Sobre el artículo en que Della Volpe trata de rebatir a Lukács

–Juan José Saer

En su articulito “Polémica sobre el realismo”, presumiblemente fragmento de un trabajo más extenso, Galvano Della Volpe pretende rebatir a Lukács y a Plejanov esgrimiendo los mismos argumentos que aquéllos han utilizado para llegar a las conclusiones por él rebatidas. Se apoya en Engels y en Lenin, citando las valoraciones que éstos han hecho, respectivamente, de la obra de Balzac y Tolstoy. No advierte que estos enfoques padecen los mismos errores que el de Lukács, incluso que el suyo propio. En realidad, no basta una opinión estética de los creadores del materialismo dialéctico, y menos una opinión erróneamente fundamentada, para erigir sobre ella una teoría del arte. Para Engels, Balzac es un novelista admirable porque, “a modo de crónica, describe, casi año por año, desde 1816 a 1848, el progresivo avance de la burguesía en asenso sobre la sociedad nobiliaria que después de 1815 se ha reconstruido…”, etc. Más adelante, Engels fija un motivo que ya se ha hecho clásico en las discusiones sobre estética literaria en las que participan marxistas ortodoxos y heterodoxos: la conocida anécdota sobre las simpatías monárquicas de Balzac y la negación expresa de las mismas en la sustancia íntima de su obra. Sin embargo, es necesario reconocer que Balzac es un gran escritor incluso cuando la lucha de clases no emerge claramente de sus obras, ni es el tema o la implicación directa que podemos extraer de ellas, como sucede con La niña de los ojos de oro o La obra maestra desconocida, con cuyo personaje central el joven Marx solía compararse melancólicamente, según lo consiga la biografía de Isaiah Berlin (NRF, Gallimard, pág 13). Sostener que el valor de Balzac reside solamente en la iluminación de esa lucha de clases, permite inferir que Rimbaud, Baudalaire, o Kafka mismo, objeto de estudio de Lukács impugnado por Della Volpe, no tienen valor alguno.

El presupuesto de que la literatura debe mostrar solamente las contradicciones sociales para ser útil o progresista, al mismo tiempo que lleva a Lenin a hacer afirmaciones que asustarían a los dogmáticos[1], lo induce a valorar injustamente a un escritor como Dostoievski, oponiéndolo a Tolstoy. Podemos, al incorporar a Dostoievski a la lista de valores permanentes y positivos de la literatura universal, usar las mismas palabras empleadas por Lenin para reconocer el genio de Tolstoy: “Ver el nombre de un gran artista junto al de la revolución que él manifiestamente no ha comprendido y de la cual abiertamente se ha mantenido alejado, puede, a primera vista, hacer la impresión de algo extraño y artificioso”.

Los enfoques centrales que el marxismo ha hecho de la literatura sirven para caracterizar ciertos hechos que, evidentemente, la literatura ha incorporado siempre, en mayor o menor medida según los casos, a su esfera de representación. Pero valorar el grueso de la literatura a través de esos raseros implica caer, se quiera o no (y se anatemice o no quien lo señale) en el sociologismo o el economicismo más absurdamente mecanisista. La literatura puede reflejar porciones  de realidad mucho más ricas que las contradicciones del capitalismo, la explotación del hombre por el hombre, y el optimismo oficial del materialismo dialéctico. No quiero decir que esos hechos no deban ser reflejados, sino que, en primer lugar, el exclusivo registro de esos hechos empobrecería la perspectiva del escritor y, en segundo término, que existen escritores que no los registran en sus obras y sin embargo no sólo no deber ser considerados como enemigos de la revolución, sino más bien como enriquecedores de su contenido.

