Sontag. Vida y obra, Benjamin Moser

–Víctor Jiménez

Para mi generación Susan Sontag (1933-2004) era una figura prominente desde los años setenta y así se mantuvo hasta su muerte. Quizá en los años más recientes se había desvanecido un poco su nombre, pero la biografía de Benjamin Moser, de 2019, sin duda la ha relanzado y podemos ver hoy que se mantiene vigente como pensadora, activista, mujer de letras y figura pública dominante en su país (y fuera de él) durante unas cuatro décadas. Las nuevas generaciones lo tienen más fácil porque sólo conocerán, ahora, lo que ha sobrevivido de ella, como sus libros Sobre la fotografía, Contra la interpretación y Cuestión de énfasis (títulos que yo propongo). Sus restantes facetas las presenta Moser y queda la impresión de que basta leer su biografía para tener un panorama de la cultura de los EE UU en los años de Sontag, pues son casi la misma cosa.

Con 820 páginas (120 de ellas con bibliografía, notas e índice analítico) poco podía quedar fuera de este esfuerzo de Moser, y no es extraño que haya obtenido el Premio Pulitzer de Biografía 2020. El autor había realizado antes la biografía de la brasileña Clarice Lispector y es muy joven todavía (Houston, 1976) para sus logros. Políglota, habla y traduce del francés, el portugués, el español y el holandés, además de dominar el italiano. Historiador por la Brown University tiene también un doctorado por la de Utrecht. El hijo de Sontag, David Rieff, lo anunció como biógrafo de su madre en 2013 y no sólo leyó Moser todo lo publicado por ella y sobre ella, sino sus cuadernos, notas, manuscritos y correspondencia, además de entrevistar a cuanta persona hubiera conocido a Sontag y aún viviese en los años en que hizo su investigación. Así que ¿por dónde empezar? ¿Qué incluir y qué no en una reseña?

Sontag se propuso, desde pequeña, dominar todos los campos de la cultura letrada y desde ese momento leyó todo. Tuvo una formación académica en Berkeley y Chicago, además de un paso como docente por Harvard y un año de estudios en Oxford. No era políglota pero llegó a adquirir una notable cultura literaria sobre autores de lengua no inglesa, algo raro entre sus compatriotas. Adquiere notoriedad como articulista y ensayista antes de incursionar en la narrativa, donde tuvo menos éxito. Pero su dominio de la polémica en el área periodística (política y cultural) la ubicó en un punto en que nadie pudo ya no superarla, sino igualarla. Quizá esto explica que no fuese feminista, porque consideraba que estaba en un punto donde ser tratada como igual a otros, incluyendo el tema del género, la disminuía… No creía en absoluto en la victimización y la temían por instinto de supervivencia. A Nadine Gordimer le confió lo que pensaba sobre el feminismo literario luego de un escándalo por la falta de mujeres en un congreso de escritores para el que ella había elaborado parcialmente la lista de invitados: “La literatura es un jefe que no cree en la igualdad de oportunidades”.

En 2001 reunió ensayos suyos de distintos años y temas (una especie de canon personal en distintas áreas) en el libro Cuestión de énfasis y nos sorprende que de una docena escasa de autores y obras literarias de todos los países y lenguas dedicase espacio a tres autores latinoamericanos: Machado de Assis, Jorge Luis Borges y Juan Rulfo. Inconcebible en una persona que era la encarnación de la cultura estadunidense de vanguardia en su tiempo, que nunca se ha distinguido por su cosmopolitismo más allá de un par de países europeos: Gran Bretaña, Francia… Claro, tampoco se engañaba sobre el papel desempeñado por su país en el sometimiento de cualquier cantidad de naciones. Y sí, tenía sus contradicciones, inevitables en un activismo que duró décadas. Pero no rehuía sus responsabilidades: al escribir (desde Berlín, donde se hallaba) sobre el ataque a las Torres Gemelas hizo un recorrido por las responsabilidades de los Estados Unidos en las agresiones sufridas por los países de la región de la que provenían los atacantes, a los que se negó a llamar “cobardes”, destacando en cambio su valor…

Provocación la venía haciendo desde el principio, sobre Vietnam, Cuba… A veces metió reversa pero su capacidad argumentativa le permitía deslizarse entre las cortinas. Extremadamente individualista y competitiva no podía, empero, vivir ni estar un momento sola. A veces se movía con un séquito y entraba en crisis si se veía frente la posibilidad de ir a cualquier parte, incluso a comer, y no digamos dormir o estar en casa, sola. Incluso para escribir necesitaba que alguien estuviese en la misma habitación con ella. Ello la acercaba desde luego, peligrosamente, a lo que se conoce como “vida literaria” y es indudable que percibió que esto era incompatible con la posibilidad de crear una obra literaria de importancia. Leer a Proust debió enseñárselo, pero también Ilusiones perdidas, de Balzac, que define el significado de la expresión “vida literaria”, y es un libro citado por ella en “Cuestión de énfasis”, el ensayo que da título al libro ya citado. De aquí podemos deducir que tuvo clara la elección y sacrificó (porque era para ella imposible, existencialmente, no hacerlo) su creación literaria para convertirse en crítica cultural, una categoría que tendría pocos representantes y que Sontag representaría en muy escasa compañía.

Moser cita a un crítico del NYT que reseñó su Estuche de muerte de manera negativa con estas palabras: “Reza un viejo dicho que la imaginación crítica y la creativa son taimadamente incompatibles, que poseen sensibilidades mutuamente exclusivas, que una no puede desempeñar la función de la otra de un modo satisfactorio”. Y se preguntó si “una crítica dotada de una sensibilidad tan refinada es capaz de escribir obras de ficción que son a la vez tediosas y a todas luces insensibles al arte de la ficción”. Bien: hasta de ello escribió Sontag, como cuando dijo, en “La prosa de un poeta”, que son los poetas y no los narradores quienes pueden ser buenos críticos, citando los casos de Coleridge, Baudelaire, Valéry y Eliot…

La obra y la vida de Susan Sontag, y ahora su biografía escrita por Moser, dan para mucho y durante años, me atrevo a suponer, será materia de discusión: nada podría haber encantado más a una protagonista de la vida cultural que, sin duda, también previó esto.

Sontag. Vida y obra, Benjamin Moser, Anagrama, España, 2020, 832 pp.

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