José María Arguedas y la problemática indigenista

–Rosario Castellanos

En una de sus Tres notas sobre Arguedas Mario Vargas Llosa afirma que “los escritores peruanos descubrieron al indio cuatro siglos después que los conquistadores españoles y su comportamiento con él no fue menos cruel que el de Pizarro”. ¿Por qué? Porque su descubrimiento no fue el de un hombre sino el de una criatura exótica cuyas palabras eran indescifrables, cuya conducta era incomprensible, cuyas motivaciones eran incalculables.

Desde una distancia que sólo da el temor, la pereza y el desconocimiento, los escritores que habían construido al indio en el tema de sus libros los observaban. Y como la observación, como es natural, no resultaba fructífera, decidían inventarlos. Como se inventa una abstracción, como se traza un esquema.

Primero había que decidir qué era el indio: ¿un monstruo?¿Una víctima? Si era monstruoso debía suscitar horror, repugnancia, rechazo. Si era una víctima debía provocar simpatía, conmiseración, lágrimas. Pero en ninguno de los dos casos existía la más remota posibilidad de que los lectores se identificaran con los protagonistas, se supusieran colocados en situaciones semejantes, se reconocieran capaces de reacciones similares.

Esta distancia, que tan escrupulosamente mantuvieron en el Perú Ventura García Calderón, Enrique López de Albujar, no podía abolirse más que habiendo tenido contacto íntimo con el mundo indígena o poseyendo una enorme intuición estética. Ambas circunstancias se dan en José María Arguedas.

La muy temprana orfandad, la índole cruel de la madrastra a la cual se confió su crianza, las ausencias frecuentes del padre hicieron que Arguedas fuera abandonado en manos de la servidumbre indígena de su casa. Comía y dormía con ellos en la cocina, los ayudaba en sus labores, aprendió a expresarse en quechua antes de poder hablar español.

Los indios -confiesa Arguedas- y en especialmente las indias vieron en mí exactamente como si fuera uno de ellos, con la diferencia de que por ser blanco acaso necesitaba más consuelo que ellos…y me lo dieron a manos llenas. Pero algo de triste y de poderoso debe ser tener el consuelo que los que sufren dan a los que sufren más, y quedaron en mi naturaleza dos cosas muy sólidamente establecidas: la ternura y el amor sin límites de los indios, el amor que se tienen entre ellos mismos y que le tienen a la naturaleza, a las montañas, a los ríos, a las aves; el odio que tenían a quienes –casi inconscientemente y como una especie de mandato supremo les hacían padecer. Mi niñez pasó quemada entre fuego y amor.

Pero en su adolescencia tuvo el puesto que, por su clase social, económica y cultural, le correspondía. Asistió a colegios particulares y posteriormente a la Universidad de San Marcos. Hizo amistades con jóvenes intelectuales y aun con miembros de la aristocracia, pero nunca perdió entre ellos la sensación de no pertenecer a ese mundo, de no dominar las formas del comportamiento, de no participar en los intereses, las preocupaciones, las ambiciones de los demás. Era un extranjero que ni siquiera conocía bien los secretos de la lengua castellana, que, sin embargo, tendría que convertirse en su único instrumento lícito de expresión, tanto verbal como escrita.

¿Escribir?¿Por qué escribir? En el caso particular de Arguedas, con un propósito fundamental: desmentir.

Cuando leí las primeras narraciones sobre los indios, los describían de una manera tan falsa escritores a quien yo respeto, de quienes había recibido lecciones como López Albujar, como Ventura Calderón… En estos relatos estaba tan desfigurado el indio y tan meloso y tonto el paisaje, que dije: No, yo le tengo que describir tal cual es, porque yo lo he gozado, yo lo he sufrido. Y escribí esos primeros relatos que se publicaron en el pequeño libro que se llama Agua.

El libro fue bien recibido por la crítica… pero no por la autocrítica. Cuando Arguedas contempla su obra y ve transfiguradas sus experiencias, encarnados sus recuerdos y sus imaginaciones en el castellano tradicional afirma:

(…) me pareció horrible, me pareció que había disfrazado el mundo tanto casi como las personas contra quienes intentaba escribir y a quienes pretendía rectificar. Ante la consternación de mis amigos, rompí todas esas páginas. Unos seis o siete meses después las escribí en una forma completamente distinta, mezclando un poco la sintaxis quechua dentro del castellano, en una pelea verdaderamente infernal con la lengua.