Es necesario mostrar que, contrariamente a lo que afirmaría Della Volpe, no es la valoración que Engels hace de Balzac lo que prueba la equivocación de Lukács, ni la que Lenin hace de Tolstoy, porque en esencia, no hay en la posición de Lukács nada que difiera realmente de la de Lenin y Engels. Tampoco lo hay en Della Volpe. La caracterización que éste hace de Ibsen, “representación insuperable de la hipocresía burguesa, y por lo tanto, de las antinomias internas de la moral individualista, ciertamente irresolubles desde dentro”, no se diferencian en absoluto de la interpretación de Lukács hace de un novelista como Conrad. En los cuatro casos, el contenido de la argumentación es el mismo, a veces enunciado casi con las mismas palabras. También Conrad expone, a su pesar según Lukács, la terrible explotación imperialista en los países coloniales: “el escritor formula preguntas desde un ángulo tal que, independientemente de la confianza inquebrantable que le inspire el capitalismo, no deja advertir en sus relatos cuál es su concepción del problema social” pero “si en Conrad la “pregunta razonable” excluye los grandes problemas de su época, que ni siquiera se insinúan en sus libros, permite una “victoria del realismo” en la medida en que hace desaparecer de su obra todo lo que, en la visión del mundo del autor, podría impedir  —o sencillamente desviar— la representación verídica de un sector de la vida”. Según esta tesis de la “pregunta razonable” el mérito de Conrad residiría, no en haber reflejado lo que su literatura nos muestra, sino en haber dejado de reflejar su hostilidad al socialismo. Su valor no corresponde a su palabra, sino a su silencio. Esto es lógicamente un absurdo, en el que la crítica marxista de la literatura dejará de incurrir cuando esté en condiciones de aplicar su rica teoría filosófica, su concepción debidamente compleja de la realidad, a la realidad misma. El pecado original de la perspectiva de Lukács es su socio-economicismo, que lo lleva a ignorar algo que sabe, o ver que si bien la historia es producto de la interacción dialéctica de todas las fuerzas que componen la realidad social, incluso las fuerzas de la naturaleza, interacción en la que predomina el factor económico cuando se produce una coyuntura peculiar, no siempre el escritor es consciente de tal fenómeno, sobre todo si tenemos en cuenta que en determinados períodos históricos esa preeminencia de lo económico-social no es claramente visible, y por lo tanto su visión de realidad se orienta en un sentido diferente. Es posible que la ideología pueda determinar por qué un escritor (y ya veremos que esto no es tan sencillo como parece a primera vista) elige una perspectiva y no otra, un tema y no otro, para escribir sus obras. Pero lo que la ideología tendrá el sumo cuidado de investigar minuciosamente y probar en forma terminante, rigurosamente científica, es si el contenido y la visión del mundo que un escritor da desde su perspectiva elegida es o no un enmascaramiento de su elección.

No sucede lo contrario con Della Volpe; para éste, lo bueno de Flaubert en Madame Bovary es que expone “uno de los trazos más profundos de las costumbres burguesas: el vicio de la evasión romántica de la mujer que no trabaja”. Debido a su enfoque sociologista, Della Volpe reduce el contenido de la obra y deforma las intenciones de Flaubert. Su actitud ligeramente perdonavidas lo induce a rescatar a Flaubert por un mérito que éste hubiera estado lejos de admitir. Para Flaubert, Madame Bovary no es, ni mucho menos, una viciosa romántica que no trabaja, sino una mujer rebelde que no soporta los límites espirituales que le impone la sociedad en que vive. Pero yo mismo incurría en el error de Della Volpe si tratara de caracterizar toda la obra a través de una de sus tendencias parciales. No sería ni al materialismo dialéctico, ni a la realidad.

