonable effectiveness of mathematics”, la “irracional aplicabilidad de las matemáticas”, es el misterio de los misterios, como E. P. Wingler tuvo la impertinencia de afirmar.La consciencia fue reconocida en una parte infinitesimal de la vida del universo. ¿Cómo surgió? Si la consciencia es una entidad diacrónica, se deberá pensar que sus estructuras lógico-matemáticas se han desarrollado en el tiempo. Acaso por una vía de presión evolutiva (ninguna otra causa, en rigor de la opinión científica hoy dominante, está admitida). ¿Presión en vista de qué ventaja adaptativa? La única respuesta podría ser que tal ventaja fuera la correspondencia entre ciertas configuraciones lógico-matemáticas y el mundo exterior. En este caso, la evolución demostraría ser una mente bastante sofisticada, capaz no sólo de garantizar la aplicabilidad de ciertos formalismos matemáticos, sino además de elaborarlos. ¿Sobre qué base? ¿Cuál sería el estado de la mente que precede a la elaboración de estos formalismos? Por otra parte, si no hubiera correspondencia entre las estructuras matemáticas de la mente y el mundo exterior, el hombre sería del todo inerme, incapaz de calcular, y, por tanto, de desarrollar esas prótesis que le aseguran el control sobre algunos gajos del mundo exterior. Si los constructos matemáticos fueran invenciones, el mundo externo sería una alucinación permanente. Si los constructos matemáticos fueran descubrimientos, el mundo externo sería una continuación de la mente con otros materiales.

Aún está Calasso, en la cita anterior, en el terreno de la caza, pero son tantos sus temas que tiene que abandonarlo alguna vez. Por ejemplo, cuando se ocupa del último diálogo del septuagenario Platón, las Leyes. Particularmente de la analogía, que él propuso, entre el gobernante y el piloto de la nave. Hay dos posibilidades de concebir el gobierno de los acontecimientos: que la mortalidad nos prive de toda ley y por lo tanto todas las cosas humanas son vicisitudes; o bien, afirma Platón, que estas cosas son “un dios” y, junto a él, la fortuna (týché) y las ocasiones (kayrós) gobiernan las cosas humanas. Pero hay algo más: el “arte” (téchnē). El dios excluye la casualidad, pero queda en pie la duda: ¿puede el designio humano, la téchnē, intervenir para cambiar el rumbo de las cosas? Duda Platón entre la posibilidad de actuar más allá de las constricciones de las vicisitudes, y así regresa a la política:

El papel de la téchnē en el gobierno de las cosas es precisado inmediatamente después –una vez más, con un arranque imprevisto. El ejemplo está tomado del arte del piloto, que “socorre en ocasión de una tormenta”. La tormenta es el kayrós, la “ocasión” que manifiesta la týché –y precede a toda intervención humana. Pero el piloto, si conoce su arte, sabe apoyarse en la tormenta, sabe seguirla, adaptarse a su potencia. El ateniense, en este punto, se detiene y pregunta: “¿Acaso no es mejor eso que lo contrario? ¿Tengo razón?” Sus dos interlocutores asienten. Pasaje rápido, que casi impide percibir la tremenda novedad de la teoría: la única intervención humana posible en el orden de las cosas –la téchnē– sería sólo un modo de confabularse, desviándola apenas, con la “tormenta” del mundo.

Quizá se pueden contar con los dedos de una mano los gobernantes que desconocerían esta realidad, pero sin duda son mucho menos los que asumen que su arte es el de no enfrentar la tormenta, sino “confabularse” con ella.

Roberto Calasso, El cazador celeste, Anagrama, Barcelona, noviembre de 2020.

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