Porque no puede transmitirse ese pacto que el hombre ha hecho con el mundo para habitarlo, para dominarlo, para transformarlo, para reducirlo a conceptos, a imágenes, a figuras en el cauce lingüístico que ha creado otro pueblo que se ha colocado ante el mundo en una actitud diferente y que ha pactado con él en términos radicalmente diferentes también. Arguedas toca, desde el principio el núcleo del problema, y a lo largo de toda su obra intentará, cada vez con mayor acierto, resolverlo.

Según Arguedas lo que caracteriza la mentalidad indígena es el hecho de que “contempla el mundo como una cosa viva”. No es posible entonces referirse a ninguna cosa viva. No es posible entonces referirse a ninguno de los fenómenos de la naturaleza, a ninguno de los objetos que nos circundan, sin ese temor y temblor de la poesía. La cosa viva es vulnerable, siente, reacciona, envía signos que piden ser interpretados, exige respeto, inspira amor, reverencia, entrega. La cosa viva no es susceptible de ser analizada, no aspira a ser comprendida.

Y, sin embargo, Arguedas necesita comprender, porque su formación intelectual pertenece después de todo, a la tradición de Occidente. Por eso declara que:

La interpretación desde el mundo andino, y no solamente indio, no habría sido posible únicamente por el hecho de que quienes así lo hicimos tuvimos la suerte de vivir con los indios, como los indios… ése es solamente un elemento. Yo reconozco, con todo júbilo, que sin Amauta, la revista dirigida por Mariátegui, no sería nada, que sin las doctrinas sociales difundidas después de la Primera Guerra Mundial tampoco habría sido nada. Es Amauta, la posibilidad teórica de que en el mundo puedan, alguna vez, por obra del hombre mismo, desaparecer todas las injusticias sociales, lo que hace factible que escribamos y lo que nos da un instrumento de investigación, una luz indispensable para juzgar estas vivencias y hacer de ellas material bueno para la literatura… Yo encontraba en la revista una orientación doctrinaria llena de una fe inquebrantable sobre el hombre y sobre el Perú a través de esta fe en el porvenir del hombre, fe que no se ha destruido ni se destruirá jamás en quienes vivimos entonces, en que empezamos a analizar nuestras propias vivencias y a dar curso de nuestra fe en el pueblo con el que habíamos vivido.

En la medida en que Arguedas analiza, tiene que admitir que el indio no es una entidad autónoma y que está condicionado, de una manera muy evidente, por los mestizos y por los blancos que lo rodean y con quienes guarda relaciones de una enorme complejidad y con los que constituye la integridad de un país. Es por eso que la temática de Arguedas va abarcando cada vez sectores más amplios de Perú. De Yawar Fiesta a Todas las sangres, pasando por Los ríos profundos, hay una evolución evidente en el ensanchamiento progresivo del punto de vista, en la captación de lo múltiple y en el hallazgo de los nexos entre los objetos o sucesos aparentemente muy distintos.

Si en Todas las sangres Arguedas pretende trazar un gran fresco en el que comparezcan los diversos elementos que luchan, se oponen, se afirman y tienden a amalgamarse y a ubicarse en una nación, en su último proyecto de novela (de la que sólo se conocieron fragmentos bajo los títulos Mar de harina y Harina mundo) quiso captar los cambios, la aceleración del ritmo histórico que en el pueblo peruano trajo el auge de la industria pesquera. En una entrevista con Alfonso Calderón en 1969, Arguedas confiesa que está intentando

(…) escribir una novela acaso más difícil que Todas las sangres. A través del hervidero humano que es el puerto pesquero más grande del mundo, Chimbote, interpretar mi experiencia del hervidero que es el Perú actual y, bastante, nuestro tiempo, el más crítico y formidable; nuestra época que tenemos la suerte de sufrir como ángeles y condenados.

La magnitud de la empresa acaba por anonadarlo. Advierte, con espanto, que no entiende, a fondo, qué es lo que ocurre en las ciudades de las que se ha sentido siempre distante y donde siempre ha vivido “extrañadísimo y asustado”.

Y sin entender, ¿cómo es posible hablar? Y sin hablar, ¿cómo es posible vivir? Bueno, está el caso de Rimbaud. Pero Arguedas no lo imita, y Arguedas se destruye cuando siente destruido el eje de su vida: la creación literaria.

Texto aparecido originalmente en El mar y sus pescaditos, Rosario Castellanos, SepSetentas, México, 1975.

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