La ausencia de una estética marxista no implica la imposibilidad de su formulación. Las observaciones de los teóricos mencionados más arriba son erróneas porque, abarcando una pequeña porción de la esfera de representación de la literatura, pretenden estudiarla en su totalidad. Tales conceptos impedirían una valoración justa de la obra de Kafka, Faulkner, Pavese, Joyce, Elliot, Pound y muchos otros. Intentar salvarlos por las consecuencias positivas que han aportado para una ideología socialista que muchas veces no han tenido en cuenta o no han comprendido lo suficiente, o rechazarlos por estas razones, es dejar de considerar en absoluto el registro de la realidad que han hecho con sus obras. El mundo poético de Kafka no es tan importante por revelar de un modo indiscreto la naturaleza de las relaciones humanas en la atmósfera social de la Praga de principios de siglo. Si solamente ése fuera su valor, todo el contenido real de su obra quedaría reducido a mera ideología. Debemos tener en cuenta que los problemas expuestos por Kafka, y la estética ejercida a tal fin, no sólo son auténticos y útiles para que le hombre conozca su situación real en un universo y dentro de la comunidad humana, sino que una sociedad incapaz de comprenderlos, y de reconocerlos en toda su real dimensión es, antes que nada, y necesariamente, una sociedad enajenada. Y esto no es, como podría ser tergiversado por algún oportunista dogmático, una crítica a la intelectualidad soviética que, por problemas inherentes a una etapa de afirmación del socialismo, no estuvo preparada para comprender el ardiente testimonio de la poesía de Kafka, sino sobre todo una crítica burguesa occidental que montó una verdadera conspiración de silencio o incomprensión frente a su obra, apresurando la tragedia personal del genio de Praga. Evidentemente, y aunque pueden inferirse consecuencias ideológicas en ese sentido, los problemas que Kafka plantea en sus obras no son problemas histórico sociales. Pero no por serlo, no debe inferirse que son falsos problemas. Si se nos da por considerar ideología hipócrita todo lo que no sea pensamiento político, o económico, o social, adscripto al materialismo histórico, casi toda la gran literatura cae fuera de nuestra consideración. Tampoco son válidas afirmaciones (como las de Lukács en el epílogo de su en muchos sentidos admirable El asalto de la razón) de que sólo las corrientes de escritores que han creído en el progreso o han hecho una obra realista, o han permitido la formulación gradual del aparato ideológico del materialismo dialéctico para el estudio de la realidad, pertenecen a la verdadera tradición de la cultura humana. Si afirmamos eso, nuestra concepción de la historia se tiñe de escatología, porque estamos juzgando el pasado desde el futuro, incorporando al pasado elementos que en el presente no tenía, y que pertenecen al presente del futuro, todavía inexistente respecto del pasado. Hay mucho de predestinación allí, sobre todo si tenemos en cuenta que las formulaciones progresistas de los intelectuales “rescatables” aparecen siempre envueltas en concepciones del mundo que rebasaban e incluso contradecían esas afirmaciones. Y, para volver a la literatura, ante esta teoría nos enfrentamos otra vez con el mismo problema, vale decir con la desconsideración en bloque de la mayor parte de la historia de la literatura.

Otro error de apreciación por parte del método crítico que estoy tratando de analizar, es a partir del presupuesto de que la creación literaria se hace con ideas, racionalmente. En parte esto es verdad, porque sería absurdo afirmar que la literatura es producto de un irracionalismo absoluto, tan absurdo como afirmar que se hace de un racionalismo absoluto. Sin embargo, es necesario reconocer que la concepción platónica de la creación poética sigue siendo válida, por lo menos hasta que no se demuestre lo contrario. Las valoraciones críticas hechas por Lukács y Della Volpe están teñidas de prejuicios racionalistas, teniendo en cuenta que no se reconocen en la obra poética más que los aspectos ideológicos, racionales y conscientes, aunque teóricamente expresen lo contrario, y dejando de lado el hecho innegable, exhibido a través de toda la historia de la literatura, tanto en las obras literarias como en los tesitimonios de sus creadores, de que la finalidad fundamental de la obra poética es captar ciertos aspectos de la realidad imprecisos, oscuros e irracionales, y hacerlo por medio de una disciplina que para registrarlos no puede valerse más que de procedimientos que involucran alusión, oscuridad, intuición e irracionalismo. Tratar de expresar la realidad por medio de conceptos ya manejados o aclarados no sería la finalidad de la literatura, sino el fin de la literatura. Para eso hay una disciplina más válida y apta, la ciencia. El objeto fundamental de la literatura es, atravesando la entretejida y endurecida maraña de los conceptos conocidos (que generalmente dejan de funcionar dialécticamente sobre una realidad que los excede de modo gradual), dar un salto al mundo de lo desconocido, con métodos no totalmente racionales de exploración, sin que esto signifique una preferencia reaccionaria de lo irracional por sobre lo racional, sino que todo lo contrario: el fin último de esta búsqueda a menudo irracional es justamente producto de una voluntad de claridad y objetivación. En esa búsqueda, todo lo que sea hallado auténticamente, es útil al humano. El mismo Henry Miller, a quien Lukács menciona despectivamente, y no sin cierta razón, con un criterio moral con el que se sentiría identificada cualquier presidenta de Acción Católica, el mismo Henry Miller, repito, que puede ser el ejemplo más típico de escritor que suplanta la verdadera inmersión en la realidad por un palabrerío que simula ser el reflejo de la personalidad arrasada por una realidad más vasta e incontrolable, cuando ejerce una voluntad creadora seria y profunda es capaz de objetivar hermosas y duraderas intuiciones poéticas sobre el mundo. Si como dialécticos no somos capaces de incorporar a nuestra visión del mundo ese registro ardiente de la vida, significa que la concepción que tenemos de ella es pobre y esquemática.

Es indudable la voluntad de Lukács y Della Volpe por aclarar y ampliar, de manera más honrada y rigurosa posible, las concepciones estético-literarias del materialismo histórico. Si pensamos en otros documentos confeccionados al respecto, podemos advertir claramente la distancia conceptual y moral que hay entre unos y otros. Pero creo que una de las razones fundamentales que invalidan sus juicios, es la exterioridad de los mismos. La prueba de esta afirmación es la oposición que ambos críticos hacen entre Thomas Mann y Franz Kafka. En primer lugar, la oposición misma es producto de una actitud metodológica falsa, porque tratando de establecer a ambos escritores como arquetipos de distintas actitudes frente al mundo, pretenden erigir los caminos seguidos por ellos como los dos caminos posibles para ser seguidos por los escritores del futuro, sin tener en cuenta que, si es que surge un escritor de la importancia de Mann o Kafka, el camino que habrá de recorrer deberá ser completamente distinto al de ellos, y esa independencia estética será justamente la prueba de su importancia. En segundo lugar, es absurdo tomar a un escritor como punto de referencia de otro, como no sea para señalar sus similitudes. Me hace sonreír pensar el hecho de que ambos críticos fijan esa oposición como irreductible, cuando recuerdo que Thomas Mann, significativamente, prologó hace unos años la primera edición alemana de las obras de Franz Kafka. Della Volpe, continuando la oposición inventada por Lukács (y quizás extremando hasta esquematizar su concepto de literatura contemporánea, por un prejuicio inverso al de Lukács) expresa: “el arte burgués refinado, aunque de segunda mano, de Thomas Mann (epígono, quizá genial, del realismo del ochocientos)”. Donde debería aplicar la dialéctica, la exterioridad de sus juicios de crítico, le impide ver en Mann la síntesis de todas las tendencias de la literatura contemporánea, la utilización irónico-crítica de las formas heredadas de la narrativa anterior inmediata y el primer intento verdaderamente grande (especialmente en la tetralogía José y sus hermanos) de expresar una concepción general del mundo a través de un realismo mágico limpio en lo posible de irracionalidad.


[1] (En Lenin y Stalin, Sobre la literatura y el arte, fragmento de “Carta a Gorki del 25 de febrero de 1918”, pág. 104, Ed. Problemas, 1942). “Considero que el artista puede sacar mucho provecho de cada filosofía. En fin, estoy de acuerdo enteramente y sin restricción, con que en los problemas de la creación artística sois mejor juez que nadie, y que extrayendo vuestras concepciones de vuestra experiencia artística, y de una filosofía, aunque fuera idealista, podéis llegar a conclusiones que beneficiarían enormemente al partido obrero”. Este texto revela la enorme comprensión de Lenin hacia la literatura y el arte, pero supongo que para su interpretación debemos requerir el auxilio de sus opiniones sobre Tolstoy: no importa cuál haya sido la filosofía del gran escritor ruso (caracterizado por Lenin como mística y reaccionaria) sino, sólo el hecho de que a pesar de ella, la obra de Tolstoy refleja claramente las contradicciones de clase de la sociedad rusa prerevolucionaria. (N.A).

A %d blogueros les gusta esto: